• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Henry, dame Moringa

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I

Es un cuento conocido que cierto diputado (así, a secas) recomendó alguna vez a la oposición tomar té de moringa. Como quiera que no he dejado de ser periodista, y una de las funciones del periodismo es instruir, educar, quisiera resumirles lo que he podido averiguar del supuesto bebedizo. Sobre todo porque al parecer hace efecto, porque mi presidente (de la Asamblea Nacional) lo carga en un sobrecito y se lo ofrece ahora a los parlamentarios que, por ser minoría, hacen pataletas.

La moringa es una matica de origen africano e indio (de la India, eso que algunos sin saber llaman “hindú”, lo que no es correcto, porque ese es el sustantivo para designar a los creyentes del hinduísmo, sigo instruyendo por si me leen en el PSUV).

No sé de dónde viene la idea de que es tranquilizante, porque lo que dicen en Internet es que tiene muchos antioxidantes y vitamina C, por lo que su principal propiedad es fortalecer el sistema inmunológico, como el té verde, pues. Sirve para aliviar la artritis, mejorar la digestión e incluso la recomiendan para pacientes con cáncer. Posiblemente sea buena contra el zika. Henry, dame Moringa.

 

II

La flamante ministra de la Salud asegura que nosotros estamos acostumbrados a tomar muchos medicamentos, que lo nuestro es una exageración y hasta una moda. Mi mamá toma en promedio 10 tipos de fármacos al día, y eso me pone a pensar ¿será que tengo que darle té de moringa?

El gremio de farmacéuticos advierte sobre una crisis humanitaria por la falta de 80% de los medicamentos para enfermedades crónicas, esas con las que hay que aprender a vivir y por las que se toman remedios para que el organismo siga funcionando.

Quizás la ministra de Salud no se haya enterado –aunque estudió en la UCV de la que ellos llaman cuarta república– pero la medicina que practican aquí los profesionales siempre fue de las más avanzadas, los médicos venezolanos estaban siempre muy actualizados sobre los últimos tratamientos y se apoyaban en la industria farmacéutica representada por grandes nombres extranjeros y hasta locales. Debe entender que por eso, y no porque desconozcamos los beneficios de las hierbas, se prescriben medicamentos de última generación. Perdón, se prescribían.

Los antihipertensivos, los fármacos que ayudan a controlar los niveles de glicemia en la sangre, los ansiolíticos, los antidepresivos ayudan a las personas a rendir en sus trabajos, ser productivos, mantener una vida balanceada, servirle a su familia y a su país. No son moda, antojo, capricho, como podría ser un tesito de moringa u otras yerbas que parece que son del uso común entre quienes nos gobiernan. Henry, dame moringa.

 

III

Padezco de una enfermedad crónica desde hace años, y por eso he tomado la sana costumbre de caminar en las mañana una hora. Me sirve para muchas cosas, pero entre otras, para depender menos de medicamentos que no se consiguen y para manejar el estrés que ocasiona vivir en la marginalidad mágica (una variante del realismo mágico) que es el socialismo del siglo XXI.

Esta mañana recibí un video en mi teléfono en el que se veían una treintena de hombres con armas automáticas cortas y largas que descargaban municiones al aire. Consumían balas como quien come cotufas (palomitas de maíz, crispetas) y cambiaban los peines (cacerinas) como si tal cosa. Se trataba de la despedida “de honor” que le hacían a un capo que de conejo tenía lo que yo de chavista.

Este panorama y la necesidad de sumarle a la lista de preocupaciones el hecho de que estos fulanos pueden hacer lo que les venga en gana en la calle e ir a dormir tranquilamente a la cárcel, me hace pensar que a las caminatas diarias debo agregarle otra cosa para calmar mis nervios. Ya no me hace falta pagarle a un nutricionista que me diga qué no debo comer, porque de eso ya se encarga el gobierno (altos precios y escasez).

Me toca averiguar ahora si la moringa crece en maceta. Mientras tanto, Henry, dame moringa.