• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Sueño de satisfacción

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No sé si fueron pesadillas. No puedo estar segura porque en ambas ocasiones me desperté satisfecha y hasta feliz. De lo que entonces sí estoy segura es de que fueron sueños. Y para los interesados en mis cuentos de sábanas, aquí les va.

 

I

Estaba en una esquina de la avenida Luis Roche, de Altamira, a la altura de la urbanización La Floresta, de Caracas. Estaba vestida con una camisa roja y tenía también una gorra del corazón de mi pueblo. Llegué a una cola y me puse de última. Siguió llegando gente vestida de rojo.

Conversábamos felizmente y recibíamos vasitos de café de una señora que, también vestida de rojo, repartía a la gente de la cola. Nada como el café mañanero. Resulta que todos éramos empleados públicos pero no íbamos a trabajar. En vez de cumplir con nuestras obligaciones, esperábamos algo, formaditos en cola.

Como a los 15 minutos llegó un camión cava inmenso de color blanco. Estaba decorado con un corazón tricolor y los ojitos de Chávez por un lado, y por el otro con un Maduro sonriente levantando el puño al aire. Se estacionó al principio de la cola y abrió las puertas traseras.

En seguida se lanzaron cuatro hombres con bragas rojas que bajaban del camión bolsas de comida y se las entregaban a cada uno de la cola, que avanzaba rápido. La gente tomaba su bojote y cruzaba la calle, hacia la torre Británica, donde están las oficinas. Todos sonreían felices.

Me tocó mi turno y alcé los brazos para recibir el pesado paquete. Tenía dos paquetes de leche en polvo, un litro de aceite, dos de harina PAN, dos kilos de azúcar, dos de caraotas, uno de arroz y uno de pasta, dos latas de atún y un pote de Mavesa. Casi no podía con el bulto, pero crucé la calle feliz hacia mi oficina dándole gracias a la revolución.

Me desperté. No tengo café, mucho menos leche.

 

II

 

Esta vez no estaba vestida de rojo, pero recibí una llamada a mi celular:

— Camarada, debe estar el viernes a las 7:00 am en el Mercal de la avenida Francisco de Miranda, que le toca.

Llegué un poquito tarde a la cita, porque tuve que llevarme a mi hija. Una mujer muy amable, vestida con una camisa con el logo de Mercal me recibió y me pidió mi cédula. Le dije que me había tenido que llevar a la muchacha y le pidió también su cédula. Coincidencialmente a las dos nos toca comprar los viernes. A mí me pidieron mi carnet. Fue entonces cuando me di cuenta: era empleada pública y a los de mi oficina nos tocaba comprar bastimentos en Mercal, con trato preferencial, sin colas, que son para el vulgo.

Mi muchacha y yo tranquilamente tomamos un carrito y comenzamos a pasar por los pasillos. Estábamos tan tranquilas, sin angustia, que hasta llegamos a pensar que nos encontrábamos en un supermercado del este de la ciudad de hace aproximadamente 5 años. Lo que nos sacaba de nuestra ilusión era el olor a basura de los alrededores.

Compramos de todo y el doble: pasta, arroz, leche en polvo, leche descremada líquida, azúcar, café, aceite, margarina, caraotas, carne, pollo, atún, salsas, papel higiénico, toallas sanitarias, insecticida, repelente contra los mosquitos, detergente, lavaplatos.

Mientras íbamos hacia la caja pensábamos que nos iba a costar el monto de mis utilidades. Cuando nos dijeron el total, casi me muero de la risa. Le di gracias a la revolución... y me desperté.

 

III

Las sociedades no pueden funcionar sobre la base de los intereses individuales. Si eso ocurre, si son pequeñas parcelas de poder las que deciden sobre los demás, se resquebraja la convivencia y la sociedad se convierte en utopía. Por eso muchas disciplinas se han dado a la tarea de definir lo que es el interés común, el bien común.

Ese dicho de que cada quien jala la brasa para su sardina es el vivo retrato de lo que sucede en Venezuela. Pero yo quisiera soñar despierta, pensar que los del Psuv y los empleados públicos el domingo van a pensar en el bien mayor, en que no solamente ellos tienen derecho de comer.

No voy a negar que sentirse venezolano de primera es algo bien satisfactorio. Entiendo que todos queramos tener ventajas. Pero les aseguro que con egoísmo no llegamos a sentir la verdadera satisfacción.

Como en las demás cosas trascendentales de la vida, dar, ser generoso, pensar en los demás, llena más que tener una sardina asadita mientras los otros pasan hambre y trabajo.

Con egoísmo, como el que padecemos desde hace 16 años, no construimos un país para todos. Y tarde o temprano, el país de unos cuantos termina por romperse sin remedio.