• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

Nadie vendrá a salvarnos

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No es la primera vez que traigo a colación la película Hotel Ruanda, para extrapolar escenas de ese filme, altamente recomendable, y hacer un contrapunto con la realidad de Venezuela. En las últimas semanas, mientras se agudizan la situaciones social y económica y no se visualizan salidas políticas en el corto plazo, saltó de nuevo a la palestra el tema del papel de la “comunidad internacional” en una eventual resolución de la crisis política en nuestro país. El chavismo ha llevado al país a un punto en el cual es inseparable pensar que una solución al drama social, humanitario, que se vive en Venezuela, debe pasar necesariamente –en primer término– por un cambio político-institucional. Y eso lo tendremos que labrar internamente los venezolanos.

Sobre este tópico versa la película Hotel Ruanda, sobre la cual habría que volver una y otra vez. Como buen filme, el eje de la historia parece estar en el protagonista. Estamos ante un ruandés proeuropeo que desde su ocupación de gerente hotelero vive una metamorfosis personal –diríamos que espiritual–, para devenir en héroe de carne y hueso, que se sobrepone a sus miedos y creencias, y termina convirtiendo el hotel más lujoso de Kigali en un verdadero campo de refugiados, salvador de centenares de vidas humanas.

Imposible que el protagonista se aislara de lo que ocurría en las afueras del hotel que regentaba: casi 1 millón de personas fueron aniquiladas en un verdadero genocidio cometido por la etnia hutu que cobró mortífera revancha contra los que siempre habían gobernado el país, los miembros de la etnia tutsi. Efectivamente, los tutsis impusieron su dominio sobre lo que conocemos como Ruanda desde hace unos cinco siglos, pese a ser una minoría en relación con el número de habitantes hutus. Hace pocas décadas, cuando Ruanda y Burundi, hasta entonces una sola nación colonizada por Bélgica, lograron su independencia, el poder imperial en retirada azuzó las rivalidades históricas entre las etnias, mientras las transnacionales europeas aprovechaban de implementar un modelo empresarial: hacer también de los conflictos un negocio.

Los hutus y los tutsis en su aspecto físico prácticamente no se diferencian, y en la vida real existían muchas familias entrelazadas. El protagonista de la película, basada en una historial real, es hutu, mientras que su esposa, sus vecinos y luego los centenares de personas que salvó eran todos tutsis. Para cometer las matanzas se acudían a ciertos barrios, se apelaba a la identificación en la que sí constaba la etnia, y sobre todo, resultaba vital la delación. Por encima de todos los ruandeses, estaban las bocinas de una emisora de radio, hoy cuestionada y enjuiciada en instancias internacionales en la vida real; desde allí se alentaban los odios, se daban argumentos históricos y étnicos a favor de la matanza, y lo que es peor aún, se señalaban objetivos concretos, a través de la descalificación de personas o entidades, a los que se les colocaba el cartel del otro, del que hay que aniquilar.

Es también el filme un crudo retrato del papel, inoperante y atrapado en arreglos políticos, que a veces poco tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, de entidades como la Organización de Naciones Unidas. La constatación de que la salvación no vendrá desde el extranjero (no vendrán a salvarnos, dice el protagonista) y que solo está en sus propias manos la posibilidad de salvarse, constituyen punto de quiebre en la historia cinematográfica, y terminan siendo catalizador para una acción que finalmente logra sus objetivos: quienes lograron cobijarse en el hotel salieron con vida de Ruanda.

Mientras escapaban rumbo a Tanzania dejaban detrás una contraofensiva tutsi sobre Kigali. Esta terminaría siendo, según reportes de prensa, tan sanguinaria como la matanza hutu, y devino en cruel metáfora para aquellos que buscando aniquilar al otro también acabaron devastados. Nadie ganó, en definitiva. Nadie fue a salvarlos.