• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Del periodismo

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“Rosalinda Sequera era apenas una adolescente cuando entró en la universidad. Decidió a última hora estudiar Comunicación Social, quizás porque siempre le había gustado escribir y su pasatiempo favorito era leer.

“Cuando llegó a su primer día (tarde, las clases del primer año eran desde las 2:00 pm hasta las 6:00 pm) no imaginaba que se iba a enamorar perdidamente no solo de la comunicación social, sino del periodismo y todas sus implicaciones”.

Ya sin comillas, espero contar con la suerte de tener a Ramón Hernández entre mis lectores hoy. En cierto modo, le dedico este artículo a él y, por supuesto, a Pedro Llorens, de los que he aprendido tanto. Entre otras cosas, que las modas que se imponen en el periodismo no superan jamás las buenas definiciones que de los géneros se han hecho por años; y que el famoso “nuevo periodismo” es bueno, buenísimo para ciertas cosas, pero que la pirámide invertida no muere, nunca.

El motivo de esta crítica (en la que me incluyo, claro, porque soy mi primera crítica) es la lectura diaria, como debe ser, diría ese gran lector de periódicos que fue mi padre. Me canso de leer textos que comienzan siempre de la misma manera, así como comienza este artículo. El testimonio de gente que no tiene nada importante que contar es usado una y otra vez en secciones tan disímiles como economía o sucesos, lo mismo da. Y entonces me pregunto ¿dónde está el periodista? ¿Por qué no me cuenta lo que ve? ¿Por qué no me ubica con una brillante descripción de la situación? ¿Acaso los noveles profesionales creen que solamente se le llega al lector con un cuento a través de una tercera persona? ¿Dónde queda el papel de testigo de primera mano?

No es porque yo no cometa errores, aunque puedo asegurar (y lo que he escrito ha quedado publicado) de que no he abusado de este “nuevo periodismo” sino cuando me lo han asignado. En una ocasión tuve que escribir un testimonio para una edición aniversaria de El Universal. Hice mi trabajo, entrevisté a varias personas de la tercera edad y escribí el cuento en primera persona; recuerdo que me di el lujo de respetar sus modismos al hablar. Fue toda una experiencia incursionar en esa manera de escribir una entrevista.

Pero a estas alturas de este partido que juego con el periodismo sé que no hay nada mejor en sucesos, por ejemplo, que un cuento bien echado. Con detalles, sin que se convierta en una crónica, que ya es otro género. Nada mejor que un cuento bien echado también cuando se reseña un espectáculo (que no se convierte en crítica si no hacemos juicios ni valoraciones).

¿Acaso no son exquisitas las descripciones que hacía García Márquez en sus crónicas? Contar la realidad, sin que nadie me la cuente, contar lo que veo, fue lo que de verdad me enamoró de esta profesión.

Ojalá que las nuevas generaciones no entierren definitivamente aquello de lead, cuerpo y cola, porque en el diarismo sigue funcionando cabalmente. Sobre todo si se toma en cuenta la moda de la escritura breve que nos impone la web. Cuando el tiempo es oro y cuando llueve (casi como diluvio) la información por tantas vías, qué mejor que un dato bien contado en pocas palabras: economía del lenguaje.

Los testimonios, sí, son excelentes. Pero son producto de una pregunta oportuna que hizo un periodista que está en el sitio y cuyo deber es abrir los cinco sentidos que Dios le dio para absorber la realidad y luego transmitirla. El personaje se vuelve clave si su experiencia es trascendental para contar el hecho. ¿Qué tiene eso de difícil?

Perdonen la descarga, la hago con ánimo de que mejoremos. Esa es una de las cosas más encantadoras del periodismo: que mañana es otro día.