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Ana Palacio

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Rusia y la filosofía de la ruta de la seda

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La degradación de la situación en Ucrania ha puesto de manifiesto tres grandes retos de la política exterior de la Comunidad Atlántica: el peligro de aislar a Rusia, la prevención de China de involucrarse internacionalmente y la falta de ideas auténticamente innovadoras. Para superarlos, será necesario un esfuerzo concertado que mejore la cooperación y fomente la confianza entre países con sistemas políticos e intereses nacionales dispares. El “cinturón económico de la ruta de la seda” del presidente chino Xi Jinping puede contribuir a ese esfuerzo.

La respuesta de Europa y de Estados Unidos a la crisis en Ucrania ha fallado en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, por anémica, ha proyectado una imagen de debilidad que socava nuestra capacidad para lograr revertir la anexión rusa de Crimea, tácitamente aceptada, o detener sus agresiones en el este de Ucrania. Además, las sanciones selectivas y los desaires diplomáticos han contribuido al aislamiento internacional de Rusia, socavando cualquier relación funcional de futuro. Y, aunque es fundamental para la Comunidad Atlántica mantenerse firme en sus principios –incluso mediante la imposición de sanciones punzantes– es preciso mantener áreas de pragmatismo. Claramente, una Rusia débil y aislada es mucho más peligrosa que una Rusia fuerte e integrada en la comunidad internacional. Y, sin embargo, no cabe duda de que la relación con Rusia está rota y de que la confianza mutua ha alcanzado su punto más bajo desde el colapso de la Unión Soviética.

En este contexto, traer a Rusia de vuelta al redil internacional requerirá de la participación de China. Pero, para China, la cuestión de Ucrania es compleja no solo por su interés en fomentar vínculos más estrechos con Rusia, sino, en cierta medida, por los paralelismos con sus propias acciones en lugares como el Tíbet. Habida cuenta de lo anterior, y la reticencia general de China a asumir una posición de liderazgo mundial, una participación decidida de Pekín solo se logrará a través de iniciativas específicas con objetivos concretos.

Eso es precisamente lo que este relanzamiento de la ruta de la seda ofrece, como tuve la oportunidad de presenciar durante un reciente viaje a Pekín. La iniciativa presentada el pasado mes de septiembre tiene como objetivo mejorar los vínculos entre los mercados asiáticos y europeo, con beneficios concretos para los 18 países de Asia y Europa Central que atraviesa, Rusia incluida.

Fomentar la prosperidad compartida a través de los intercambios interpersonales –desde las ideas al arte– la mejora de los flujos comerciales, y el aumento de circulación de la moneda es precisamente lo que el mundo necesita si se quiere evitar un retorno al encasillamiento de la Guerra Fría o la balcanización de Europa del Este. Después de todo, la mejor manera de promover la cooperación y la confianza es asegurar que la iniciativa aporte beneficios claros a todas las partes involucradas.

Aunque las autoridades chinas han hablado ampliamente de la necesidad de reforzar los intercambios de personas, suprimir restricciones en el uso de divisas y reducir  las barreras comerciales, la reactivación y la modernización de la antigua ruta de la seda pivota sobre la consolidación de una infraestructura funcional basada en la interoperabilidad y la conectividad multimodal. El logro de una sólida red de transporte por ferrocarril, carretera, así como fluvial, marítimo y aéreo producirá beneficios en cascada al tiempo que inducirá importantes e inmediatas ganancias económicas por optimización de las cadenas de suministro. El ferrocarril juega un papel clave en este esfuerzo, al descongestionar el tráfico en las extensas e inciertas rutas marítimas, y proporcionar conexiones más rápidas de menor repercusión ambiental.
El transporte de mercancías de China a Europa, hoy, por ferrocarril tarda menos de la mitad de tiempo que por vía marítima.

Sin embargo, existe el peligro de que China adopte un enfoque bilateral supeditado a romos intereses de política exterior. Aunque China cuente con los medios necesarios para financiar los proyectos de infraestructura a gran escala que demanda la iniciativa, una estrategia fragmentada inhibiría la integración, al tiempo que reforzaría la percepción del ascenso de China como amenaza para el orden internacional. Sus líderes deben reconocer que, si la ruta de la seda ha de materializar todo su potencial, debe basarse en una visión amplia, construida sobre la diversidad de fuentes de financiación, la participación activa y el sentido de pertenencia de Estados y actores multilaterales y privados, así como una organización eficaz e incluyente.

El Banco Mundial ha adoptado este enfoque en su línea de crédito para la Infraestructura Global, que conectará a actores multilaterales, regionales y nacionales con el sector privado para la financiación de infraestructuras. El G-20, que marca de facto la agenda internacional, ya ha expresado su apoyo al planteamiento.

La aplicación de este modelo integral al proyecto de ruta de la seda –incorporando en particular a Europa, China, Rusia y las instituciones multilaterales– vendrá a reforzar iniciativas existentes como la relativa a transporte, comercio y energía del Programa de Cooperación Económica Regional de Asia Central, que opera bajo los auspicios del Banco Asiático de Desarrollo, con aportaciones del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Por último, más allá de la financiación conjunta, esencial para el éxito de este proyecto es la coordinación eficaz. Aquí es donde la experiencia europea en materia de compromiso y armonización resulta insustituible. Para mejorar su fragmentado sistema de transporte, la Unión Europea ha diseñado el sistema de corredores centrales o vertebradores que da respuesta a los principales flujos de tráfico transnacionales y soluciona bloqueos así como enlaces inexistentes. Estos corredores aseguran la integración, interoperabilidad y coordinación del desarrollo y la gestión de la toda red infraestructuras, al tiempo que sirven de catalizador para el diálogo entre las dispares partes interesadas. El Sistema Europeo de Gestión del Tráfico Ferroviario, que a partir de los estándares de seguridad y protección divergentes de los distintos Estados miembro ha logrado crear un sistema unificado, no es sino uno de los muchos éxitos de esta innovadora estrategia.

Europa ha demostrado que un sentido de propiedad común, combinado con soluciones concretas, fomenta el diálogo productivo y abre la puerta a la cooperación más amplia en beneficio mutuo. La ruta de la seda ofrece, así, más que oportunidades económicas. Sirve a los intereses de seguridad de futuro de todos los participantes. En un momento en que tantas conexiones se han roto, esta es una oportunidad que Europa no puede permitirse dejar pasar.

Copyright: Project Syndicate