• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Casi como en La habana

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I

El mar se bate contra los muros del malecón de La Habana con tal furia en invierno que da escalofríos. Las olas se levantan y sobrepasan fácilmente el muro porque el agua está casi al ras, eso es lo primero que impresiona a alguien que está acostumbrado a un margen de arena blanca que lo separe del monstruo azul.  Contemplar el mar desde el malecón puede ser poético, inmensamente hermoso, de interés turístico y acogedor. Pero uno puede darse cuenta de quién es turista y quién cubano si observa la mirada de ese espectador en vez de ver el paisaje. Si la mirada es curiosa, de disfrute, es turista.

Si la vista se pierde en lontananza, con nostalgia, tristeza, como tratando de asir algo inalcanzable, es cubano.  Desde el margen norte de La Habana en días claros se logra ver la costa de Florida, tan cerca, blanca como un espejismo, pero muy cerca. 

II

El exilio es una cosa amarga, me contaron alguna vez. Y el testimonio es de alguien que tuvo que salir del país durante la dictadura de Pérez Jiménez. Una dictadura real, dirán algunos, un régimen que perseguía a opositores, a militantes de partidos políticos, a todo el que hablara mal del dictador y sus andanzas.  Un régimen que tuvo ojos y oídos en cualquier esquina, que torturó, que hizo desaparecer la libertad de expresión y de asociación, que no tuvo escrúpulos para despreciar al diferente.

Cualquier parecido es cosa de repetición histórica. El exilio es una cosa amarga tanto para el que se va como para el que se queda. 

III 

La mirada perdida de aquel que ve desde el malecón es porque en aquella otra costa blanquecina está un pedazo de su propia tierra, y más que de su patria, de su corazón. Muchos eran los cubanos que añoraban la posibilidad del reencuentro, que solo podían otear desde la costa y soñar con un abrazo. Lastimosamente muchos son los venezolanos que ahora miran a lo lejos desde la costa con el mismo deseo, porque la gente se ha ido, porque la gente se va y deja atrás pedazos de cariño regados. 

Desde aquí, no alcanzamos a ver aquella otra costa fantasma porque los que se han ido están en muchos lugares. Pero siempre hay un Miami, siempre hay una ciudad que aloja a alguien a quien extrañamos, que nos hace falta.  Y aquí la ciudad se nos va desbaratando, como aquella Habana con edificios enfermos, paredes sucias, calles en las que se detuvo el tiempo. 

Caracas se va volviendo pasado y nos trata de arrastrar como si fuera un gran abismo. La urbe ya no es urbe sino despojos en los que ni los árboles están donde los recordamos. El régimen cambia el paisaje, cambia el humor, cambia la vida, y nosotros ahora somos cubanos que desperdiciamos nuestras horas en una cola para comprar comida. 

La Guaira está allí mismo y tiene un malecón, pero no podemos pasear por allí para imaginarnos al caer la tarde que abrazamos a quien se nos fue porque nos exponemos a la muerte. Si lo vemos así, estamos peor que Cuba en aquellos años.

No nos queda más que ver e imaginar, sin que el Ávila se nos vuelva obstáculo, que algún día vamos a poder reencontrarnos.