• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Lo malo de ser bueno

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

I

La madre de José era cocinera en una casa de familia, pero además vendía empanadas y otras cosas para completar la manutención de su familia. La verdad, el que las vendía era José, que salía bien temprano, casi de madrugada, con su cargamento a ofrecerlo por las calles de aquel Los Teques frío y nublado.

La mamá lo regañaba porque a veces se comía más de una, pero de regreso a su casita, se preparaba para ir al colegio de los salesianos, en donde le habían dado una beca por ser buen estudiante.

Los sacerdotes lo querían mucho porque, además, era serio, disciplinado y buena persona. Con principios y solidario hasta más no poder. Esto no quiere decir que no fuera como los muchachos venezolanos, “vivo” y rápido de palabras, tremendo.

A pesar de las tremenduras, el muchacho se graduó con honores de bachiller. Y comenzó a trabajar en unas cuantas cosas porque lo que él quería era estudiar medicina en la Universidad Central de Venezuela.

Reunió dinero, se mudó a una pensión en la parroquia San Juan y consiguió el cupo gracias a sus notas y a las recomendaciones de los curas. Pidió “fiao” los trajes y la corbata para asistir a clases (en esa época era obligatorio) y al final de cada período, lo pagaba. Nunca faltó a su promesa, aunque dicen que robaba gallinas y hacía sancochos con sus compañeros. Le decían “el Zorro”.

Así y todo, José se graduó de médico. Un muchachito de pueblo, un muchachito de madre trabajadora, que era una doméstica. Un muchachito que trabajaba para estudiar.

Ese “Zorro” consiguió su meta, y en 1945 recibió el título de médico cirujano de la UCV. A él no lo benefició ningún organismo del Estado, más bien fue por su propio esfuerzo que consiguió becas y cupo para realizar su sueño.

Lo mandaron a hacer la rural a Margarita, porque los médicos en este país se forman con pleno conocimiento de la realidad venezolana. Trabajó con tesón y vocación, y en esa isla conoció su destino.

 

II

Siendo ya un pediatra consagrado, José nunca quiso trabajar en la salud pública. Quiso ser su propio jefe, y trabajaba muchísimo, de sol a sol. Pero a pesar de ver hasta 40 pacientes por día, a veces no le cobraba ni a la mitad. O le pagaban con gallinas, perros, fresas, naranjas, flores, mangos. Y a él no le importaba.

Lo que le importaba era dedicar sus conocimientos en beneficio de la infancia venezolana. Ese muchachito de pueblo le devolvió a la sociedad todo cuanto aquella sociedad casi rural, de aquel país apenas incursionando en el siglo XX, le dio.

Y cuando le tocó partir, lo hizo satisfecho por lo que hizo, pero también por haber formado una familia. Sus hijos tuvieron la oportunidad de estudiar en las renombradas universidades venezolanas, consiguieron cupo porque él se encargó de que lo único que tuvieran que hacer era estudiar y tener buenos promedios para asegurárselos. Educó para la excelencia, como lo educaron a él.

 

III

Hay muchos José en este país. Los hubo y los hay. No estoy segura de si los habrá. Obviamente eso me entristece, porque ser bueno ahora no es suficiente. Y muchos de los muchachos que tienen promedio de 19 y 20 hasta pueden asegurarme que ser bueno, es malo, porque no les sirve para estudiar en la universidad. A pesar del esfuerzo en bachillerato, la OPSU no los reconoce.

Asusta pensar que lo que están haciendo con la educación superior, con la educación en general, va a repercutir en el futuro de este país de maneras casi insospechadas. Nadie puede calcular el mal que le están haciendo a Venezuela al bajar los estándares educativos.

Comenzaron a hacerlo con los primeros niveles, y ya le pusieron la primera mano a las universidades. La mediocridad reinará.

Para los que tenemos hijos en este país, para los que aún no los tienen y para los que los tienen fuera esto debe quitarnos el sueño.

Sin educación no hay futuro. Sin educación formal, de calidad, exigente, de esa que les saca la chicha a los muchachos (obviamente sin maltratos), no hay manera de mejorar el rumbo, y yo me niego a pensar que el camino que trazaron estos maduchavistas sea el futuro.

¿Cuándo vamos a reaccionar? ¿Seguiremos dejándonos meter el cuento ese de que los pobres no tienen acceso a la educación superior? ¿Cuántos de ustedes no trabajaron y estudiaron? ¿Cuántos se sienten cómodos sabiendo que llegan a la universidad por vivir en donde viven y no por estar bien preparados?

No importa el promedio, importa el conocimiento, importan las ganas, importa la vocación.