• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

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Rafael Caldera. Retrato crítico

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En estos días abundan los artículos y mensajes laudatorios de la figura de Rafael Caldera. La conmemoración de los 100 años de su nacimiento ha generado una oleada de comentarios positivos sobre el aporte de Caldera al sistema político y a la vida institucional de la Venezuela moderna. Estas líneas, en tanto, apuntan en la dirección de ejercer la sana crítica pública hacia una figura política que ha estado en una suerte de altar como fundador del sistema democrático junto a Rómulo Betancourt.

El papel del intelectual en la arena pública justamente debe ubicarse lejos de la complacencia o del halago fácil. Por esa razón hay que decirlo sin ambages,  Caldera contribuyó a fundar el sistema democrático en Venezuela, sin duda, pero también debe recordarse que ayudó a dinamitarlo en su hora de mengua. Y no hablamos sobre su decisión como jefe de Estado de dejar en libertad a Hugo Chávez y a quienes participaron en el fallido intento de golpe de Estado de 1992. Esa decisión, polémica sin duda, fue cónsona con lo que Caldera entendía como una obra suya, la pacificación, que distinguió su primera gestión (1969-74).

Desde nuestro punto de vista, Caldera contribuyó a debilitar el ya fallido sistema democrático de 1958 con al menos tres acciones, en las que terminó prevaleciendo su vocación de poder, la cual colocó por encima de los intereses colectivos.

La primera fue el mesianismo que le caracterizó. El mesianismo, la idea de que alguien está predestinado a cumplir un papel de guía en la sociedad es asunto que mucho daño nos ha hecho como sociedad. Caldera ha sido el personaje político de Venezuela que en más ocasiones aspiró a la presidencia de la República. Cumplida su primera presidencia pudo haberse retirado de la vida política activa, como lo hizo Betancourt, y su figura sin duda podría ser recordada de otra manera. Se empecinó, en embargo, en seguir optando a la presidencia y con ese afán truncó la generación de relevo en su partido, el socialcristiano Copei.

El mesianismo de Caldera se exacerbó con el paso del tiempo, al punto de lanzarse como candidato presidencial sin el apoyo de Copei (cuando éste partido ejerció democráticamente la elección interna de su candidato), fundar Convergencia y aliarse con la izquierda dispersa (el chiripero en la jerga política de aquel momento). Ese Caldera que llega por segunda vez a la presidencia, triunfando en diciembre de 1993, lo hace a costa de sacrificar a su hijo político (el partido Copei y su dirigencia). Además, con su triunfo le pone punto final al modelo bipartidista que había caracterizado los resultados electorales en Venezuela.

Otra opción objetable de Caldera fue el oportunismo. Obviamente en política el sentido de la oportunidad es un bien preciado, pero no puede pasarse por debajo de la mesa el Caldera que en 1992, siendo padre del sistema y corresponsable del desastre nacional (su partido había gobernado o co-gobernado durante décadas) asume el rol de justificar el intento de golpe de Estado que encabezara Hugo Chávez, en un recordado discurso haciendo llave con otra intervención muy comentada del hoy vicepresidente ejecutivo, Aristóbulo Istúriz. Es el Caldera que se monta sobre la ola de descontento popular acercando posiciones con quienes buscaban dinamitar el sistema.

La tercera acción de Caldera fue justamente la falta de acción una vez que llega al poder para su segundo mandato (1994-99). Llega al poder gracias a la ola de descontento, pero una vez en el poder no tiene la capacidad política de dar respuesta adecuada al descontento, con lo cual deja la bandeja servida para que el chavismo acceda al poder. Junto a los errores de Caldera se suman las decisiones erróneas de Copei y Acción Democrática, partidos que se cerraron al cambio interno y a conducir al país a otro escenario político-institucional (tal como era una clara demanda), con lo cual el discurso de un Chávez “outsider” (sin relación con aquellos partidos) caló claramente entre los venezolanos. Lo demás, aquello que vino cuando Caldera terminó su mandato y le pasó la cinta presidencial a Chávez, no estaba a su alcance predecirlo.