• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

Tiempo de canallas

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No es la primera vez, lamentablemente, que apelo a este título para volver a cuestionar la práctica recurrente del chavismo de estigmatizar al otro, con el fin de provocar el miedo. En estos días, voceros del chavismo como Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello utilizan los más burdos métodos de chantaje en contra de los venezolanos que, ejerciendo un derecho constitucional, han firmado para solicitar la activación de un referéndum revocatorio del mandato presidencial.

Ya en otra oportunidad, en este mismo espacio, citábamos el caso de la persecución del macartismo en los Estados Unidos de los años cincuenta. La película de George Clooney, Good luck and Good night, es un vivo retrato de cómo se atacaba la libertad de expresión con el pretexto de perseguir la amenaza del comunismo. Tal estrategia fue posible no solo porque desde el poder político se desatara aquella cacería de brujas, sino que logró dividendos gracias a los cómplices que operaban desde dentro del propio mundo artístico, periodístico e intelectual. Y esto no es un aspecto menor, como puede verse en un Tiempo de Canallas, como le bautizó Lillian Hellman, en su libro, a aquella época realmente detestable.

El libro de Lillian Hellman resulta de necesaria lectura en estos tiempos, y en especial es recomendable el prólogo que le antecede, escrito por Garry Wills, el cual es imprescindible contexto para entender el testimonio que luego brinda la dramaturga estadounidense. Si Wills da una mirada panorámica sobre las implicaciones político-institucionales de la cacería de brujas que desató en su obsesión anticomunista el senador McCarthy, Hellman, por su parte, brinda el crudo testimonio de una de las víctimas de aquella persecución contra intelectuales, periodistas y gente de la farándula de Hollywood. La escritora fue llamada a declarar, y aunque se enfrentó valientemente a los legisladores, igual terminó estigmatizada en aquellas sesiones que tuvieron lugar en el Congreso de Estados Unidos en 1952, cuando el macartismo vivía su apogeo.

El punto de partida de la persecución fue una lista de señalados por tener lazos políticos o culturales con la entonces Unión Soviética. En el caso de Hellman, ella había estado de visita en varias ciudades invitada por el gobierno comunista, en un momento en que Washington mantenía una alianza con este, en el marco de la II Guerra Mundial. Vino la paz y los órganos de seguridad estadounidenses marcaron la pauta de la amenaza latente que significaban los comunistas, y en especial la idea de un enemigo interno: los propios ciudadanos de ese país. La dramaturga había estado de visita en suelo comunista, y aunque luego escribió artículos críticos sobre ese sistema y mantuvo una clara independencia de criterios, terminó siendo llevada ante el Comité que encabezaba McCarthy.

La dramaturga, sin erigirse en heroína, se pasea en las páginas del libro sobre los dilemas que acompañaban a quien era señalado entonces: colaboraba para zafarse y terminaba hundiendo a otros, no hablaba y aparecía como culpable ante la opinión pública, o se negaba a asistir a las sesiones y lo esperaba la prisión. En aquel tiempo, además, la citación representaba una suerte de cuarentena, pues la mayoría de gente conocida –fue el caso de Hellman– terminaba dándole la espalda al señalado, y finalmente estigmatizado.

La estigmatización del otro, junto con la existencia del enemigo interno, estrategias muy usuales en la Venezuela gobernada por Hugo Chávez y ahora por Nicolás Maduro, deben ser prácticas desechadas. Por esa y otras tantas razones es este el tiempo de sobreponerse al miedo y la desesperanza en Venezuela. Debemos poner fin a este tiempo de canallas.