• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

En La Habana sin dólares

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—¿Tienes tu pasaporte al día?

Fue lo que me preguntaron a las 9:00 de la mañana cuando llegué a la redacción. Sí, todo periodista que se precie de ser reportero debe tener su pasaporte al día. Pero, además, las ganas también hay que tenerlas al día. De aquella época a la de ahora, los periodistas se manejan distinto. Yo era aún veinteañera y para mí todo era una aventura, tenía un romance con mi profesión.

—Te vas mañana a La Habana. Dame tu pasaporte para mandarlo con un motorizado a la embajada para que te pongan la visa. Vas a cubrir las elecciones legislativas –dijo la jefa.

Al final de la tarde me dieron mi pasaporte y me asignaron el fotógrafo que iría conmigo, “el Gurú”, Eddy González, ¿qué más podía pedir una reportera novata que ir a Cuba con un maestro?, aunque me llamara “carajita”.

Los viáticos fueron otro cuento. No tuve tanta suerte. Era un viaje de 4 días y tendríamos hotel y desayuno asegurado. Para lo demás, 100 dólares a cada uno. No, en ese entonces no había Cadivi, no tuvimos tiempo de comprar más y el periódico no tenía más.

La oportunidad para mí, en lo personal, era invalorable. Quería saber cómo era aquello del socialismo, del éxito de la educación, de la salud, del ron, de la Nueva Trova. Aunque fueran cuatro días y aunque tuviera que reportar sobre unas elecciones de mentira.

Llegamos. En el aeropuerto nos avisaron que debíamos partir al día siguiente a Santiago, donde votaba Fidel, para cubrir aquel evento. Como si no supiera él quién iba a ganar. Pero teníamos que pagar nuestro boleto, 160 dólares por persona. Obviamente, no pudimos ir, porque, además, como periodistas extranjeros debíamos pagar por una credencial para poder trabajar, que costaba, cada una, 60 dólares.

Como resultado de este comunismo caribeño, y para no morir de hambre, nos quedamos en La Habana. Con credenciales, pero literalmente los únicos periodistas extranjeros en la capital cubana; los demás, como un rebaño, vigiladitos y en un avión hacia Santiago.

El Gurú estaba en control de la situación. Lo primero que hizo después de que nos instalamos cada uno en la habitación, fue decirme: “Vamos al bar por unos mojitos”. No pueden imaginar la sensación de tomar mojitos con un cantante en vivo entonando “Yolanda”. Después de aquellos días entendí que eso es lo que venden los comunistas cubanos al turismo. El ambiente era mágico, muy años cincuenta. Uno no se da cuenta de que el tiempo se detuvo porque lo disfruta demasiado. No es viajar en el tiempo, es estacionarse, no avanzar.

Mucho tendría que escribir para contarles todo. Pero este texto tiene un objetivo, que es decirles por qué recuerdo ahora todos los días aquel viaje.

Caminar por la Vieja Habana con niños revoloteando alrededor pidiéndole a uno cualquier cosa, chiclets, el bolígrafo con que escribo, la libreta, lo hace a uno olvidar aquella conquista de cero analfabetismo. Pasear por los pasillos vacíos de un hospital lúgubre, viejo, desgastado. Ver casonas convertidas en pocilgas, con repollos sembrados en lo que antes eran jardines, con techos convertidos en cuartuchos. Ver cochinos crecer en un baño, y el olor a creolina que todo lo inunda. Las colas para comprar café; las colas con una taza en la mano para comprar helados Copelia; las colas... Y aquella mirada de los jóvenes, aquella desolación en los ojos de los niños cuando actuaban como pioneritos resguardando unas urnas electorales llenas de papeletas con un solo candidato. Los frutos del comunismo ¿o de la mentira?

Lo que más me conmovió es que esto era lo que los del gobierno comunista no querían que viéramos, pero estábamos allí. Y el Gurú tenía una cámara, y yo tenía ojos.

Después de aquel paseo desolador cenamos en el hotel con unos pocos dólares. Subimos a las habitaciones, una al lado de la otra en un pasillo. Yo abrí mi puerta, Eddy la suya. Cuando entré vi pasar un hombre del cuarto al baño. Cerré la puerta con sigilo y fui a llamar a Eddy.

—Gurú, hay un hombre en mi habitación.
 
—Carajita, déjate de paranoia, que estás en Cuba y crees que te están vigilando.

—Es en serio, Gurú, te lo juro.

Abrió la puerta que comunicaba su cuarto con el mío y lo vio, pero el hombre abrió la puerta y salió corriendo. Por más que las zancadas de Eddy eran gigantes, no logró alcanzarlo. No se llevó nada, solo revisó mis papeles y el bolso donde estaba la cámara en la habitación de mi compañero. Pero lo recuerdo clarito, el hombre tenía la llave con mi número de habitación en la mano.

Lo denunciamos en la recepción. Nos fueron a buscar y nos guiaron por un pasillo. De repente, la pared derecha se abrió y salió un hombre encorbatado que nos pidió que entráramos. Era como una especie de búnker con monitores, teléfonos, antenas. Nos pidieron que identificáramos a alguien que estaba en el bar. Llevaron a Gurú para que lo “reconociera” en el sitio. Nada, no era.

Eddy tuvo que concederme la razón, eso tenía que ser un seguimiento, porque no se llevaron absolutamente nada; solo leyeron mis notas y revisaron su cámara.

Imagino que a estas alturas se dieron cuenta de por qué esta experiencia viene a mi mente constantemente por estos días.
Desde que el finado llegó, no hago más que imaginarme que Venezuela llegue a ser Cuba. Ahora lo veo en las calles de Caracas y del interior, es un manto de miseria que se aproxima y ya casi yace encima de nosotros. Por lo que más temo es por la mirada desolada en nuestros jóvenes. Eso no quiero volver a verlo.