• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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En género de opinión

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No recuerdo su nombre, pero sí su tragedia. Su mirada perdida, su voz apagada, como alguien que preferiría la muerte pero lo condenaron a vivir. Solo espero que haya encontrado serenidad, que haya rehecho su vida y que haya podido encontrar las fuerzas para terminar de criar a su hijo, el que le quedó vivo. Solo, sin su esposa ni su otro muchacho.

Tampoco recuerdo quién lo llevó al periódico, pero sí que mi jefe, Ramón Hernández, me dijo que tenía que entrevistar a un sobreviviente de un trasbordador cubano que fue hundido por el régimen de Castro. Hice alguna investigación y aquella tarde me dispuse a hablar con el hombre.

Aunque mi mamá solía guardar los recortes de cada letra que escribía, no tengo un ejemplar de aquella entrevista. Pero no hace falta.

Recuerdo que escuchaba al hombre de más o menos 40 años de edad contarme la desesperación, los preparativos, cómo lo contactaron para que se sumara a aquella salida desesperada. Él decidió que se embarcaría con su familia, su esposa y sus dos hijos. Había perdido su trabajo, era profesional, y terminó trabajando de chofer de autobús y no quería más esa vida, que no es vida bajo la eterna mirada de un régimen que controla hasta el hambre.

Yo lo escuchaba incrédula, en parte porque, aunque ya había visitado Cuba, no comprendía del todo las causas de aquella decisión. Ese “hay que salir de aquí” necesario, consensuado, como grito ahogado, pero que entrañaba el peligro de perder la vida, y ellos lo sabían.

Lo hacían por los niños, por el futuro que en la isla ya no tenían. Lo hacían como otros cubanos desesperados por abandonar esa tierra que les pesaba aún bajo los pies, que ya no reconocían como suya porque se la arrebataron.

Estaba oscuro y el mar muy picado, casi no cabían en aquella nave, pero todos apretujados sentían más esperanza que en todos los años de revolución cubana. Seguramente toda su vida este señor y su familia solo conocían un presidente de Cuba, una revolución, un discurso, un periódico, una libreta de racionamiento.

Embarcarse no era huir, era salvarse.

Pero la crueldad existe. La maldad existe. La misma que hizo que nadie pudiera salir. La misma que obliga a todos a pensar igual. El barco fue atacado por aire y por mar por fuerzas castristas. Se abrió el agua, crearon un remolino y el trasbordador comenzó a dar vueltas. Lo chocaron por varios lados, mientras un helicóptero lo embestía y volaba en círculos muy cerca de ellos.

La gente comenzó a caer, el señor y su familia juntos, pero la fuerza de las aguas los superó. Me contó que trató de retener a su esposa con su hijo más pequeño, pero quedó sin fuerzas. Los perdió.

Cómo hago para explicarles la razón por la que recuerdo este episodio de mi carrera. Esta entrevista sirvió para que, más tarde, y trabajando en el mismo periódico, en Estados Unidos supieran mi nombre cuando me presentaba. Aunque cuando escribí esa historia no tomé partido, como debe hacer un periodista, traté de vivir la tragedia y de contarla, que para eso estamos los periodistas, para dejar que los hechos hablen por sí solos. Y el hecho era que un montón de gente indefensa quería salir de la isla y un montón de gente armada y con poder se lo impidió.

Ahora es otra cosa, este género, el de opinión, permite que les cuente con adjetivos. Alguien que pierde a su esposa y a su hijo tiene el alma cercenada, no importa de dónde venga ni a dónde iba. No importa si huía de la revolución hacia el imperio cruzando el mar de la felicidad.

Huir o salvarse. Quedarse, conformarse o luchar. Por eso recuerdo a este cubano sobreviviente. Porque muchos venezolanos estamos en la misma encrucijada. Con la misma sensación de encierro, a pesar de que no estamos en una isla. Pero estamos aislados.

Huir o salvarse. Dejar la tierra, hacerse de un nuevo hogar. Salir por los caminos verdes. Cuándo llegaremos a montarnos en una chalana hasta alguna de las islas vecinas. Cuándo alquilaremos un carro que nos pase la frontera.

No exagero, estamos a punto de Cuba. Seguramente en Miraflores estarán felices, y en el cuartel de la montaña (con minúsculas) también.