• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

¡Ssshhhhh, suavecito!

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Algunos me dirán que estoy exagerando, pero en realidad creo que se están diversificando. Y lo que es más, creo que son un caso digno de estudio para las generaciones futuras de investigadores de la comunicación a escala regional. Mejor aún, los que quieran comenzar su tesis de Comunicación Social, déjense de esas cosas facilitas de entrevistas de personalidad o asuntos parecidos. El verdadero tema de interés debe ser la censura roja.

Sé que es suficientemente escandaloso que un periódico deje de circular y pase exclusivamente a Internet, como acaba de suceder con El Carabobeño. Por este periódico y otros que han sufrido lo mismo, me pongo de luto.

También estoy de luto por todos y cada uno de los periodistas, editores y directivos que han tenido que dejar el país para escapar de la guillotina que significa tener que depender, por ejemplo, del antojo de un fulano capitán que se siente insultado en una dignidad inexistente. Y mucho más por los que, dando ejemplo de dignidad y defendiendo su profesión, se someten semana tras semana a un tribunal por culpa de ese mismo militarcito.

IPYS Venezuela lo ha documentado suficientemente en sus estudios sobre censura y autocensura. Pero ya la cosa no está en manos de un Vitelio Reyes que visita todas las tardes las redacciones de los periódicos caraqueños para tachar con su lápiz rojo las noticias incómodas para un dictador como Pérez Jiménez (me atrevo a asegurar que el actual no es ni remotamente parecido, aunque sí igual o más malo). Sin embargo, curiosamente el lápiz sigue siendo rojo, pero la censura ha tomado muchos rumbos diferentes.

Allí está el dedo rojo de Hugo Cabezas y su Corporación Maneiro. Este señor es el que a diestra y más siniestra reparte el papel y le asigna con eso fecha de muerte a los medios impresos. Pero hay cosas menos escandalosas, más sutiles, que ocurren día a día y que, por ser parte a veces de la cotidianidad de los periodistas y editores de periódicos, pasan inadvertidas.

Es el caso de lo que yo llamo “censura suave”, así como eso que se está poniendo de moda, el golpe suave. Porque un medio de comunicación –impreso, audiovisual o electrónico– es una empresa, y como tal se ve afectada con las tantas medidas económicas desordenadas que tienen a la economía patas para arriba, como eso de que el ticket alimentación sea casi el mismo monto que el sueldo mínimo.

También, y obviamente, se vería afectado por los cortes de electricidad. Pero el lápiz rojo de esta época es el del agua. El racionamiento afecta los procesos de producción de los periódicos. Tanto, que esta Semana Santa El Nacional no va a salir el Miércoles Santo ni el Sábado de Gloria. El edificio se pone insoportable por cuestiones de salubridad; y la rotativa, que necesita agua para enfriarse y para revelar las planchas, trabaja gracias a camiones cisternas que hacen largas colas para abastecerse.

Pero es el caso que ni los simples periodistas como yo se salvan. El viernes amanecí con mi cuenta de correo bloqueada preventivamente porque detectaron una actividad inusual. Dos veces, desde la madrugada, intentaron abrir mi correo. Y de paso, lanzaron una señal de bloqueo a mi router, por lo que estuve sin Wi-Fi. Sofisticaciones de estos Vitelios 2.0. No importa, difícilmente sufro del mal de la autocensura, mucho menos de la censura. Sigo como sea, no hablando mal del régimen, sino diciendo lo que pienso y lo que veo, como periodista que soy, en papel y por las redes sociales, que para eso se inventaron.

Por algún sexto sentido siempre he corregido con tinta verde. No quiero malos entendidos.