• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Historias de atracos

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I
Finales de la década de los ochenta. Mi padre me manda a comprarle cajas de jeringas y guantes en un local de suministros médicos en San Bernardino y voy al salir de la universidad. Manejo con la ventana abierta. Despreocupada, me detengo en una esquina por el semáforo en rojo y veo que viene un muchacho que vende El Mundo.

Soy estudiante de periodismo, pero no leo ese periódico, así que sigo cantando. El pregonero se detiene en mi ventana y apoya una pistola en el marco: “Dame todo lo que tienes”. Llevo mucho dinero, pero escondido; a mi papá nunca le gustaron los cheques, tampoco las tarjetas. Sin embargo, abro la cartera, saco la billetera y le digo: “Solo tengo 50 bolívares”.

El muchacho agarra el billetico. La luz cambia a verde y yo arranco como si nada. “¡Ah!, toma, pero llévate El Mundo”, dice el pregonero, y me lo tira por la ventana.

Por el retrovisor lo veo que se guarda la pistola atrás, sujeta con la correa del pantalón. El periódico más caro que he comprado en Caracas.

II
Principios de los noventa. Salgo con una amiga del edificio de El Universal a una panadería de esas de la Candelaria a comprar una torta.

Regreso cargando la caja. Siempre me han gustado los anillos y llevo dos o tres. Vamos chismeando tranquilamente por la acera, pero, de repente, aparece frente a nosotros un tipo y me “amenaza” con un cortauñas: “Dame todos los anillos”.

No sé si es porque tengo que darle la caja a mi amiga para quitármelos. Más bien creo que mi valentía se debe a que no entiendo la amenaza. Grito: “¿En serio tú me vas a asaltar con un cortauñas?”.

Todo el mundo se entera, claro, con semejante grito, y sale de tiendas y locales. El pobre tipo sale corriendo.

III
Segunda mitad de los noventa. Voy también por San Bernardino con mi hija de 2 años de edad. A ella le gusta sentir la brisa en la cara, así que llevamos las ventanas abiertas. En el semáforo un hombre normal, sin pinta de malandro, le pone un pico de botella en la carita a mi bebé: “Dame la pulsera”. Indudablemente, la frialdad con la que solía reaccionar se acabó. Le di todo.

IV
Algunos saben que el año pasado fuimos víctimas una vez más de un asalto. Así que debería comenzar: principios de la segunda década de los 2000. Vamos por la Principal de Macaracuay, rodando a 80 km/h. Un motorizado se acerca por la ventana de Mariana y le grita: “Dame el teléfono, maldita”, y el parrillero la apunta con una pistola.

Mi hija está congelada, yo sigo manejando, pero le digo que se lo dé. Nos piden el otro, yo voy manejando y hago como que no lo tengo. Nos adelantan Y veo que el parrillero se voltea. Freno en seco, el tipo dispara.

Aún Mariana y yo recordamos la chispa que sale de la pistola y aún temblamos con cada motorizado que se nos acerca.

¿Por qué tenía que dispararnos? ¿Por qué llamar a mi hija maldita? Indudablemente, los episodios van cambiando, la maldad va in crescendo.

El sociólogo Alejandro Moreno lo ha explicado hasta el cansancio. Los delincuentes de ahora son despiadados, tienen mucho rencor, ira, rabia. Odian a sus semejantes. No se salva ni el vecino del barrio. No les basta con llevarse cualquier cosa, sino que vejan, maltratan y matan. Nuestras vidas son como trofeos para ellos.

Esta es la Venezuela que le tocó a mi hija adolescente. No estamos a salvo en ninguna parte. Esta semana asaltaron a dos colegas en el transporte público. El susto queda grabado.

No importa. Lo que importa es que Giordani está bravo con Maduro, que Maduro le tiene miedo a Diosdado y que Ramírez hace caída y mesa limpia.
 
Esperaremos hasta el año 2015 o 2019, si llegamos vivos.

@anammatute