• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Con el diablo por dentro

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Los supermercados venezolanos desde hace años tienen un área separada en la que ofrecen los licores. Imagino yo que la razón es que los precios y las regulaciones vigentes hacen necesaria mayor vigilancia sobre esta mercancía. No es como entrar en un supermercado en Europa o Estados Unidos, donde sencillamente se disponen los artículos en estanterías agrupados con sus similares. Tampoco en los locales exclusivos como el Carulla en Bogotá pasan estas cosas.

Lo cierto es que uno se acostumbró a que esta era la zona de exquisiteces. Usualmente paseaba por allí para comprar una botella de vino o para ver el precio del tequila o el whisky o cualquier otra cosa exótica con empaque llamativo, porque a mi hija siempre le han llamado la atención estos diseños.

Durante la dictadura chavista, estas áreas se fueron diversificando y alojando otras cositas con precios astronómicos, como chucherías importadas. En tiempos recientes, también el cacao venezolano se mudó porque una tableta de las grandes para hacer tortas o chocolate de taza cuesta cifras astronómicas, no importa la calidad. Hizo su entrada en el mercado la palabra “artesanal” y allí nos jodieron a todos.

Pero el colmo llegó con las latas de atún y de diablitos. ¡Hay expendios en los que tienen los potecitos bajo llave! Y vuelvo yo con lo que alguien ha dado en llamar mi inocencia eterna, será porque es muy fácil meterlo en un bolso y pasar por la caja inadvertido. Se me olvida que uno de los signos de esta era de oscurantismo rojito es que todos pensamos que los demás son delincuentes (y a veces acertamos). Pero la verdadera razón es que una lata de atún de las pequeñitas cuesta más de 700 bolívares, y ojalá el lector tome en cuenta que llena el tanque de gasolina de su carro con 200 bolívares, pero a una arepa le queda corto el potecito de pescado ese. Sí, distorsión total.

Lo del diablito es otro cuento. No sé cuánto cuesta porque no suelo comprarlo, pero imagino que debe ser algo bien loco. La ventaja es que su sabor es bastante intenso, así que podría rendir para más de una arepa si se usa la mínima cantidad. Con todo y eso, la empresa General Mills decidió irse de Venezuela. Y aunque aseguran que sus empleados no se verán afectados, me temo que el diablito como lo conocemos será otra de esas cosas del pasado que le contaremos a nuestros nietos.

Los que tuvieron la dicha de viajar a ver a sus familiares en el interior del país me cuentan que la cosa es infinitamente peor. Una amiga que llegó de Trujillo me dijo que sus primas están muy estresadas por hacer las colas para comprar pero salen todos los días, porque la angustia de verse sin alimentos es mucho más grave.

Por eso no entiendo mi propia sorpresa cuando leí que entre los números de incidentes que reportaron los cuerpos de seguridad del operativo Semana Santa (lo de segura es un decir) el vicepresidente ejecutivo, Aristóbulo Istúriz, citó 21 saqueos.

Después de pasearse por la grata idea de que se movilizaron 18.806.261 ciudadanos, 730.655 más que en la Semana Santa del año pasado (no entiendo cuál es el logro); de que 50.000 personas visitaron el teleférico; de que hubo 42 muertos por accidentes de tránsito; de que fallecieron 5 por inmersión, el ilustre vicepresidente dijo que se atendieron 139 casos de alteración del orden público y 21 saqueos.

¿Esto se reportaba antes? ¿Por qué pasaron inadvertidos? ¿Dónde estaba el periodista que le tenía que preguntar en dónde ocurrieron y bajo qué circunstancias?

Por más que me digan que los venezolanos se dedicaron a pasear, a bañarse en las costas de Vargas o a subir al Ávila, yo creo que la mayoría estuvo buscando comida. Y los que se decidieron por el acto vandálico iban por algo más que diablito. Ese se lo llevó el gobierno. Pero hay unos cuantos sueltos. 21 y contando.