• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Historia breve de una ausencia

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hay muchos clichés para decir lo que siento. Y no creo que yo sea la única que sienta lo mismo, porque el asunto está en boca de todo el mundo. La falta de algo tan importante nos mueve, nos conmueve, nos arrecha, nos entristece y nos hace aletargarnos por el deseo.

Es una ausencia que se siente desde que sale el sol hasta que se oculta en estas noches venezolanas tan maravillosas. No hay hogar en el país que no esté padeciendo específicamente por eso. Bueno, ahora que lo pienso, en eso creo que estoy equivocada, porque sé que si estás enchufado, no lo extrañas.

Hay un rincón vacío en cada corazón, y cada vez que nos acordamos lo que hacemos es mentar la madre. No creo que haya nada en el mundo más buscado. Y cuando por casualidad encuentras una pequeña cantidad, sientes que encontraste el mayor de los tesoros y lo abrazas, lo escondes, lo proteges. Pero sabes que no es eterno.

Y la anticipación de que se acabe lo poco que tienes te llena de pánico, tanto que hasta provoca gritar. El mal humor llega al colmo cuando sabes que no hay ningún sustituto. Que no valen invenciones nuevas ni viejas. Que algo tan preciado como el agua no puede llenar ese vacío que deja, porque a veces ni agua hay. Y es cuando vuelves a mentar la madre. Nos sentimos como bebés de pecho porque hemos tenido que recurrir a ciertos implementos, y sigue sin ser lo mismo.

Ahora la gente roba, pero no por hambre. He sabido de casos de personas que se llevan de poquito en poquito donde lo consiguen; se llenan los bolsillos, las mujeres tienen un compartimiento especial en la cartera, porque ya no hay más remedio. Nadie en el mundo puede comprender este afán por algo que muchos consideran insignificante.

No entendía, por allá por el año 1995, cuando por las calles de La Habana me pedían cualquier cosa y me nombraban aquello. Pensaba que era el colmo, la exageración, el acabose. Y ahora que me veo retratada, comprendo que la falta hace cometer locuras, pedirlo a viva voz en las vías públicas.

Llegar hasta sitios lejanos, peligrosos, zona roja para conseguirlo. Afiliarte a la mafia, al contrabando para comprarlo. ¿Petare? ¡Vamos! ¿Buhoneros? ¡Dale! Lo que me pidas, te lo doy, te pago así sea como dice la fiscal aquella, pero pásame un paquete. Y no se trata de una droga, de una adicción, del tan mentado café aquel que tanto me gusta.

Cierro los ojos y veo pasillos llenos, los veo de colores, de diferentes tamaños, paquetes de muchos, paquetes de pocos, como los quiera. Tengo vagos recuerdos de mi niñez cuando eso era así; tengo vívidos recuerdos de mis viajes al exterior lejano, a países vecinos y me pregunto: ¿Por qué tenemos que padecer esto? ¡Por qué, Señor, hay quienes tienen y quienes no! ¡Qué injusticia que en Miraflores lo usan todos los días! ¡Qué injusticia que a Cilia se lo llevan a la puerta de su casa!

No veo el día en que todo vuelva a la normalidad. Que me levante en las mañanas y lo consiga allí, enrollado, tranquilito, esperando para ser últil. No veo el día en que mi número de cédula coincida con el día en que llega papel tualé al supermercado.