• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

El aula 1

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Con el argumento de que los niños venezolanos podrían dormir media hora más, en 2007 Chávez decretó (en contra de lo que recomendaban académicos y expertos) pasar de cuatro a tres horas y media la hora oficial de Venezuela en relación con el meridiano de Greenwich. La medida implicó trastornos de todo tipo en la vida cotidiana el país, y ahora, la semana pasada, el propio Nicolás Maduro admitió que debía cambiarse el huso horario en aras del ahorro energético, en medio de la más aguda crisis eléctrica que ha vivido el país.

Sin embargo, el jefe del Estado no ofreció detalles, tal tarea se la encomendó a Jorge Arreaza, yerno de Chávez y ex vicepresidente. Arreaza se cuidó, obviamente, de cuestionar la medida de Chávez, pero en la práctica Venezuela asumirá desde este 1° de mayo el huso horario tradicional del país, con lo cual quedará sin efecto una de las decisiones personales del fallecido comandante. Es la primera vez que tal cosa ocurre de forma abierta y pública.

Los cambios políticos en las sociedades suelen ir acompañados de transformaciones simbólicas, unas tienen mucha resonancia, otras resultan no visibles por el conjunto de la sociedad, pero de profundo impacto en la comunidad en la que tienen lugar. Tras el triunfo electoral de la Mesa de la Unidad Democrática, en diciembre pasado, se abrió en Venezuela un proceso de revisión y desmontaje de lo que representó Hugo Chávez, incluso en las propias filas oficiales.

Otro signo de los cambios simbólicos que están operando en Venezuela ha tenido lugar en la Asamblea Nacional, ahora dominada ampliamente por los diputados de la MUD. En un video polémico, que resultó viral en las redes sociales, el presidente del Parlamento, Henry Ramos Allup, ordenó hace algunas semanas que desmontaran las imágenes de Chávez de edificio legislativo, así como la imagen de Simón Bolívar que había oficializado el mismo Chávez en 2012, en medio de lo que fue su última campaña electoral. Los estudiosos de Bolívar coincidieron, en aquel momento, en que esa imagen no se parecía a los cuadros que se pintaron del Libertador estando este con vida y que él mismo avaló como su imagen.

Maduro, en respuesta a esta acción, ordenó que todas las plazas del país se adornaran de forma permanente con las imágenes que Ramos Allup había sacado de la Asamblea Nacional. La protesta duró escasamente una semana. Defender las imágenes de Chávez y del Bolívar bendecido por el comandante no levantó la efervescencia popular, tal como esperaba Maduro.

Otros cambios están ocurriendo de forma más subterránea, sin resonancia mediática pero con impacto en las comunidades en las que tienen lugar. Mi padre, ahora educador jubilado, me comentó el caso del “aula 1” en el liceo (bachillerato) público en el cual él trabajó largamente. En medio del frenesí del chavismo, de una década atrás, un grupo de estudiantes tras analizar la historia contemporánea de Venezuela decidieron bautizar el aula número 1 del instituto con el nombre de Rómulo Betancourt.

Los jóvenes reconocían no solo a quien inició el período democrático como el primer presidente electo que le entregó la banda presidencial a otro jefe de Estado elegido en las urnas, sino a quien que se considera el principal artífice del modelo político bipartidista que rigió a Venezuela entre 1958 y 1998, antes de la llegada de Chávez al poder.

En aquel 2006, la directora del instituto donde trabajaba mi padre de forma autoritaria impidió que se le colocara el nombre de Betancourt al aula y pretendió colocarle el nombre de Hugo Chávez.

En estos días mi padre me comentó con satisfacción cómo, hace poco, unos estudiantes (otros, estamos hablando de una década) finalmente colocaron una sencilla cinta y una fotografía de Rómulo Betancourt en el “aula 1” de este liceo público de la provincia venezolana. Ahora nadie se opuso, me comentó.

Son señales de los tiempos que se viven en Venezuela.