• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

El hilo

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A veces la realidad lo aplasta a uno y antes de dar el último respiro, uno corre y se refugia debajo de un abigarrado puente de hierro y concreto que amortigua el golpe y nos deja a salvo. De eso se trata este texto, un escape. Perdonen.

 

I

Siempre me gustaron los laberintos. Leía sobre ellos, los veía en películas, y lejos de temerles, me daban curiosidad. Sé que fueron recreativos en alguna época de la historia, pero también guardaron horrores, como cuenta la mitología griega. He experimentado esa cierta angustia que se mezcla con divertimento de estar en uno y no conseguir la salida, así que sé de lo que hablo. (Tuvieron que dirigirme para salir).

Mi madre alguna vez me dijo que le gustaba el nombre de Ariadna para mí. Pero en casa los nombres los puso mi papá. El nombre se lo puso mi tía a una prima, así que quedó en la familia.

Y el cuento de Ariadna era de los que mi mamá me contaba de niña. Porque ella y Teseo son protagonistas de un cuento para mí hermoso, o al menos así me lo contaba Ana Alcira.

Resulta que Ariadna inventó eso de darle un hilo a Teseo para que entrara en el laberinto y, una vez vencido el Minotauro (sus temores), poder salir por el mismo camino. Y mi mamá decía que ese hilo lo tejemos todos. Son hilos que nos conectan con otras personas, con cosas del pasado que volvemos a encontrar, una vez vencidos nuestros miedos.

 

II

Si vemos desde arriba el laberinto, prácticamente Teseo tejió una red con el hilo que le dio Ariadna. Y me diría mi hija que me volví loca con lo que les voy a decir: hay una red que se teje virtualmente, pero no en nuestra imaginación, que nos conecta con el pasado, con el presente (tiempo real) y hasta con nuestro futuro.

Una tarde de 2007, al abrir el correo del periódico, vi en la bandeja de entrada un mensaje cuyo asunto decía algo como: “¿Eres tú?”. El reencuentro con el pasado se había tejido con redes virtuales. Una simple mención mía en una columna del defensor del lector alertó a una amiga a la que no veía desde hace 30 años y de la que me alejó un océano y miles de circunstancias.

A partir de allí recordamos, reencontramos pedazos de nuestra infancia. Con los temores vencidos, hablamos de malentendidos y sobreentendidos. Logramos volver a vernos, logramos volver a abrazarnos. La web ha hecho eso con millones de personas, lo sé.

Pero hay caminos inexplorados en los que uno no cree haber dejado rastros. De buenas a primeras salta un tweet. De repente alguien comenta una foto en Facebook. Sin querer advertimos a alguien en la foto de otra persona y nos damos cuenta de que extrañamos algo.

Las redes sociales nos han puesto en contacto y nos reúnen con quienes pensábamos perdidos. A veces nos hacen retomar sueños que creíamos extinguidos.

 

III

Cuando mi hija llora por algún amigo que se va, le digo que en realidad no lo ha perdido. Y es tan cierto que habla más con los que han dejado nuestro país que con los que aún están aquí.

Venezuela se ha vuelto un país de despedidas. Pero afortunadamente hay hilos de Ariadna que cruzan mares, océanos, montañas, volcanes, abismos.

Esa conexión nos da fortaleza. Esa conexión nos da valor. Y esa conexión nos da miedo a veces.

Aunque no es el mismo miedo que sienten los rojitos, que saben que la red nos deja decir lo que ellos no quieren que digamos.

 

IV

Mi madre tiene razón. Yo tejí hace años un hilo, y falta muy poco para que el principio de ese cordel se reencuentre con la madeja.