• Caracas (Venezuela)

Ana Palacio

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África más allá del ébola

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La propagación del virus del ébola, una de las mayores preocupaciones que han asolado el mundo este verano, ha monopolizado el debate sobre África y reverdecido nociones vetustas de desorden y desesperación en un momento en que emergía la imagen de un África dinámica. La realidad es que razones de peso sustentan una visión optimista sobre el futuro de la región.

El brote de ébola eclipsó tres eventos clave para la región. El 1° de julio, entró en vigor una importante reestructuración del sistema organizativo del Grupo Banco Mundial. Dos semanas más tarde, los Brics (Brasil, Rusia, India, China, y Suráfrica) anunciaron el acuerdo de creación del Nuevo Banco de Desarrollo. Y, a principios de agosto, cerca de 50 líderes africanos se reunieron en Washington DC, en una cumbre que pretendía simbolizar el potencial transformador de la inversión privada en África.

Hoy los flujos netos de capital privado hacia los países en desarrollo superan a la asistencia oficial para el desarrollo por un margen de diez a uno. De ahí la importancia de la inversión privada; y para que estos acontecimientos representen un punto de inflexión, en lugar de otro falso amanecer para África, deberán traducirse en un esfuerzo prolongado para estimular la participación del sector privado.

La reorganización del Banco Mundial es una pieza central de los trabajos del presidente Jim Kim para reposicionar al Banco como facilitador y no proveedor primario de cara al sector privado. Así, entre 2009 y 2013, dentro del Grupo Banco Mundial, los nuevos compromisos de inversión por parte de la Corporación Financiera Internacional, –cuya actividad se centra en la concesión de préstamos al sector privado– aumentaron en 73%. Mientras tanto, el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones –proveedor de seguros contra riesgo político que cubre inversiones en los países en que actúa el banco– ha expandido sus actividades, ampliando tanto los tipos de proyectos que apoya, como la interpretación de las reglas aplicables que se orientan hoy a lograr mayor cobertura.

La reestructuración de julio se enmarca en este contexto amplio. En esta reorganización del componente central del Grupo Banco Mundial, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, Kim ha adoptado un modelo que combina la gestión y la consultoría uniendo experiencia con proyección regional. El objetivo no es otro que eliminar los "silos" burocráticos que aislaban a los expertos regionales entre sí, creando 14 grupos de prácticas con proyección global en áreas como la energía, el agua o la educación con el objetivo de poner en valor el notable conocimiento que el Banco Mundial posee sobre proyectos y partenariados.

En paralelo a esta reestructuración, los Brics acordaron crear su nuevo banco. Pendientes están de definir cuestiones importantes sobre el funcionamiento del Nuevo Banco de Desarrollo, pero los primeros indicios sugieren que el área de infraestructuras se constituirá en núcleo de sus actividades. Asimismo ha trascendido su especial énfasis en África.

Según estimaciones del Banco Mundial, las carencias en infraestructuras de África repercuten en una reducción de su productividad en 40%. La irrupción de un nuevo actor con un capital inicial autorizado de $ 100 mil millones – a lo que hay que añadir el programa de Estados Unidos Power África que ha logrado 26.000 millones de dólares desde su lanzamiento el año pasado y el nuevo Fondo para la Infraestructura Global del Banco Mundial– contribuiría a facilitar la financiación en este área.

Pero, al día de hoy, el Nuevo Banco de Desarrollo es poco más que una declaración de solidaridad política, y está aún por ver si llega a materializarse. Incluso en el supuesto de que esto ocurra, los Brics carecen de lo que da a los bancos de desarrollo en general, y al Banco Mundial en particular, legitimidad y peso: equipos integrados mayoritariamente por expertos de entre los mejores del mundo y entregados a su misión.

Por último, el alto perfil de la Cumbre de Líderes de Estados Unidos y África, con la asistencia de más de 40 jefes de Estado y la implicación activa del presidente Barack Obama, generaron una enorme expectación en torno a África subsahariana. Las empresas y los inversores de Estados Unidos ganaron conciencia sobre el potencial de la región y una comprensión más profunda de los distintos climas de inversión del continente.

Aunque la cumbre puede considerarse un éxito, sus implicaciones a largo plazo no están claras, especialmente si tenemos en cuenta la incertidumbre en torno a su continuidad. De hecho no parece que exista un plan para institucionalizar la cumbre.

Por otra parte, la participación de tantos jefes de estado eclipsó la de los líderes empresariales africanos. Las conexiones prácticas que las empresas estadounidenses necesitarán a la hora de decidir si invierten o no, podrían haber sido cultivadas en los márgenes de la cumbre, o tras ella, pero no lo fueron. Sentar las bases para futuro acuerdos requiere de un compromiso y de un esfuerzo que van más allá de la mera publicidad.

Lo mismo cabe decir del Banco Mundial. Queda mucho trabajo pendiente en la integración del nuevo modelo organizativo con las estructuras y áreas de responsabilidad existentes en el Banco. Incluso si esta transición se produce sin problemas, el Banco debe superar una fuerte lucha interna de arraigados intereses burocráticos así como una cultura institucional de aversión al riesgo, centrada en los procesos a expensas de los resultados.

En los últimos años, África ha pasado de ser una tierra que suscita compasión a ser una tierra de oportunidades. Para que se transforme de tierra de oportunidades en tierra de logros, es necesario facilitar la inversión, tanto nacional como extranjera ya que un África próspera y en crecimiento es elemento clave para un orden internacional estable. Esta es una meta que el mundo no puede desatender.

Copyright: Project Syndicate