• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

La isla chévere

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— Señor Dámaso, déme una locha de café, una de papelón y un medio de queso. Y mi mamá le manda a preguntar que si mi abuelo le debe algo.

— Dígale a Andreíta que no, que el abuelo no debe nada. Y toma tu ñapa de queso con papelón.

La catira de Andreíta se iba feliz corriendo y saltando por toda la calle, desde la plaza de Paraguachí hasta la casita con el terrenote en donde vivía con su mamá Andrea, sus tres hermanas y su abuelo, porque su papá estaba navegando en un barco petrolero.
Aquella Margarita la conozco por los cuentos de mi mamá y de mis tías. Es una Margarita diferente de la rumba y las playas atestadas de gente tomando piña colada. Es una Margarita de tierra roja arcillosa en la que crece cualquier cosa, pero sobre todo tomates, ají dulce, patillas enormes.

Mi mamá es de Paraguachí, y no hay playa cerca. Lo que sí hay es una inmensa montaña, el Guayamurí. Por supuesto, allí creció y allí conoció a mi papá, el doctor Matute, pero vivió menos años allí que por estos lados, porque el doctor se la trajo. Es decir, ella es navegada al revés.

Era obligatorio pasar las vacaciones en Margarita. Aprovechábamos para ir a la playa, claro, pero el viaje en sí hasta llegar a la isla era emocionante, divertido. El doctor con su mujer y los cuatro muchachitos agarraban carretera hasta Puerto La Cruz. La cola del ferry y luego largas horas en aquel barco. Pero mis padres nos sacaban a cubierta para ver los delfines. Se veían muchos. A papá le gustaba la pesca y disfrutaba mucho el mar. Él parecía el margariteño. Mi mamá siempre fue del campo, del campo margariteño sin playa.

Por supuesto que conozco la isla interior, la de los margariteños, no la de los navegaos. El mejor pescado se compra a las 5:00 am en algún pueblito costero (ya no son los mismos, pero aún los encuentro). Las mejores rutas no se llenan de turistas. Las mejores compras no son en los centros comerciales.

Pero nada de eso se compara con amanecer en Paraguachí. Apenas sale el sol, recorrer el terreno entre rojo de arcilla y verde de monte para cortar algunas berenjenas. Una omelette para el desayuno. Puedo pasar la tarde en una hamaca a la sombra de matas de mango que nos vieron crecer, a mi mamá, a mí y a mi hija.

Pero ya no es la isla de las lochas de café ni del medio de queso. Primero, porque para irme he tenido que gastar alrededor de 10.000 bolívares por los pasajes en ferry. La compañía naviera la hizo buena, anunció aumento de las tarifas por temporada alta, y las dejó así.

No quise irme hasta Puerto La Cruz, como mi papá, porque la carretera es peligrosa y está en muy mal estado, somos dos mujeres solas, y no hay repuestos para el carro si me ocurre algún percance. Impensable viajar en avión, porque lo que ahorras lo gastas en taxis que te cobran la vida como nueva.

Además, tengo que literalmente recolectar la comida para llevármela desde aquí. Hacer mercado en Sigo ya no es una opción, porque los margariteños sufren la escasez total, como todos los pueblos y ciudades del interior del país. Hay que comenzar a cazar las cosas desde ahora para dentro de un mes llenar la maleta del carro con harina PAN, aceite, azúcar, café. Seguramente no conseguiré queso de esos que compraba mi papá en la zona franca. Voy a tener que llevar hasta las servilletas y el papel tualé. Por eso también es imperativo irse en ferry, con semejante cargamento que parece un contrabando.

No me imagino cómo están friendo las empanadas, y me muero de risa al recordar aquello de “la ruta de la empanada”, porque por Paraguachí imagino que esperarán al sábado, cuando la familia de Petra “Chaco” mata el cochino, para hacerlas con manteca.

Pero, como diría el ministro Izarrita, hacer turismo en Venezuela es chévere, y voy a una isla rodeada por el mar de la felicidad.