• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Aunque tengamos miedo

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En dos o tres ocasiones fui citada por algún tribunal. Fue al principio de mi carrera, cuando era reportera de Sucesos. Iba sin ningún problema, acompañada por el abogado del periódico, pero nunca se trataron de demandas o acciones contra mí, sino simples averiguaciones por casos que yo había publicado.

En aquel entonces los fiscales solían comenzar investigaciones a partir de la denominada notitia criminis. Y aunque comenzar la oración con “en aquel entonces” me haga parecer de la prehistoria, creo que en materia de periodismo la prehistoria es la que vivimos actualmente.

Supongamos que recogía en la fuente alguna información de un robo a mano armada y lo escribía. Si alguno de los mencionados como involucrados consideraba que habían vulnerado sus derechos, pues demandaba.

El objeto de la citación era averiguar de dónde el periodista había sacado la información. Pero antes de cada comparecencia, el abogado me entrenaba: “No vayas a decir absolutamente nada. Cuando te pregunten algo, solamente dices que te acoges al artículo 8 de la Ley del Ejercicio de Periodismo”. Y santo remedio, mi fuente estaba protegida y yo, como periodista inscrita en el CNP, tenía el derecho de reservarme la identificación de quien me había dado la información que implicaba a esa persona.

Es obvio, la información no me la había inventado yo, me la había dado algún cuerpo policial. La visita al tribunal no duraba más de media hora, después de la cual me iba a reportear.

Pero sucede que a los periodistas venezolanos nos han montado en una cápsula del tiempo. Desde hace más o menos 15 años viajamos en una nave roja rojita hacia atrás, a principios del siglo pasado, más o menos. Y pensar que hay colegas que han favorecido este viaje y que hasta trabajan por mantenernos en regresión. Todos los logros del gremio se han perdido, la lucha por la apertura de las fuentes, por la investigación, por la búsqueda de la información ha desaparecido.

Entonces, cuando un medio o un grupo de periodistas se sirve de las nuevas tecnologías para replicar lo que otros medios en otras partes del mundo sí consiguen y publican, cae la guillotina.

El objetivo es infundir miedo. El objetivo es poner una mordaza. Y vaya que lo han conseguido. Hay mucha autocensura, censura previa y censura con muchos otros apellidos.

Los que me conocen saben que estoy desesperada por ser oposición de la oposición actual. Eso resume el papel del periodista, debemos siempre estar del otro lado, evaluar, poner en entredicho, señalar, denunciar, vigilar. Y el gobierno o el régimen que no permita ejercer estas funciones o que se moleste porque un periodista lo mira feo, pues entonces no es democrático. Ni que vengan los pajaritos y voten desde el cielo. Es una dictadura.

Yo quisiera saber si algunos colegas jóvenes se han preocupado por leer lo que hacían los periodistas en tiempos de dictadura. Yo quisiera saber si se han paseado por aquellas publicaciones clandestinas. Y no estoy hablando aquí de grandes empresarios de la prensa ni de grandes grupos editoriales. Estoy hablando de un simple periodista. Hay muchas historias de aquellos que resistieron los embates y combatieron su miedo porque consideraban necesaria la lucha desde esa trinchera para tener un país mejor.

Ahora no puede ser diferente. Sí, hay miedo, y mucho, pero no a que venga un gorila y me dé una cachetada. Miedo a que nos conformemos con esperar todas las tardes la llamada que nos diga cómo titular en primera página. Eso me da pavor a mí particularmente. Conformarme significa que el país de mi hija permanecerá en el abismo al que nos han lanzado. Conformarme significa perder la dignidad.

Mi querido amigo Ramón Hernández dice que esto va a pasar, y que todos los periodistas que luchamos contra nuestro miedo por el bien del país vamos a ser héroes. Yo no quiero ser héroe, simplemente quiero ejercer mi profesión cabalmente y en paz, por el bien común, para eso estudié (por cierto, no le di medio cuerpo a nadie por el cupo) y por eso soy periodista.