• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

El bien más preciado

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Cuando Andrea estaba embarazada de su cuarto hijo, su marido le dio dinero para que comprara una vaca. Era lo que se acostumbraba por allá por los años treinta del siglo pasado. La vida en el campo era dura, pero rendía frutos. No es muy difícil imaginarse cuál era el objeto de tener una vaca.

La leche estaba asegurada y el animal terminaba teniendo una vida muy dulce, pues la cuidaban y la querían como a una más de la familia. Amplios campos para pastar y servicio de monta para asegurar el alimento de los niños y los adultos.

Andrea tuvo una niña hermosa, la cuarta, y cuando estuvo en edad de tomar algo más que leche materna, allí estaba la vaquita para dar su servicio. Ella criaba otros animales para su sustento, y a pesar de que vivían en una isla en donde se supone que hay pescado en abundancia, las niñas de Andrea comían pollo y cochino también. La oferta alimentaria se completaba con berenjenas, pimentones, tomates y mucho maíz que sembraba el abuelo de las muchachitas, porque Medardo, el papá, era marinero de los barcos petroleros.

El terreno lo fue comprando Andrea con la plata de Medardo porque ella no quería tener vecinos cercanos. Y allí Francisco Javier, además de maíz, sembraba hasta tabaco. Las muchachitas, iban a la escuela y trabajaban ayudando al abuelo o a la mamá. Se montaban en las matas, se hartaban de mangos, cerecitas, icacos. Bajaban cocos, recolectaban guamaches.

La tarea más dura de Ana Alcira, la menor, no era pilar el maíz, para lo que se necesita mucha fuerza en un trabajo que parece monótono pero es hermoso. La peor asignación que le daban a la catira de Andreíta era ponerle los bozales a los chivitos bebés para que no se tomaran la leche de las mamás, que era para el café del desayuno. La leche de chiva es dulcita y no hacía falta ponerle azúcar a esa bebida calientita de los amaneceres de Paraguachí.

Ana Alcira sentía pena por los chivitos porque se iban a quedar con hambre, pensaba ella. Los bozalitos eran de tela y se les amarraban detrás, en el cuellito. Así que la muchachita hacía los nudos flojitos para que los animalitos se los quitaran fácilmente y se pegaran de la teta de sus mamás. Al día siguiente, el regaño valía la pena, porque el bebé amanecía con la pancita llena y Andrea gritaba: “Ahora vas a tomar café con tronco”, pero a Ana Alcira no le importaba.

Por la carretera pasaba todos los días una mujer con una mara de pescao’ y Andreíta a veces compraba. Los sábados era de cochino, porque ese era el día en que Petra Chaco mataba un animal. A ella le gustaba tanto que compraba carne, chorizos y morcillas. Por la arepa no se preocupaba.

Lo que le faltaba en su terreno lo podía comprar en la bodeguita del señor Dámaso. Mandaba a la segunda de las niñas con la más pequeña a comprar con un real un medio de papelón, un medio de queso y las chiquitas siempre pedían la ñapa. Nada como el papelón y el queso juntos, ese dulce salado que heredamos por estos lados de los conquistadores. Eso mientras esperaban el barco con las encomiendas del papá, que les mandaba queso holandés, leche, golosinas, ropa, zapatos.

Sí, había que cargar agua del aljibe, pero había en abundancia. Era una tierra bendita con una montaña de la que soplaba la brisa fresca y un pozo subterráneo que alcanzaba para plantas, animales y personas.

En ese campo, ese verdor, las niñas eran felices, y por más que hubiera problemas, seguras estaban de que podían sentarse a la mesa con sus padres para comer sin preocupaciones. El amor siempre lo tuvieron asegurado.

Han pasado 80 años. Como diría Francisco Suniaga, la de ahora es otra isla y sus niños no tienen la misma suerte. Famosos restaurantes con mesas reservadas hasta el año que viene no pueden ser la medida del supuesto bienestar que se vive en esa tierra llena de sol. Las penurias, a pesar de que no las vean quienes se benefician de la crisis, están allí y son el reflejo de todo el país, aunque haya quien pague astronómicas sumas por comerse el mismo pescadito que cocinaba Andreíta. Las penurias existen. Y duelen.