• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Con Maduro, seguimos venciendo

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A la señora apenas se le nota que está embarazada. Pero tiene ese ánimo de gente feliz, del que va por la calle sin ver las cosas que pasan, porque cuando una está embarazada (y feliz) camina sobre nubes de algodón.

En una esquina a lo lejos, percibe un tumulto y fija la vista, enfoca: se está armando una cola. Algo le recuerda que vive en Caracas, que la cosa está bien difícil. Como irremediablemente va a pasar por donde está la gente, decide preguntar.

La fila sale del local comercial en el que están vendiendo lo que sea que vuelve loca a la gente. Decide quedarse porque, al fin y al cabo y aunque aún le falta mucho tiempo para parir, va a necesitar aquel bien preciado que expenden en ese momento: pañales. Son talla grande, pero el bebé algún día crecerá y puede ser que no haya para ese entonces. Cuestiones de la guerra económica.

En la cola hay todo tipo de gente, pero principalmente mujeres, aunque se ven hombres jóvenes y viejos también. Algunas están con sus crías en brazos y otros muchachitos más grandes (no, me niego a escribir muchachitos y muchachitas, haga como si no leyó este paréntesis).

Conforme se va acercando a la puerta del local, se da cuenta de que muchos de los hombres que aguantaban aquel solazo con ella se van saliendo. De repente oye gritos y ve a varias mujeres halándose por las greñas e insultándose. Parece que alguna trató de pasarse de viva y las demás no la dejaron.

Está cansada, el calor es agobiante y no hay dónde sentarse. A las embarazadas se les hinchan los pies con facilidad y la temperatura siempre les parece el doble. Al menos eso recuerdo yo. Comienzan a salirse de la cola otras señoras y ella, antes de seguir en aquel suplicio, pregunta:

— ¿Qué pasa? ¿Se acabaron los pañales?

La mujer de adelante le responde:

—No, es que si no tienes el muchacho con su partida de nacimiento, te piden la foto del ecosonograma, si no, no te venden nada.

Ella respira aliviada. Lleva la foto de su angelito en la cartera, pero le advierten que debe tener la fecha y ser reciente.

Claro, cualquiera con este cuento razonaría que es una buena medida, que el bachaqueo es un mal que nos tiene fregados a todos. Que con esta medida las colas son más cortas y la gente que en realidad lo necesita va a obtener el producto.

¿Es una simple manía de este gobierno eso de atacar las consecuencias en vez de las causas de un problema? Estoy segura de que esta señora que hace la cola para comprar pañales se siente humillada al tener que mostrar la foto de su angelito en la panza para tener la oportunidad de comprarle un paquete de pañales. ¿Ella tiene la culpa del bachaqueo, o peor aún, de la escasez? Obviamente no, pero sobre ella recae la pena.

Los maduchavistas están decididos a dudar de la buena fe de los que no han hecho nada. Aunque sospecho que esos mismos han votado para mantener a esta gente por 16 años en el poder. Pero incluso así, no son culpables de nada.

Todo el mundo en Caracas sabe en dónde venden esas cosas bachaqueadas y bien caras. Todavía no he visto a ninguna autoridad poniendo orden en Petare, por ejemplo, a los que venden un paquete de pañales a 3.000 bolívares. Y no se trata de que pida decomisos, porque esos mismos guardias que les quitan las cosas a los buhoneros, se las revenden más tarde y más caras.

¿Les ha cruzado por la mente en Miraflores que lo que tienen que atacar es la escasez, y que la única manera de hacerlo es estimulando la producción? Lo mismo ocurre con las toallas sanitarias, que ahora tienen un precio exorbitante de más de 1.000 bolívares.

Es que ni embarazada ni sin embarazo la venezolana se salva de tanta idiotez. Y tienen las ganas de poner a circular en la radio una propaganda que dice “A pesar de las dificultades, con Maduro seguiremos venciendo”. Estarán venciendo a la inteligencia, porque la brutalidad reina.