• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

El periodista también come mango verde

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Llegamos al momento en que nuestro testimonio es el mejor testimonio, sin tratar de convertirnos en protagonistas. Por mucho tiempo traté de enseñarle a mis alumnos que el periodista no debe convertirse en centro de la historia, sino que su papel es ser testigo (en el mejor de los casos) para reseñarlas luego; o dedicarse a recoger los hechos de boca de los que los vivieron. Para eso estudiamos, para aprender a contar con propiedad, claridad, precisión y creatividad.

 

I

Ocurre que el Día del Periodista me sorprendió en una cola para comprar pan. Tuve que dedicar una hora (menos mal que fue poco) de mi horario laboral para poder conseguir el alimento que me hacía falta. ¿Cuándo el venezolano se volvió tan sádico? ¿Por qué los iguales a mí gozan con mi sufrimiento, con mi necesidad?

Los encargados de la panadería nos hicieron esperar hasta las 12:00 en punto. A esa hora comenzaron a repartir números a la cola que ya salía del establecimiento. Yo tenía el 2 y mi dinero en efectivo en la mano, 450 bolívares exactos, porque no aceptan ningún tipo de pago electrónico. Los panes no bajaban pero estaban abriendo las bolsas para tenerlas listas. Los dependientes veían crecer la cola sin ninguna compasión. Las cajeras muy entretenidas compartían cuentos del fin de semana.

Cerraron la puerta con llave porque los números se acabaron. Inmediatamente, la misma persona que repartió los números y cerró la puerta la vuelve a abrir con su cara de disgusto, como molesta porque estábamos allí esperando un pan. Así como me dio el número 2, me lo quitó (no habían pasado ni 5 minutos) y me hizo un ademán para que pasara a la caja.

Pagué y con un recibo de compra fui a buscar mi pan al mostrador. ¡Estaba frío! ¿Por qué nos hicieron esperar por un producto que no es fresco? Si ya estaba listo ¿para qué hicimos fila? ¿Por qué no me despacharon a las 11 cuando llegué? ¿Para qué repartieron números?

 

II

Por más que la guardia haya sido intensa con todas las cosas que acontecen en este país y en otros, hay que despertarse a las 6 de la mañana de un domingo para ir a hacer cola en el mercado. Me dieron el dato de que allí el camión de la carne la tiene más barata y tengo que rendir el dinero.

Hay cola aunque llegué a las 6:30, con la angustia de que cerca hay un edificio abandonado aparentemente ocupado por indigentes o malandros, no lo puedo precisar. Afortunadamente la cola avanza rápido y llega mi turno. Solamente puedo comprar un kilo, por más barata que esté, debo comprar algunas cosas más. La dieta que nos impuso El que No Debe Ser Nombrado (Aristóbulo dixit) hace efecto, nada de carne roja para mí.

Lo demás se me va en vegetales, mi comida favorita, pero también están caros. Un kilo de berenjenas cuesta 600 bolívares, ni hablar del tomate y la papa, la lechuga americana más o menos igual.

La tristeza es más barata, pero no se come.

 

III

Las tertulias durante el almuerzo son invariables de un tiempo a esta parte. Todos hablamos de lo que pudimos traer de almuerzo y de lo que nos queda en la casa. Todos hablamos de cuántos días tenemos sin agua. Todos nos calmamos el hambre con los mangos verdes de la mata del estacionamiento.

Todos comentamos el último asalto que le sucedió a algún colega cuando llegaba a su casa la noche anterior, o de los medicamentos que no conseguimos para nosotros o para nuestras familias.

Es imposible separar un tiempo para la risa fácil, el chiste del día o el chisme del último empate en el edificio del periódico. La tristeza nos afecta, y se sienta con nosotros a la mesa. No podemos obviar lo que padecen los venezolanos, pero somos parte de la misma vorágine roja rojita que parece succionarnos cada minuto para dejarnos en caída libre hacia el abismo.

Solo deseo, como periodista, estar aquí en El Nacional el día que esto termine, porque al fin recuperaremos la alegría. Y como dice Ramón Hernández, ese día nos sentiremos héroes.