• Caracas (Venezuela)

Ana Palacio

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La inmigración más allá de la crisis

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Desde hace siete años, Europa no sale del “modo crisis”. De Ucrania a Grecia el continente va apagando fuegos, con la consiguiente retahíla de cumbres, declaraciones y acciones para salir del paso. La crisis migratoria, que no tiene visos de encauzarse en un futuro próximo, requiere ahora la atención de la Unión Europea. Una respuesta eficaz no puede mantenerse en la emergencia, y Europa debe afrontar la extensión del reto y definir objetivos.

Es indiscutible que la cuestión migratoria merece la atención de la Unión. El crecimiento exponencial de los flujos migratorios continúa batiendo récords de mes en mes, de una frontera a otra. Al tiempo, se diluye la ya de por sí borrosa línea que separa a los solicitantes de asilo de los refugiados, los desplazados y los inmigrantes puramente económicos.

Asimismo, las terribles condiciones que asolan el viaje cualifican la gravedad de la crisis humanitaria, desde los ahogados en el mediterráneo al reciente descubrimiento de 70 cuerpos en descomposición en un camión abandonado en Austria. Mientras, se cuentan por millares los que languidecen en campamentos improvisados con poca o ninguna ayuda.

A ello se añade un flujo constante de imágenes de violencia, incendios provocados en albergues para refugiados en Alemania, o la brutalidad policial en Macedonia, con el puerto de Calais erigido en símbolo de quienes buscan desesperadamente abrirse paso en camiones y trenes.

La UE viene tomando medidas en distintos ámbitos, desde el refuerzo de la seguridad fronteriza a la lucha contra los traficantes de seres humanos. Y destacan algunas actuaciones como la de Alemania, que se enfrenta con visión a la llegada de 800.000 solicitantes de asilo este año.

Aunque útiles, estas medidas son un claro ejemplo de políticas de crisis, que tienden a favorecer medidas provisionales en las que prima la apariencia sobre la eficacia, por no hablar de nobles declaraciones rayanas en la hipérbole y el vacío sin contenido alguno.

La presión migratoria no es un fenómeno pasajero. Los factores que empujan a cientos de miles de personas a arriesgarlo todo para llegar a Europa están muy lejos de entrar en vías de solución. Irak y Siria permanecen sumidos en la violencia y el caos; la represión en Eritrea se mantiene; y la destrucción del Estado libio es total. Si a ello añadimos la débil o inexistente gobernanza en gran parte de África, junto con las sobrevenidas amenazas de seguridad y las sombrías perspectivas económicas, se hace difícil imaginar que la marea de inmigrantes amaine.

El señuelo de una vida mejor, o sencillamente de conservarla, es irresistible. Independientemente de lo impermeables que lleguen a ser las fronteras exteriores de la UE, el flujo de inmigrantes continuará poniendo en peligro el acervo de Schengen y amenazando el propio tejido de la construcción europea.

El diseño de soluciones realistas y productivas debe abordar las raíces profundas del fenómeno así como los fallos del sistema migratorio. La UE debe apoyar el buen gobierno y el desarrollo económico, y sobre todo el establecimiento de una seguridad básica, en los países de los que los inmigrantes huyen; y se hace indispensable la revisión y actualización de un marco conceptual y jurídico que responde al mundo tras la II Guerra Mundial.

Resulta necesario incrementar la eficacia de los esfuerzos de disuasión en asociación con los principales países de origen y tránsito. En paralelo, para los inmigrantes económicos que llegan al territorio de la UE sin derecho a protección jurídica internacional, se han de establecer regímenes claros de repatriación. Y tenemos que establecer vías legales eficaces para aquellos que merezcan amparo o posean las capacitaciones que nuestras sociedades demandan. Finalmente, se hace imprescindible un auténtico reparto de cargas dentro de la UE.

La UE no puede simplemente sentarse a esperar a que pase la actual crisis migratoria parcheando la realidad con medidas fragmentarias o de circunstancia. Por el contrario, necesitamos sopesar, sin subterfugios ni malas conciencias, los imperativos humanitarios con los problemas de seguridad, el bienestar social nacional con las obligaciones jurídicas internacionales, y los deberes entre países miembros con las responsabilidades frente a la propia ciudadanía. Solo entonces podrán nuestros líderes diseñar la estrategia reflexiva, integral y con visión de futuro que la crisis migratoria –y, de hecho, la propia supervivencia de la UE– exigen.

 

Copyright: Project Syndicate, 2015.
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