• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Voy a apagar la luz

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I

Si apago la luz, si cierro los ojos, me concentro en mí misma, busco en mi interior. Puedo meditar con la mente en blanco, no pensar. Pero paradójicamente no significa que me quede sin luz. A veces, busco y encuentro un rayo, una idea que me ilumina el entendimiento.

 

II

Si apago la luz, si pienso entonces en ti, vuela la imaginación, la soledad desaparece y te materializas, eres ese rayo de sol que ilumina mi corazón y me aleja de la penumbra, la sombra, lo triste, la circunstancia. Y entonces escribo poemas.

 

III

Me encuentro a oscuras. Las únicas luces que veo son las de mi propio carro. Apenas son las 8:00 de la noche de un domingo. Lejos de reconfortarme, de sentir las posibilidades que me da la circunstancia de ser la única persona que maneja por la ciudad un domingo a las 8:00 de la noche, me asusta esta soledad. La autopista sin faroles y yo paso a toda velocidad como huyendo. Tengo la sensación de estar violando un toque de queda de una zona devastada y en guerra. Esa oscuridad exterior no causa el mismo efecto que aquella que me invade cuando cierro los ojos. Tampoco es igual a la que me conduce a tu encuentro, la que me saca de la soledad. Esta me sumerge en el vacío.

 

IV

Una persona camina por un callejón oscuro y lleno de basura. Lo veo en la televisión el mismo domingo después de regresar espantada a casa. Hay dos alternativas, me anticipo para que el miedo no me gane. O se encuentra un muerto o se convierte en víctima. Eso pasa en los callejones oscuros de las grandes ciudades. Si no ocurriera, no serían escenas recurrentes en las series policiales o de suspenso. Siendo reportera, alguna vez entrevisté a un arquitecto famoso para hablar sobre Caracas con la excusa del aniversario de la capital. Aprendí entonces que la luz es primordial para ahuyentar el miedo, la inseguridad, el hampa. Eso de centros comerciales que apagan las luces y bajan las santamarías; eso de grandes edificios residenciales a oscuras en las noches; autopistas y calles sin alumbrado, todo eso va en contra de lo que significa calidad de vida, pero especialmente atenta contra el ser humano y su desarrollo.

 

V

A las 9:00 de la noche a mi hija y a mí nos provocó comer algo dulce, un helado, a pesar del frío. Para mí el helado es delicioso en cualquier circunstancia climática, lo he comido a 0 grados y la gente me ha llamado loca. Por eso, decidimos salir a esa hora y caminar 3 cuadras hasta la heladería más cercana, abrigadas lo mejor posible para cuidarnos del dichoso chiflón, que no es más que una brisa helada que viene de frente y por sorpresa. Bajamos por la carrera 16 hasta la avenida 140. Nos compramos los helados, el mío de rosas, el de mi hija de macadamia y subimos de nuevo caminando hasta el apartamento, de vuelta por la 140 hasta la carrera 16. No pasó nada, caminamos despacio, disfrutamos del chiflón mientras comíamos el helado. Había postes de luz, aún se veían carros, autobuses y hasta ciclistas en las vías, y ni hablar de peatones. Claro, eso fue en Bogotá, aquí mismo, al lado, donde el fulano Niño también hace estragos pero la ineficiencia parece que no tanto.

Podría agradecerle al gobierno de aquí, de este lado del Arauca, que ya no me hace falta cerrar los ojos o bajar el interruptor para conseguirme conmigo misma. Lo que no puedo es dejar de indignarme porque su ineficiencia me quita la ciudad en la que nací. Me quita la libertad de estar sin miedo.

Cada día que pasa le pido a la Providencia que le de luz a Maduro, pero luz verde, para que se vaya.