• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Peter

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La muchacha decidió renunciar sin tener otro trabajo, cosa que a más de un colega le pareció una locura. Pero ella era joven y se dejó llevar por el impulso con una certeza de esas que solo aparecen en la juventud: “No importa, yo voy a trabajar en El Universal”. Se atrevió a decirles aquello a sus más allegados y la llamaron loca. “Debe ser que tienes una oferta de allá o una palanca”. No, no era el caso.

Literalmente, se sentó a esperar. Como a los dos meses recibió una llamada de un amigo que le había hecho una cita en el diario que queda en la esquina de Ánimas. Ella, como siempre, de punta en blanco, se presentó, tan arregladita que no parecía periodista, eso siempre se lo habían dicho. “Llegas y preguntas por Pedro Llorens, el jefe de Información, que él te va a entrevistar”, le dijeron.

Aquella redacción era lúgubre, oscura. Las paredes con revestimiento de madera, un simple y amplio cuarto con muchos escritorios con máquinas de escribir y gente tecleando. A los lados de ese salón había oficinas con paredes mitad de vidrio y mitad de madera, así que se veía a los jefes tras su escritorio. “¿Pedro Llorens?”. Y la condujeron por el pasillo hasta la oficina de la esquina. De esa puerta salió un hombre flaco, adusto, con hermosa cabellera, infinitamente serio. “¿Tú eres la que viene de parte de Alirio?”, le dijo a la muchacha.

Ella le extendió la carpeta en donde llevaba el curriculum, que él no tomó sino que la mandó a sentarse. Detrás de aquellos lentes había una mirada escrutadora, penetrante y muy seria. Eran unos ojos verdes difíciles de descifrar porque inspiraban miedo. Tal era la seriedad y la parquedad del personaje.

Le hizo apenas dos preguntas que ya ni vienen al caso. Lo cierto es que la muchacha quedó contratada y debía comenzar a trabajar ese lunes. Cualquiera en su situación se hubiera sentido intimidada, pero debe ser que ella estaba acostumbrada a presencias como aquella, de hombres monolíticos, de una pieza, que no dejan espacio a las dudas. Con el tiempo, ella entendió que no se equivocó con la primera impresión, y que además de una sola pieza, Pedro Llorens era transparente, era íntegramente él y lo mostraba.

Trabajar en la sección Internacional de un periódico de dinosaurios no es tarea fácil. La mayoría de los periodistas eran hombres de ya bastante experiencia. En las tardes, Llorens salía a hablar con los reporteros para ver qué había de noticia. Eso de hacer reuniones es práctica diferente. Aquel periódico tenía la firma de este jefe por los cuatro costados. “Ana María, ¿qué hay en internacionales?”, inquiría a eso de las 5 de la tarde. Y la muchacha le decía que en Chechenia había no sé cuántos muertos. Llorens se reía, porque la periodista lloraba con la tragedia chechena.

Llorens era preciso con la palabra, pero también con las personas. Sabía escoger a sus allegados, y con pinzas a sus amigos. Las discusiones iban y venían, tenía mano dura. La gente en aquella redacción marchaba a su ritmo, como excelente jefe de información. Era como si los mirara a todos desde una tarima, sabía lo que pasaba en todas partes. Y así como él, le gustaba la gente de carácter, de las que no le tenían miedo.

Diferente era a la hora del café. Como la muchacha pasó el examen,  además de preguntarle por las noticias internacionales, hablaban de arte, gastronomía, música, literatura y la invitaba con su amigo Ramón Hernández a la panadería Ángela a tomar café con cachaza. Allí, en ese ratico, se hablaba de lo humano y lo divino, de las noticias, de la gente. Y había muchos cuentos del periodismo de antes.

Aquella era una sonrisa irónica, y las carcajadas eran de un hombre con humor negro negrísimo. No era indiscreto, era sincero y directo. Era difícil que fingiera algo, ni siquiera simpatía. Por eso, decirse amigo de Llorens es no tener dudas de que se llegó a su corazón.

Aunque la muchacha lo estimaba, hubo consejos que le dio Llorens que ella no siguió. No sobre periodismo. Ella nunca escuchó de él comentarios o indicaciones. Lo que compartía mucho con ella era su visión de la noticia, de lo que es realmente novedoso, del ángulo político. Su análisis mordaz y hasta malpensado de la realidad que siempre lo llevaban a tener razón cuando construía un título.

La vida separó a esos amigos por escasos años. Las circunstancias cambiaron, pero la amistad no. Se volvieron a encontrar y ahora no solo era su amiga, sino su cómplice, la que le escuchaba los chistes y los cuentos y la que le daba un codazo para que cerrara la boca en el momento necesario. Porque Llorens nunca dejó de ser transparente. Menos furia, pero igual de fuerte. Menos intimidante, más distante, pero igual de escrutador, igual de inquisidor, igual de ágil mental.

Tampoco cambió su fidelidad y su apego a los verdaderos amigos. Nada de melosidades, pero leal. Nada efusivo, pero constante. Las tertulias continuaron, las discusiones sobre cine y libros. Las pollas con los ganadores del Oscar. El café, la merienda, el yogurt. Y esa sonrisa socarrona que ya al final se volvió afable.

Difícil despedirse de alguien que se lleva en el corazón. No me quiero despedir. Llorens me espera para tomar café o comer chocolate para discutir el título de mañana. No, Peter, no vayas a escribir eso que te vienen a buscar mañana para llevarte al Sebin, y tampoco lo pongas en el artículo, quédate quieto. “Pero es la verdad, estos son unos canallas”.

Está bien, Peter, dilo, pero no así.