• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

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Tener una hija de 18 años significa muchas cosas. La más obvia: felicidad. A los 18 ya pasamos por esa etapa de pollitos en la que se enferman todos los meses de una cosa diferente. Ya pasamos por la época de repelentes en la que no quieren ni vernos. Estamos dejando atrás la adolescencia, aunque en este punto debo aclarar que la nuestra (sí, de las dos, porque de eso se trata ser padres) fue temprana y, además, nada terrible.

Pero en esta Venezuela que nos tocó vivir significa, además, que mi hija no conoce otro gobierno que no sea chavista. No puedo decir que no conoce otra realidad, porque me he empeñado en que sí experimente otras culturas, otras tierras, otros aires. Esa es una ventaja que tiene sobre muchos otros muchachos que no saben lo que es la libertad.

La libertad de ser adolescente y poder caminar las calles de madrugada con unos amigos sin miedo. La libertad de entrar en un supermercado y escoger lo que quieres comer y que te alcance el dinero para comprarlo. La libertad de ir a muchos museos y ver maravillas y aprender. La libertad de ser diferente sin que eso importe. Eso la hace querer más, saber lo que es bueno en una sociedad, tener claras sus aspiraciones como profesional y como persona, pero sobre todo, tener claro que esto que hay aquí no es lo mejor y no es lo que ella quiere.

Lejos de pensar en sucumbir, en huir o amilanarse como lo hago yo a veces, y con esa formación que su padre y yo nos hemos empeñado en darle, mi niña ha desarrollado ahora como adulto joven venezolano ciertas habilidades que, en cierto modo, me rompen el corazón. Por ejemplo, insiste en ir a hacer mercado los lunes o los martes, pues es cuando llegan los camiones a los locales de la zona de Caracas en donde vivimos. Pasa por las zonas de compra y se fija en las bolsas que lleva la gente. En cuanto llega al súper, sale corriendo en busca de los “alimentos de la cesta básica”, sin importar si lo que vamos a comprar es pepino.

Si de farmacia se trata, no le importa hacer cola para comprar un champú, aunque ya tengamos en casa. Sabe bien que no puede escoger marcas ni tipos, pero también sabe que en cualquier otra parte del mundo sí, incluso aquí al lado, en Colombia.

Por eso este lunes nos dimos a la tarea de buscar un punto del CNE para inscribirla en el registro electoral. Estaba preocupada desde que cumplió los 18, pues su mayor deseo es acabar con esta pesadilla. Nos montamos en el Metro en Altamira y recorrimos varias estaciones hasta que lo conseguimos.

Era una simple mesa con dos funcionarios y dos captahuellas. No tenía identificación, pero había una colita de cuatro personas, no tan jóvenes como mi hija, pero jóvenes. Mientras esperamos, dos personas se nos acercaron a preguntar para qué estábamos haciendo la cola y para qué estaban inscribiendo allí. Sabíamos que es parte de la estrategia de este gobiernito. Claro, si los muchachos como mi hija no consiguen el punto de inscripción, no podrán expresar su desencanto.

Mi hija con gusto estuviera manifestando, pero ha preferido ser optimista y hacer todo lo que esté a su alcance para cambiar el rumbo y evitar que permanezcamos en el abismo, y eso me llena de esperanza. El hecho de que una muchacha de 18 años no se dé por vencida, aunque no sea de esos valientes que enfrentan la represión maduchavista en la calle, me dice que nuestro futuro no está tan comprometido como pienso a veces. Me dice que vale la pena acompañarla y apoyarla, y así debemos hacerlo todas las madres.