• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Malandros endógenos

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Venezuela vive una tragicomedia. La comedia la ponemos nosotros mismos porque tenemos la costumbre de reírnos a más no poder de nuestra tragedia. Incluso, tenemos la mala costumbre de justificar lo injustificable, lo que nos lleva a las lamentables “autoexcepciones”, es decir, si ellos no cumplen las reglas, ¿por qué tengo que cumplirlas yo? Es un círculo vicioso, una bola de nieve, un espanto cuyo resultado es un pueblo sin ley, Venezuela.

Pasó hace una semana. La tranquila madrugada en mi calle se transformó en una película de esas que dice Maduro que alientan la violencia. Pero los disparos que escuché no provenían de un televisor encendido a las 3:00 de la mañana. Me despertó la primera detonación y pensé que se trataba de un trikitraki. Casi me quedo dormida de nuevo. Esta vez una ráfaga, como cuando prenden la mecha principal del paquetico de bichos esos. Ya estaba completamente despierta y razoné, es decir, mi entrenamiento de reportera de sucesos me hizo analizar el tipo de sonido para diferenciar un tiro de un fuego artificial. Y lo que escuché luego me sacó de dudas: el sonido indiscutible del que llena la cacerina de una pistola. Trick, trick, trick...

Están disparando desde el edificio, pensé. Me quedé petrificada y horizontal en mi cama rezando para que ni a mi mamá ni a mi hija se les ocurriera la idea de asomarse por la ventana. La cosa duró como hasta las 5:00 de la mañana, cuando me quedé dormida pensando que estaba confundida y que eran unos carajitos disparando una simple pistola de balines.

La evidencia me la dio la propia conserje. En su tarea cotidiana de barrer los pasillos encontró un casquillo de 9 mm. Una pendejadita, me dije para mis adentros cuando me lo dio. Tenemos un “malandro endógeno”, o varios, le comenté a mi hermana que vive en el mismo edificio, y ella se rió mucho. Este es el chiste.

Sin embargo, la explicación del malandro endógeno es bien triste y preocupante, porque significa que no estamos a salvo ni en nuestro propio hogar, como se comprueba por los cientos de robos a casas y apartamentos con los habitantes dentro. La autoexcepción de la que hablé al principio es lo que me dijo un vecino: Será que escucharon a un ladrón en la calle y echaron unos tiros al aire.

Pero no, es un secreto a voces, en verdad tenemos un “mal hombre” (mal-andro) viviendo en el edificio al que le gusta hacer alarde de su poder. Y como buen venezolano, no falta el que dice que menos mal que tenemos un delincuente en casa, porque así no se meten con nosotros otros externos. ¡Válgame Dios! digo yo, aunque la expresión me haga ver como una viejita.

A mí me sigue pareciendo terrible, porque, dadas las circunstancias del país, no faltará un malandro más malo que quiera “robar” un territorio y se caiga a plomo con el endógeno. Eso pasó entre las bandas del Picure y del Memo en Guárico y el resultado son 11 muertos. Espantoso.

Lo que sí no podemos hacer es inventar eso de que el fulano es de otro sitio y viene a practicar tiro al blanco en nuestra plaza interna, porque vamos a quedar como Maduro con el Colombia, que supuestamente mató a Robert Serra. Resulta que no es paramilitar y hasta es más venezolano que él mismo.