• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

El bolero que es Venezuela

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I
Venezuela no es una mujer, como muchos han coincidido en decir, sino un hombre al que adoro con todo mi corazón. Aunque nos amamos él y yo, las circunstancias me hacen querer dejarlo. Razones y principios vitales se imponen, cuestión hasta de superviviencia. “Nosotros, que nos queremos tanto/ debemos separarnos/ no me preguntes más./ No es falta de cariño/ te quiero con el alma/ te juro que te adoro.../ y en nombre de este amor y por tu bien.../ te digo adiós”.

Imagino que muchos han sentido así a la hora de despedirse en Maiquetía para no volver, aunque puedan respirar ozono.
Amando este país incomparable, que nos ha dado tanto, pero que no podemos seguir queriendo porque es demasiado lo que está en juego. No son pocos los que se han ido, no son pocos los que lloran más allá de nuestras fronteras por la necesidad de comer queso blanco criollo, o mamones o ciruelas de huesito, o ají dulce, cosas que son menos universales que la arepa y que le dan a esta tierra un olor y un gusto especial.

Los que nos quedamos tenemos una relación de amor y odio. Alguno viéndonos desde fuera dirá que es masoquismo; seguramente habrá los que insistan en que es nuestra responsabilidad y hay que luchar por cambiar las cosas desde dentro. Tenemos el mismo gobierno, que nos está acabando, desde hace 15 años; casi somos una diáspora, especie en extinción, cualquier cosa, a veces pienso que una poceta. Y más los que se resignan a seguir esperando que algo pase, a pesar de que todos los días descubrimos una nueva mentira. El gobierno miente descaradamente, habla muchísimo, pero puras mentiras.

“Siempre fui llevado por la mala/ y es por eso que te quiero tanto./ Mas si das a mi vivir la dicha/ con tu amor fingido./ Miénteme una eternidad/ que me hace tu maldad feliz”.

El gobierno nos califica de cualquier cosa, todos sabemos los adjetivos del difunto para la oposición, además del verbo vulgar (por lo básico) del que está en Miraflores ahora. “Según tu punto de vista/ yo soy la mala/ la que te llegó hasta el alma/ la gran tirana./ Para mí es indiferente/ lo que sigas comentando,/ si dice la misma gente/ que el día en que te dejé/ fui yo quien salió ganando”.

Al final, todos esperamos una reconciliación. Todos necesitamos reencontrarnos en esta tierra, reconocernos como país, dicen los sociólogos. Ojalá que algún día le digamos a Venezuela como escribió don Simón:

“¿Qué vale más?/ Si presentirte ya perdida/ o que me dejes una herida./ ¿Qué vale más?/ Nada comparable contigo”.

II
No puede faltar mi padre, aquel que en Montevideo rechazó un trabajo en un hospital de niños porque debía regresar a su patria a curar a los niños venezolanos.

No hay nada que nos recuerde más a José Rafael que los tangos. Desde aquella estadía de pocos años en el sur, se le quedó grabada esa música envolvente y sensual; pero también sufrida. ¡Cómo sufren los que escriben tango!

Yo me sumo a ese sufrimiento al escuchar canciones de Gardel, pero el tango que más me recuerda a mi papá es “Si yo tuviera un corazón”. Cuando lo oigo, lo recuerdo bailando, porque aunque fuera una guaracha, él bailaba como si fuera tango. Eso, y “El día que me quieras”, que cantábamos mi hermana y yo, las dos contralto.

III
Cuando uno grita “Bravo” en un concierto es para expresarle al músico una aprobación emocionada, el gusto que da oírlo. Pero en el caso de la señora Soledad, es su apellido, así que el domingo había que gritarle otra cosa o aplaudir a rabiar.

Todo esto pretende ser una reseña del concierto de Soledad Bravo de tangos y boleros. No son música de mi época, pero sí de mis padres. Y como mis padres las cantaban, yo las canté el domingo con la señora Soledad. Me sentí transportada a mi niñez y me puse a desvariar inventando cómo escribirlo de manera diferente.

Porque esas cosas consiguen los artistas cuando usan su instrumento para conmover al público. Y el instrumento de la señora Soledad es su voz, esa magnífica voz que cambia, que hace pianísimos y fortísimos, que susurra y a veces llora.

Tiene otra razón de ser este texto. Estoy copiando a un maestro. Todas las semanas se pone a buscar en Internet letras de canciones para intercalarlas en sus artículos. Mi querido Pedro Llorens.