• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Sueño con imposibles

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No tengo vergüenza de confesarlo públicamente. Tengo fantasías que ya casi son tormentos, porque no sé si las veré realizadas, si seré capaz de transitar ese camino que me separa de la satisfacción plena. Sueño con imposibles, pero aunque mi corazón y mi cerebro saben que son imposibles, no puedo quitarme esos anhelos de la cabeza. No importa cómo duerma, no me hacen nada la moringa ni los globulitos homeopáticos de camomilla, las ansias de ver cumplidos mis sueños no me dejan dormir, aunque suene paradójico, pero así es soñar despierta.

A veces creo que no me esfuerzo lo suficiente para hacer que las cosas pasen, por eso me pongo a escribir, dispuesta a contarle a los que tengan a bien leerme (como diría mi amigo VH) lo que deseo con tanta fuerza. Quizás alguno consiga la forma de ayudarme a calmar mis ansias. Y también pienso que si lo publico, el implicado en esos sueños se dé cuenta y arrime una para el mingo. Quizás soy muy ilusa.

La cosa es con Maduro, los imposibles, las fantasías, son con él. No me avergüenzo, ya lo dije desde el principio.

Quiero dos cosas de ti, Nicolás: el perdón y la retirada.

 

La amnistía

Maduro, quizás no lo sepas, por eso te lo aclaro. En el diccionario de la Real Academia Española se define de esta manera lo que es amnistía: “Perdón de cierto tipo de delitos, que extingue la responsabilidad de su autor”.

Si tampoco sabes lo que significa “extingue”, te cuento, decir que algo se extingue es que algo se acaba. Te traduzco: se acaba la responsabilidad de aquel que ha sido acusado de ciertos delitos cuando lo beneficias con una amnistía.

Sé que aquí cabe una disertación casi filosófica de esas que nos ponía el fallecido padre Arruza en la UCAB cuando nos enseñaba razonamiento lógico. Para mí es algo difícil de digerir ¿cómo puede perdonarse al que no es culpable de nada? Incluso podemos pisar terrenos religiosos con este tema del perdón, Maduro, pero no te asustes, sé que no vas a llegar a estas profundidades. Para ti, todos los presos y perseguidos políticos son culpables de algo, te caen mal.

He allí que le pido a la providencia un imposible cada noche en mis sueños y te veo poniéndole el ejecútese a la Ley de Amnistía que te va a mandar la Asamblea Nacional. ¡Ah! de solo pensarlo se me pone la piel de gallina, porque imagino de seguido que todo el aparato del Estado se pone en sintonía con este deseo mío que te hace ser justo y las cárceles abren sus puertas, los tribunales cierran causas y los que tienen arresto domiciliario salen a ver la luz del Sol.

 

La renuncia

“Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.

Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;

desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño...”

El que esto escribió, Maduro, es Andrés Eloy Blanco. Y a veces los domingos, cuando niña, escuchaba al propio poeta recitar sus versos, porque mi papá tenía un LP con sus poemas. Le gustaba mucho porque Andrés Eloy es magnífico, pero también porque fue adeco, eran compañeros de partido.

Creo que no tengo que explicarte que sueño que te vas, que haces las paces contigo mismo y agarras camino. No en una vaca sagrada, pero segura de que te llevas unas cuantas maletas.

Es como cuando el marido maltratador amenaza a la mujer con irse de la casa y es ella misma la que le hace las maletas. Sueño con eso. Si quieres, les hago las maletas a ti y a Cilia y los voy a despedir al aeropuerto.

A veces ese marido maltratador quiere a su esposa, pero es mejor que no viva con ella porque se van a terminar matando. Maduro, si alguna vez haz sentido amor por este país (en duda está si es el que te vio nacer) déjalo, vete en paz, permítenos reconstruirlo.

Sueño con imposibles, pero a veces, si uno desea con suficiente fuerza, las cosas se hacen realidad.