• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Placeres y otras cosas

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I

Cuando se acerca una fecha crucial para celebrar, lo primero que hago (todavía) es buscar en mis libros de cocina. Es una de mis colecciones más queridas porque allí se juntan cosas muy importantes para mí: la cocina y el libro, ¿no son maravillosos?

Luego, como cualquier buen cocinero (que no chef, diría mi estimado profesor Alberto Soria) viene la adquisición de los ingredientes. Ya he contado el pollo al horno de mi abuela, pero hay tantas otras cosas que disfruto hacer. Recuerdo que para el último cumpleaños de mi papá le hice un pasticho, pero no cualquiera, porque hice yo misma la pasta. Y de postre le hice un quesillo de piña y una torta burrera. La receta de la torta me la dio mi tío Armando que no sé de dónde la sacó, pero quisiera pensar que de mi abuela María, la famosa cocinera. En esa ocasión tío Armando me dijo que tenía la misma mano de su mamá para la cocina, y yo me sentí feliz por eso y por ver cómo mi papá comía con tanto gusto todo lo que hice.

Sé que muchos dirán que el ingrediente principal es el amor, y lo sé, lo uso todos los días y es el único que no se me acaba. ¡Pero daría lo que fuera por un poquito de pimienta en granos! La semana pasada pregunté en el mercado de Chacao y un sobrecito de poco menos que una cucharada cuesta 1.000 bolívares.

Mi hija se ríe cuando lo digo, pero todo esto es culpa del maduchavismo. No puedo pasear con divertimento por los pasillos de un supermercado sino con zozobra. No puedo asumir la cocina con alegría, sino con angustia. Un placer menos.

 

II

No es lo mismo. Uno se sienta en la sala de su casa a ver en la pantalla (siempre limitada) del televisor una copia decente, pero pirata, de una película y no se siente lo mismo. No se trata de que extrañe las cotufas, porque suelo hacerlas y hasta las aliño de diferentes maneras (menos con pimienta, que no tengo). Es todo lo demás.

Siempre he estado tan enamorada del cine y de la fotografía que uno de mis placeres era ir cada semana al cine. Lo hacía desde niña, desde antes de estudiar Comunicación Social y de especializarme en audiovisual.

Disfruto mucho los clásicos, que antes podía ver en la Cinemateca Nacional. Quizás aún los pasen allí, pero ni loca voy a esa zona para salir sola de la Plaza de los Museos en horas de la noche. Era una delicia la noche caraqueña, caminar por el Teresa Carreño, ver a los hippies y artesanos del Ateneo, solía pensar que ese era mi ambiente, de comeflor.

Ahora no me sirve ni ir a un centro comercial. Primero, porque no hay luz. Pero es que si la hubiera, no me alcanzan los cobres para todo y no estoy dispuesta a arriesgar mi vida en la salida.

Otro placer que se me va. Gracias, Maduro.

 

III

No crean, los demás placeres los mantengo y los mantendré. Suelo decirme a mí misma que este régimen de ineptos no va a poder amargarme y quitarme las cosas más sencillas, las que dependen de mí. Como cantaba Nina Simone “Ive got life, Ive got my freedom” (“Tengo mi vida, tengo mi libertad”). Que no es completamente cierto, pero por lo menos escribo.

Y por escribir, paso a otra cosa. Estimados integrantes de la MUD: sé que poco les importará leer lo que tengo que decirles. Y confieso que no era parte original de este artículo, pero luego de escuchar a Chúo Torrealba decir que van a hacer todo, es como escucharlo decir que no van a hacer nada.

Movilizaciones, foros, visitas casa por casa. Por alguna vez en la vida quisiera escuchar que alguien utiliza la política en su acepción más antigua, la original, pues. Negociar, buscar caminos. Creo que la oposición se ganó su puesto al hacerse con la mayoría de la Asamblea Nacional. Y creo firmemente, además, que entre sus filas hay gente lo suficientemente hábil para comenzar a plantearse la idea de tocar unas puertas, no precisamente de Juan Bimba. Me parece que hay que llegar de alguna manera cerca del entorno de ciertos personeros del gobierno, hablarles claro y raspao. Negociar clara y llanamente la salida de este gobierno.

Sí, la presión de calle es importante. Pero, cuidado. Es mi humilde opinión que lo más importante que hay que hacer con la gente es diseñar algunos canales de expresión del descontento por las vías constitucionales. Drenar, porque hay mucha rabia contenida. Paralelamente, toquen la puerta de alguien más arriba. Traten de enviar los mensajes correctos, planteen una negociación seria, pongan platos sobre la mesa (sin pimienta, literal y figurativamente).

Porque a esta gente hay que abrirle los ojos, hay que hacerles entender que ya no están en capacidad de manejar el país, que es mejor que se vayan.

El manejo de las crisis es un asunto que en ciencias políticas siempre ha sido motivo de estudios profundos. No recuerdo haber leído nunca que en la crisis de los misiles entre Rusia, Cuba y Estados Unidos, se pusieron a decirse barriga verde tripas azules nada más. Hubo una cantidad importante de hombres que negociaron, que se sentaron en la mesa con gente de diferentes estratos entre los niveles de decisión que hicieron posible que la cosa no llegara a mayores.

No quiero decir que esto es igual que la crisis de los misiles, espero que no me malinterpreten. Y si tienen planeado o han identificado desde la oposición aquellas personas del maduchavismo que son menos obtusas (con menos cabellos y bigotes) para conversar sobre posibles soluciones menos dolorosas, perdonen lo que digo.

Pero se trata de que en el fondo, muy en el fondo, tengo la idea de que debe haber alguien en este gobiernucho al que le importe que los venezolanos sigan con vida. Esa es la puerta, hay que tocar.