• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Frívola pero no hipócrita

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I

A aquellos colegas que piensan que el periodismo es comeflor, bohemio, desparramado y casi hippie, les parecerá que una periodista interesada en la moda y tendencias es un insulto, una grosería para la profesión de gente que anda casi en chancletas y blue jeans raídos.

Nunca he pensado que eso sea así. Llegué a trabajar una mañana cualquiera a la sede de la extinta (asesinada) PTJ con falda y tacones. Que ese día me haya tocado el caso de un autobús que cayó por un barranco con un resultado de 12 muertos es una casualidad. Llené de barro mis tacones, me tuvieron que cargar para pasar el río Araira, pero tenía que ver lo que pasó para poderlo contar, esa es mi consigna. No dormí por las pesadillas. Lo que vi me impresionó tanto, que fue mi último día como reportera de sucesos; Rafael Poleo se condolió de la carajita y la cambió para Miraflores, pero ese es otro cuento.

Lo cierto es que mi madre siempre ha tenido muy buen gusto. Y mi padre también, prueba de ello es que se casó con mi mamá hermosa. Ambos nos educaron a todos en las artes plásticas, el diseño, la moda y demás hierbas. Así que desde niña estoy fascinada con la moda, los diseñadores y familiarizada con telas, modistas, medidas, sastres.

Coleccionaba revistas como mi mamá hasta que las pude ver por Internet. Sé de los orígenes de los diseñadores antes de que los hicieran película. Y este lado frívolo solo lo conocen mis muy allegados. El que quiera, que me juzgue, pero que no me llame hipócrita. Si me visto de hippie es porque me provoca, no porque tenga que serlo.

 

II

La Habana para mí se abrió como un pergamino, vieja y arruinada, triste y desolada, a pesar de que algún vecino se aventuraba y ponía sones y se sentaba a la puerta de su casa a ver pasar la vida, hasta la próxima cola.

Lo que viví en esa corta visita en 1995 me quitó para siempre la idea de que la Revolución Cubana era algo admirable. Vi lo que realmente era: una fábrica de pobres famélicos e incapaces de demostrar su descontento, conformes con lo poquísimo que les repartían los grandes revolucionarios.

La Habana se detuvo en los años 50, en la época en la que llegaron los barbudos. De esa historia sabe mucho Ramón Hernández y siempre da detalles. A mí me interesó la otra: 40 años después, los mismos carros, los mismos edificios, las mismas calles y avenidas, pero de aquella alegría caribeña no había nada.

Ese lado frívolo mío se hubiera sentido a sus anchas, porque no hay década de la moda que me guste más que la del 50. Vi la pobreza revolucionaria cubana, pero quise ver el esplendor. El señor al que contratamos como taxista hasta me llevó a El Floridita, donde Hemingway sumergía su genio en alcohol. No lo conocí entonces, pero todo parecía de la época, solo que obviamente reservado para turistas.

 

III

Entiendo. Obama hizo el gran gesto y todos se volvieron locos. Los estadounidenses, cansados de escuchar a su floreciente inmigración cubana sobre las bondades y hermosura de aquella isla, están dispuestos a volcarse en avión y hasta en crucero para disfrutar de las playas y la nostalgia.

Para ellos es como un gran set de película con las jineteras como extras y los pimp sin grandes carros y chaquetas de piel, pero chulos al fin. Pasearán por La Habana como Fidel pretendía pasearme a mí, sin ver lo feo, lo pobre, lo triste, lo real.

Las construcciones coloniales, las grandes casonas solo por fuera, sin llegar a meter sus narices por la puerta para que no vean como de una casa de techo alto salen cuartos para más de 100 personas. Verán a los cubanos agitando las banderas pero sin sonreír, porque saben que de los dólares que llevan en la cartera no les quedará nada.

Cuando fue Obama, escondieron a los mendigos (sí, hay mendigos aunque hay tarjeta de racionamiento, “comida para todos por igual”). Cuando fue Karl Lagerfeld barrieron el Paseo del Prado y limpiaron los carros viejos para que las modelos se tomaran fotos. El clima cálido del Caribe lo puso Dios, no Fidel.

Hablo de hipocresía y veo la cara de Raúl gozando por la promoción que gana la revolución de los pobres cubanos. ¿La gente se da cuenta de que de esta apertura supuesta de Cuba a los cubanos no les queda nada? No es lo mismo vestirse de democracia que ser demócrata. Y eso no ha cambiado en la isla aunque le lluevan dólares.

 

IV

No puedo dejar de mencionar a la princesa de los Hipócritas. Porque el pueblo de Cuba va de salida (ojalá) y nosotros estamos en pleno infierno. La canciller podrá haber aprendido a decir mentiras a la cubana, pero a pesar de la escuela, no hay quien le crea. Sencillamente porque este gobierno es tan inepto, que ni siquiera pudieron replicar el sistema de sus mentores para repartir comida.