• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Ana María Matute

No es el circo, es el ballet

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I

Aún sonrío cuando alguien comenta: “Fulanito de Tal escribió una crónica sobre tal hecho”, porque crónica no es cualquier cosa. Solamente espero que mis alumnos aún recuerden lo que les traté de enseñar.

Esto intenta ser una crónica. Es perfecto ejemplo de lo que les decía a los estudiantes: en una reseña se cuenta en tercera persona (lenguaje periodístico) lo que pasó; en una crónica el periodista toma parte, califica, evalúa, compara, sin llegar a ser un artículo de opinión.

Muchas deben ser las reseñas que a estas alturas de la semana se han publicado sobre el estreno de la temporada de El Cascanueces en el Teatro Teresa Carreño. Vamos con mi crónica.

 

II

Quedé gratamente sorprendida cuando en octubre pude comprar las entradas para el ballet de El Cascanueces por Internet. Todo fue sumamente fácil.

Pero he de confesar que conforme se fue acercando el día de la función comencé a sentir los nervios que me atacan desde hace 15 años cuando intento hacer algo en alguna institución del gobierno. Revisé días antes mi factura de compra de los boletos, la imprimí, le hice copia, captura de pantalla y demás. Es posible que suene paranoica, y sí, lo soy en cuanto la cosa se pone roja rojita.

Llegó el día. Recordé gratamente que llevé a mi hija bien pequeñita a verlo por primera vez. Aquella majestuosa sala Ríos Reyna, aquel recinto en el que yo de universitaria solía pasar los fines de semana. Pasaba felizmente del Ateneo al TTC, viendo ballet, teatro, zarzuelas, conciertos. Una completa comeflor, pues. Mis padres son los culpables. Lo mismo hice con mi hija.

Cuando llevé a mi niñita la cosa no estaba tan mal, y ella embelezada vio de principio a fin El Cascanueces de Tchaikovsky con coreografía de Vicente Nebrada. Obviamente no lo recuerda, así que moría de la emoción porque lo volvería a ver. La reseña de El Nacional prometía un espectáculo fiel a lo que imaginó Nebrada para la pieza.

Me fui muy temprano porque ya Caracas no es la misma ni los sábados. Lo primero que vimos fueron dos guardias nacionales a la entrada del estacionamiento y una larga cola porque estaban cobrando 50 bolívares por adelantado “para que no haga la cola en la taquilla a la salida”. Considerando que anochece temprano y que el TTC ahora está en zona púrpura, pagué encantada de poder salir disparada al final del acto.

Respiré aliviada cuando me dieron mis entradas numeradas con solo presentar mi factura y comenzamos a recorrer lo poco que aún se puede ver. Pero la gente hace cola por todo y comenzaron a formarse ante la espalera mecánica. Mi hija insistía y yo le recordé que nuestros asientos tienen número.

Me sorprendí de la cantidad de gente. Me entusiasmé, porque me dio la sensación de Navidad, de que la gente busca otras experiencias además de la compradera loca.

Pero luego me puse a detallar y escuchar (importante para una crónica). Muchos no tenían ni idea de lo que iban a ver, algunos hablaban de la película de Barbie, otros de simples saltos acrobáticos.

 

III

Aprendí en la universidad que los gobernantes deben primero satisfacer las necesidades esenciales de la gente. Luego, viene todo lo demás, como la cultura, por ejemplo.

Mi padre decía que es muy difícil aprender algo con el estómago vacío. Y lo decía porque lo sabía bien: fue pobre y fue pediatra. ¿Cómo pretenden los maduchavistas que el “pueblo mesmo” sepa diferenciar la película de la muñequita Barbie del ballet de Tchaikovsky, si las madres no duermen por hacer la cola para comprar leche?

Y allí empezamos. Sentadas y felices por los excelentes puestos que escogimos (nunca en primera fila), bajan las luces y un locutor por las cornetas dice: “El gobierno revolucionario chavista les da la bienvenida”. ¡Mi Dios bendito! Casi me da un ataque, y hubo mucha gente que comenzó a pitar, pero tuvieron que callarse porque fueron más los que se levantaron y aplaudieron. Gritaban vivas a Chávez y a Maduro.

Lamento mucho que esta gente no esté enterada que estaban sentados en una sala de uno de los complejos teatrales más grandes de Suramérica y sobre el que el gobierno chavista y revolucionario (nótese la omisión del adjetivo “bolivariano”) no tuvo nada que ver.

El Teatro Teresa Carreño es hijo de aquellos años, lejanos ya, llamados de democracia. Lo comenzó a construir un presidente copeyano (Rafael Caldera); lo siguió contruyendo un presidente adeco (Carlos Andrés Pérez) y lo inauguró otro copeyano (Luis Herrera Campins). Si eso no habla de lo que significa tener claras las prioridades de un Estado, sin importar el color del gobierno, no sé qué más puedo decir.

Destinar tal cantidad de recursos para levantar una obra de esa magnitud sí evidencia la importancia que para un Estado tiene la cultura. Repartir entradas para ir a ver un espectáculo del cual no se tiene ni la menor idea es, simplemente, el más burdo populismo.

 

IV

Ojalá todos esos niños recuerden por el resto de su vida lo que vieron. Pero desde el fondo de mi corazón deseo que sepan apreciar en toda su magnitud la música, el ballet y la historia de El Cascanueces, así como muchas otras manifestaciones culturales.

Porque lo que experimenté fue otra cosa. El espectáculo que presenta Nebrada es colorido, sorprendente. No se trata de un contorsionista haciendo una pirueta, ni de un malabarista que le da vueltas a una muñeca sin dejarla caer ni de un elefante que baila. Se trata de una disciplina diferente en la que, si se silencia la música con aplausos y chiflidos, se pierde el hilo narrativo. Porque Tchaikovsky compuso El Cascanueces con tal genialidad, que los cambios de humor y los diferentes ritmos acompañan la historia que se cuenta sin palabras. Si no la oigo, no es lo mismo. Eso me descompuso.

Lamentablemente, en este gobierno maduchavista escasea de todo, pero sobra el circo.