• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Prioridades y angustias

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En época de crisis, los cabeza de familia deben establecer prioridades. En épocas de desastre, son más las angustias que las necesidades que se pueden satisfacer.

 

I

Tuve la gracia divina de crecer en una familia cuyas prioridades eran básicamente dos: salud (buena alimentación) y educación. Mis padres invirtieron en ambas cosas y pocos fueron los motivos de angustia. Era otra Venezuela. Crecí en aquella saudita, en la que había de todo. Pero sobre todo en aquel país en el que un profesional se ganaba la vida con su trabajo y aportaba a la sociedad su experiencia, además de sus impuestos.

Debe ser por eso que mis progenitores se empeñaron en que tuviéramos lo mejor de la educación, que para ellos eran los colegios salesianos. Los niños estudiaron en el liceo San José y nosotras las niñas en el María Auxiliadora.

De comida, ni hablar. Mi ventaja fue tener al pediatra en casa, mi papá, y una madre que solo estaba para cuidarnos. Casi que soy una oligarca de esas que tanto le disgustaban a Chávez (Maduro solo repite como loro malo).  

Cuando me tocó a mí dirigir mi casa, por supuesto que seguí el ejemplo de José Rafael y Ana Alcira: salud y educación, y básicamente en eso he invertido todo mi dinero. El detalle está en que cuando mis padres llegaron a la edad que tengo ahora, ellos podían descansar y disfrutar de sus logros como pareja, como familia, como profesionales. Yo no.

Salud y educación siguen siendo mis prioridades, pero cada vez me cuesta más satisfacer las necesidades que generan. Somos una familia muy pequeñita, pero aún con todo lo que trabajo, me cuesta llegar al final de la quincena.

A pesar de las dificultades, a pesar de lo duro del camino que nos ha tocado, no dejaré de invertir el dinero en la salud y la educación de mi hija.

 

II

Si extrapolamos lo que sucede en el núcleo familiar a un nivel más amplio, sucede lo mismo. Básicamente porque en la sociedad se replica a mayor escala lo que pasa en una casa.

La salud de una sociedad es primordial para el progreso. Para mí, una sociedad saludable es aquella que ofrece oportunidades a los ciudadanos, que los deja progresar y desarrollarse, que tiene reglas claras y justas, que protege al desvalido, que alimenta a los que la componen y que le otorga derechos y le facilita cumplir con sus deberes.

Todo esto contribuye con la salud de una sociedad, que mucho tiene que ver con la educación también. Educar al ciudadano para insertarse en la sociedad y desarrollar sus potencialidades es una de las principales prioridades que debe tener un Estado, y por consiguiente, el gobierno debe trabajar para llenar esas necesidades.

 

III

Una sociedad enferma tiene que redefinir sus prioridades. Es como cuando a un niño le da lechina: ninguna mamá piensa en mandarlo para la escuela y a veces obvia la tarea de obligarlo a comer espinacas, porque lo más importante es que se cure.

No tengo que decir que nuestra sociedad está enferma. Que cada día es más evidente que estamos al borde de pelear a dentelladas por un paquete de arroz. Que la depresión llega al máximo y se expresa en las caras de resignación de la gente en las colas.

Pero más aún, la sociedad está enferma y desamparada porque el encargado de solucionar los problemas no está haciendo su trabajo. Lo que es peor, tiene otra prioridad muy clara: trata desesperadamente de mantenerse en el poder con los privilegios y prebendas que eso conlleva porque no entiende que el país no es su gallina de los huevos de oro. Ya ni gallina es.

Así, enfermos como estamos ¿qué podemos hacer? ¿Esperar a que nos declaren en estado terminal?

 

IV

Todo esto para decir que pienso que las angustias nos están arropando aceleradamente, que no hay manera de contener el disgusto, que no hay válvula de escape para la olla de presión. Que este país es un río crecido que arrasa todo a su paso y que nos lleva por delante.

La necesidad de un cambio es urgente y siento que nuestra oposición no se ha dado cuenta. La veo rezagada, adormilada en las curules de la Asamblea. La veo caminando lentamente en paralelo mientras la gente ya va en caída libre por el despeñadero. La veo decidiendo si tripular un barco a velas o si montarse en una curiara. El río, mientras tanto, sigue creciendo y aumentando su fuerza.

Ojalá que cuando lleguen a la definición de la solución del gran problema que nos aqueja como país no sea demasiado tarde. Y que se acuerden de que más que definición teórica (de si enmienda o revocatorio), necesitamos acción.