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Anders Aslund

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Putin niega la realidad

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Cuando 2014 tocaba a su fin, estalló una enorme crisis financiera en Rusia. Los precios mundiales del petróleo habían bajado casi la mitad desde mediados del pasado mes de junio y el rublo se desplomó en diciembre y acabó el año con un margen de descenso similar. Las reservas internacionales de Rusia se han reducido en 135.000 millones de dólares y la inflación ha alcanzado los dos dígitos. La situación no hará otra cosa que empeorar.

El precio actual del petróleo obligará a Rusia a reducir sus importaciones a la mitad, circunstancia que, junto con el aumento continuo de la inflación, disminuirá el nivel de vida de los rusos considerablemente. Si a ello se suma una corrupción cada vez peor y una profunda congelación de la liquidez, parece probable que haya un hundimiento financiero, acompañado de un descenso de la producción de entre 8% y 10%.

La capacidad de Rusia para afrontar su aprieto actual depende de su poderoso Presidente, Vladimir Putin, pero este sigue sin decidirse a actuar; en realidad, hasta ahora ha fingido que no hay crisis alguna. En sus dos apariciones públicas más importantes del pasado mes de diciembre, Putin se refirió simplemente a la “situación actual”. En su saludo de Año Nuevo, se jactó de la anexión de Crimen y del éxito de los Juegos Olímpico de Invierno celebrados en Sochi y evitó cuidadosamente referencia alguna a la economía.

Pero, como la economía está en caída libre, Putin no puede seguir fingiendo eternamente y, cuando por fin reconozca la realidad, tendrá poco margen de maniobra.

Naturalmente, Putin podría retirar sus tropas de la Ucrania oriental, con lo que movería a Estados Unidos y a Europa a levantar las sanciones económicas contra Rusia, pero eso sería como reconocer la derrota, cosa a la que Putin no siente inclinado.

Asimismo, a falta de iniciar una gran guerra, Putin tiene pocas opciones para hacer subir los precios del petróleo. Además, aun antes del desplome de los precios del petróleo, el capitalismo de amiguetes había detenido el crecimiento y todo intento serio de cambiar el sistema desestabilizaría la base de su poder.

En realidad, la idea que tiene Putin de un dirigente parece fundamentalmente incompatible con cualquier solución para los infortunios económicos actuales de Rusia. Aunque existen las estadísticas precisas y oportunas sobre la economía de Rusia necesarias para orientar unas medidas eficaces con miras a contrarrestar la crisis y están fácilmente accesibles al público en línea, Putin afirma no consultar la red Internet.

En cambio, según informa el periodista Ben Judah, Putin recibe actualizaciones diarias sobre la política del Kremlin, los asuntos interiores y las relaciones exteriores de sus tres agencias de inteligencia principales. Sus medidas indican que considera los datos económicos mucho menos importantes que la información sobre la seguridad: tal vez se trate de una actitud natural en un cleptócrata.

Dicho claramente, no hay escasez de expertos económicos entre las autoridades rusas. Al contrario, las principales instituciones económicas de Rusia cuentan con gestores competentes. El problema estriba en que la adopción de decisiones está concentrada en el Kremlin, donde faltan expertos económicos. De hecho, el último de los pesos pesados económicos –todos ellos reliquias del decenio de 1990– en el círculo personal de Putin era Alexei Kudrin, que dimitió como ministro de Hacienda en 2011. A diferencia de Estados Unidos, ninguno de los máximos gestores económicos de Rusia es miembro del Consejo Nacional de Seguridad.

Putin ha usurpado la autoridad no solo de sus colegas más entendidos, sino también la del primer ministro, que tradicionalmente ha sido la principal autoridad económica de Rusia. De hecho, desde que Putin volvió a la presidencia en 2012, el primer ministro Dmitri Medvedev ha sido prácticamente irrelevante.

En una palabra, Putin, que no es un experto en economía, adopta todas las decisiones más importantes de política económica en Rusia y da órdenes a los máximos directores de las empresas de propiedad estatal y a los ministros en reuniones ad hoc y exclusivas. A consecuencia de ello, la formulación de la política económica rusa es fragmentaria y disfuncional.

En ningún otro caso es más evidente esa falta de coordinación que en el delicado mercado de divisas. En Rusia, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los demás países, el banco central no tiene el derecho exclusivo a intervenir. Cuando el rublo se desplomó en el pasado diciembre, el ministerio de Hacienda, que cuenta con casi la mitad de las divisas de Rusia, 169.000 millones de dólares, en 2 fondos soberanos, consideró insuficiente la intervención del banco central. Así, pues, anunció que vendería 7.000 millones de dólares de sus reservas para impulsar el valor del rublo, iniciativa que se pasó de la raya.

Cuando el tipo de cambio volvió a desplomarse, el Kremlin instó a las cinco mayores empresas exportadoras de propiedad estatal a cambiar una parte de sus activos a rublos, con lo que volvió a pasarse de la raya y a ello siguió otro descenso pronunciado. Es evidente que esas intervenciones descoordinadas están exacerbando la agitación en el mercado de divisas, al fluctuar el valor del rublo un cinco por ciento –y en los casos peores nada menos que el 10%– en un solo día.

La situación fiscal de Rusia, determinada por la arbitraria gestión presupuestaria de Putin, no es mejor precisamente. Las prioridades de Putin están claras: primero de todo, el ejército, el aparato de seguridad y la administración del Estado; en segundo lugar, los más importantes proyectos de infraestructuras con los que él y sus amigotes hacen sus fortunas; por último, los gastos sociales (primordialmente, pensiones), necesarios para conservar el apoyo popular. De repente, los ingresos por petróleo ya no bastan para sufragar las tres.

Por mucho que el ministerio de Hacienda se esfuerce para intentar equilibrar gastos e ingresos, carece de la necesaria influencia política. El año pasado, el gobierno central delegó más gastos de educación y atención de salud en órganos regionales sin asignarles más recursos y nadie pudo hacer nada al respecto.

Si Putin quiere salvar la economía de Rusia del desastre, debe cambiar de prioridades. Para empezar, debe postergar algunos de los grandes proyectos de infraestructuras a largo plazo que ha promovido enérgicamente en los dos últimos años. Aunque la decisión adoptada en diciembre de abandonar el gasoducto South Stream es un paso en la dirección apropiada, no es ni mucho menos suficiente.

Asimismo, Putin debe seguir la sensata recomendación del ministro de Hacienda, Anton Siluanov, de reducir este año el gasto publico, incluidos los programas sociales y el ejército, en un diez por ciento, pero la experiencia indica que no es probable que lo haga.

Rusia afronta graves problemas financieros y que están intensificándose, pero su problema mayor sigue siendo su dirigente, quien continúa negando la realidad, mientras aplica políticas y proyectos que no harán sino empeorar la situación.

 

Copyright: Project Syndicate, 2015.
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