• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Otra vez

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I
— Buenos días — dijo el hombre. La moto frenó justo al lado de la puerta del copiloto por donde iba a bajarme.

Era un hombre negro con lentes polarizados anaranjados estilo Ray-ban. Llevaba casco negro, camisa negra. Venía con un parrillero al que no logré ver. Pero él manejaba la moto.

Cautelosa, cerré la puerta sin bajarme y les dije a las muchachas y a mi hermana que acababa de apagar el carro que nos iban a asaltar. Ninguna me hizo caso. Mi idea era que encendiéramos el carro de nuevo y nos fuéramos o nos metiéramos en el estacionamiento del edificio. Pero no pasó. Allí nos quedamos estacionadas, en la calle del edificio, el único edificio que hay, lo demás son casas.

Mi hija subió a mi apartamento a buscar el carrito para sacar el mercado. A ella también le pareció rara la actitud del tipo; imagino que ya está curada de espanto. Dejó su celular en la casa y le dijo a la abuela que se asomara a la ventana, que cualquier cosa, gritara.

Mientras tanto ya mi hermana y mi sobrina estaban sacando bolsas del carro. Yo les dije otra vez lo mismo, que los tipos estaban merodeando, que eran sospechosos. Nada, mi hermana se protege con su fe, mi sobrina escucha, pero no actúa.

Se devolvieron los motorizados, esta vez con el negro de parrillero. Se bajó de la moto al lado mío y vi cuando sacó su pistola 9 mm de la cintura.

— Denme los teléfonos— dijo muy pausada y suavemente, sin violencia al hablar, sin sobresalto. Muy tranquilo.— Denme todos los teléfonos.

— Yo no tengo teléfono— le contesté, porque lo tenía dentro de la cartera, y porque suelo reaccionar como si nada estuviera pasando.

El malandro le puso la pistola a mi sobrina en el estómago.

— Dame el teléfono—.

Claro, ella venía chateando con su Iphone en el carro. Mi hermana se volvió loca.

— No le des nada — le gritaba, y yo veía la carita de mi sobrina blanca como un papel.

— Geraldine, dale el teléfono— le dije.

Mi hermana montó en cólera cuando el tipo insistía en que ella le diera el suyo.

—Yo no te voy a dar mi teléfono, no me da la gana, qué me vas a hacer— gritaba mi hermana.

¡Se le fue encima al malandro armado con una 9 mm! Comencé a perder la tranquilidad y traté de separar a mi hermana que ya estaba a punto de darle un puñetazo al tipo. Empezó mi madre a gritar desde arriba. Los vecinos la imitaron y hasta alguno se atrevió a salir a la calle.

El negro se montó en la moto y tuvo la precaución de tapar la placa trasera con su mano.

II
Ya no soy de aquí, ya no pertenezco. Ya mi suelo y mis raíces las llevo en el corazón. Ya la República de Venezuela donde nacieron mis padres, mis hermanos, mis sobrinos y mi hija no está. La mató la República Bolivariana de Venezuela.

Ya no tengo sentido de pertenencia, ya veo a los motorizados y siento que no sé dónde estoy. Ya no puedo decirme de este lugar. La Bolivariana me está echando. Ya no tengo hermanos venezolanos y los bolivarianos no se parecen a mí.

Esto que creó Chávez es otra cosa. No es la tierra de cielo eternamente azul y montañas verdes. Ya no existe la gente amable y dulce. Ahora en el momento menos pensado, en un estacionamiento de un centro comercial, otro, que se diría igual que yo, saca un bate y me amenaza. Eso pasa todos los días en la Bolivariana.

¿Cómo recuperar lo que fue? Es como tratar de remendar un matrimonio que no sirvió. Es como tratar de pegar en su sitio los pedazos de un jarrón que estalló en el piso.

Todos los días lo intento, lo juro. Todos los días amanezco con ganas de echarle pierna al país, de volver a enamorarme de esta tierra. Y luego de dar vueltas por supermercados para conseguir la comida, me espera un tipo amable que me da los buenos días pero me amenaza con una pistola. Ya el motorizado no es aquel que le dijo maldita a mi hija, es uno que me saludó irónicamente, con sorna, y que apuntó a mi sobrina con una pistola.

No puedo más, la Bolivariana me está vomitando, y ya no tengo de dónde agarrarme.  

Todos los días salimos a la calle. O nos roban la vida o nos roban la esperanza.