• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Osadía

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Para el 4 de febrero de 1992 yo era una reportera jojota, carajita, pues. Alguien me avisó. Llamaron a mi casa como a las 12:00 de la noche: “Hay un golpe”, y trancaron el teléfono. Atendió mi hermana, que es médico, así que asumo que la llamada fue para mí, pues ya cubría la fuente de algún partido político.

Mi hermana estaba aterrada. Vivíamos muy cerca de la comandancia de la Guardia Nacional y desde el balcón se veía movimiento. Yo comencé a vestirme y ella me preguntó si iba a salir: “Claro, esto hay que cubrirlo”. Por supuesto, casi le dio algo, que cómo iba yo a salir en esa situación, que los militares, que los disparos. “Yo no soy periodista por azar, si algo pasa, tengo que contarlo”, fue mi respuesta.

Quizás he contado esto en otras ocasiones, pero en una sobremesa de esta semana varias compañeras reflexionábamos sobre lo que significaba para nosotros ser periodista y cómo se entiende la profesión ahora.

Tiempos convulsos hemos estado viviendo desde hace unos cuantos lustros, pero llegamos a la conclusión de que los periodistas han cambiado, ya no son como antes.

La anécdota de mi experiencia me sirve para hacer el contraste. No estoy hablando de cuando los grandes como Pedro Llorens o Ramón Hernández eran reporteros, o de lo que hicieron los periodistas aquel 23 de Enero de 1958. Nuestra conversación se centró en lo que pasa hoy y lo que pasó hace 20 años cuando salíamos a la calle.

“Es que falta osadía”, me decía mi estimada Ascensión Reyes, coordinadora de la sección de Política. Y es verdad. Esa osadía que me llevó a la calle con mi propio carro esa madrugada del 4 de febrero de 1992 a buscar a mi novio, que era reportero gráfico, para cubrir el asunto. Esa osadía que lo llevó a montarse en el capó del carro para ir tomando fotos mientras yo manejaba.

Nos encontramos con un montón de muchachos encapuchados en la autopista que habían secuestrado un autobús y lo atravesaron para que nadie pasara y para prenderle fuego.

— ¡Epa, bájense que vamos a quemarles el carro, no queremos foto!

— Chamos tranquilos, no vamos a sacarlos de frente, no somos policías, somos reporteros de El Diario de Caracas.

Conversamos con ellos y el reportero gráfico negoció. Los muchachos todos de espaldas se pusieron a empujar el autobús por un costado para tumbarlo. Esa fue la foto, no se le veía la cara a nadie, y nos dejaron pasar.

La misma osadía que nos llevó a La Casona aquel 27 de noviembre de 1992, en la segunda intentona, y que casi me cobra con la vida, porque me pasó rozando una bala que impactó el muro en el que me guarecía. Menos suerte tuvo el colega Virgilio Fernández ese mismo día, porque su osadía conoció la bala que le quitó la vida.

No quiero que piensen que confundo osadía con temeridad. No pretendo que los jóvenes reporteros salgan a dejarse matar. Pero me parece inconcebible que se nieguen a hacer una pauta. Cubrir una marcha o el caso extremo de entrevistar a alguien que no es de su fuente habitual.

Es cierto que la especialización siempre trae beneficios a la hora de conseguir noticias. Conocer la fuente, construir una relación de confianza. Pero en principio, los periodistas debemos saber un poquito de todo para poder hacerle frente a lo que surja, lo inesperado, la noticia.

En ese manejo de la fuente también somos diferentes las generaciones. No se trata de echarse palos ni de tutear al que me da la información. La relación periodista-vocero siempre debe basarse en el respeto y en el reconocimiento de que soy periodista para que podamos confiar el uno en el otro y no confundirnos.

Sé que las fuentes también han cambiado, e incluso ya no existen. Sé que las cosas son muy difíciles ahora. Pero trabajé en Cancillería, una de las más herméticas, y conseguía noticias todos los días.

También fui a declarar una o dos veces a un tribunal por alguna cosa que escribí. Y no puedo ignorar que antes había cierto respeto a la ley. Ahora simplemente no hay ley sino que se juzga según el antojo del poderoso rojito. Sí, a eso hay que tenerle miedo. Pero los tiempos que vivimos requieren osadía. Ese cliché que dice que la valentía no es la falta de miedo, sino el actuar a pesar del temor, es algo que debemos tener en cuenta en esta época en la que Venezuela está arrasada. No es un concepto inasible, el venezolano, el de al lado, el colega que está sentado en el escritorio junto al mío, su familiar, un amigo, está arrasado y yo no puedo ser indiferente.

Nuestra única herramienta de lucha ahora es la osadía periodística. Hay que darle con todo a este régimen.