• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Un pollo asado

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Es una sensación muy difícil de describir. No era solo la cocina lo que se llenaba de aquel aroma, era toda la casa y todo el domingo.

La vida de mi familia, como la de muchísimas otras, gira en torno a la mesa. No solo porque nos guste la buena comida. Mi abuela se ganó la vida de cocinera. Los domingos eran para mi abuela paterna. María era una mujer menuda, con el cabello muy blanco y unas manos maravillosas.

Llegábamos temprano y ya estaba en la cocina. Menos mal que no era tan temprano como para haber conocido personalmente al pollo que estaba aliñando. En el patio de la casa había corrales con diferentes aves de cría, conejos y siembra de frutas y hortalizas. Hacía frío, pero en la cocina todo era diferente.

El menú no variaba. Recuerdo que, para la entrada, la Abu servía cebollas y pimentones rellenos y yoyos de plátano. Su procesador era una piedra de moler. Toda la presentación era espectacular. El segundo plato era pollo al horno. La ensalada era un espectáculo y el arroz más blanco y suelto del planeta, sin ser parboiled.

Mientras yo jugaba a la cocinita, la veía de aquí para allá, rallando, moliendo, revisando, probando. Era como un hada haciendo magia. Tanta magia hacía que para mí el postre era una torta de un solo huevo. La batía con un tenedor y quedaba tan esponjosa que parecía una nube de mantequilla.

Para los mayores, alguna fruta en almíbar. La nevera estaba llena de frascos, literalmente llena de frascos al vacío de todo tipo de frutas en almíbar.

Mi abuela ya no trabajaba de cocinera, porque era madre de un doctor (todo fue posible en aquella odiosa cuarta república), así que aquello era por gusto, para agasajar, para festejar a la familia.

No basta con decir que aquellos eran otros tiempos.

Lo que me provoca decir es que estos tiempos son una pesadilla. Si seguimos como vamos, veo muy difícil que yo pueda agasajar a mis nietos con un pollo al horno.

En estos tiempos maduros las abuelitas hacen colas de más de seis horas para comprar un pollito (casi una paloma), que no se crió picando tierra y que tiene varias semanas viajando congelado en un barco. Para rellenar aquellos manjares la abuelita de ahora tiene que ir de mercado en mercado hasta conseguir carne; y si hablamos del rebosado, pues tiene que pagar una fortuna por el cartón de huevos.

Lo de las frutas en almíbar, imagínense la penuria para conseguir azúcar. Y aquella torta esponjosa puede ser que ahorraba en posturas de gallina, pero era de mantequilla Maracay, producida en el país.
Menos mal que para mí eso no es un sueño sino un hermoso recuerdo. Y trato, por todos los medios, de que las nuevas generaciones de mi familia lo vivan, pero sin Mercal.


@anammatute