• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

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Ana María Matute

Deseo furtivo

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I

En el año 1989, bien carajita y recién graduada, trabajaba en el departamento de Prensa y Relaciones Públicas de un organismo de seguridad del Estado. Mi primer cargo, gracias a la palanca de un compadre de mi padre.

Ese fue un año terrible para todos, pero yo aún era “hija de papá”, como dice un tal ministro, así que se puede decir que trabajaba para seguir aprendiendo de mi carrera, y doy gracias a esa experiencia primera.

Allí estaba, en la oficina, cuando se armó el alboroto. Los funcionarios entraban y salían. Por ser el departamento de Prensa, nos enteramos temprano de los sucesos de Guarenas, pero no pensamos que llegaría a mayores. Ya a principios de la tarde comenzaron a disparar contra la sede del organismo, y nos mandaron a desalojar. Corrí hasta el estacionamiento, pero los empleados habían bajado la santamaría y dejaron los carros encerrados. No me quedó más remedio que pedirle a una compañera que me sacara de allí y me llevó hasta la autopista cerca de los edificios donde vivía mi hermano mayor. Al día siguiente llegué a mi casa.

En la noche, mi jefe me llamó para saber cómo había llegado, y recuerdo muy claro que me dijo: “Van como 300 muertos”. Suena exagerado, lo sé. Los saqueos y disturbios duraron más o menos una semana y las cifras oficiales aseguran que fueron un poco más de 270. Siempre me pregunté cuál era el número verdadero de fallecidos, si en un día, de acuerdo con un organismo de seguridad, hubo 3 centenas.

Ya reincorporada al trabajo veía a los funcionarios entrar con los detenidos y las cosas incautadas de los saqueos. La comida nunca volvió, pero llevaban neveras, cocinas, lavadoras, radios.

Por supuesto que ya sabemos que la mecha de Guarenas con el aumento del pasaje de aquel transporte colectivo no fue espontánea. La combustión fue una cosa bien pensada y planificada. También lo sabían en aquel entonces los funcionarios del organismo para el que trabajaba.

Es verdad, la gente pasaba trabajo, las condiciones económicas eran terribles, y de repente, aumentaron la gasolina y con ella, los pasajes. ¿Cómo iban a enfrentar eso los pobres?

El hambre corrió por los comercios, la gente tiró puertas, rompió vidrios, se llevaba lo que encontraba. No había distingos para ser saqueador, pues hay evidencias fotográficas de que hasta policías y soldados hicieron rebatiña. Había hambre, pero había qué saquear.

Desde entonces comenzó a generarse (no espontáneamente) la idea de que necesitábamos algo que cambiara todo eso, necesitábamos un salvador, alguien que pusiera orden. La gente comenzó a hacerse la idea de que un militar podría arreglar las cosas... un golpe. Ya sabemos lo que vino, que hasta las cúpulas políticas se atrevieron a justificar. Pero deseos no empreñan, y la prueba es la imagen de cierto tanque tratando de tumbar el portón de Miraflores. Lo dejaron para después.

 

II

Muchos durante estos 15 años se han llenado la boca diciendo que la gente en aquel entonces, en la “cuarta república”, comía perrarina. (No quiero nombrar al autor de esta afirmación, porque me da asco).

Las dos primeras semanas de enero de 2015 estuve libre. Así que me dediqué a mis quehaceres del hogar (como diría mi madre). Cada vez que quería ir a un supermercado, me tocaba hacer una ronda por tres o cuatro, hasta que conseguía entrar en alguno. Me niego a hacer cola.

Ya el primer fin de semana supe que era imposible tratar de hacer mercado en esos días. Para la segunda semana me fui un lunes. No había gente ni colas porque no había nada. La multitud había literalmente arrasado con los pocos productos. No había ni papas.

Siempre digo que soy periodista porque no me gusta que me cuenten las cosas, me gusta contarlas. En uno de los pasillos vi a un señor tomar un paquete de arroz para mascotas y verlo con detenimiento, mientras la mujer que le acompañaba le decía: “No hay más remedio, a lo que hemos llegado, tendremos que comprar ese”. No sé qué es peor, perrarina o arroz para perros. No hay nada que saquear, porque no hay comida, aunque sobra el hambre.

En otro supermercado la gente peleaba por una bolsa de detergente, insultos iban y venían, codazos, amenazas. Luego, cada uno hizo la cola para pagar. Pero llegaron unos 20 hombres armados, les quitaron las bolsas de detergente de las manos y se fueron sin pagar. Esto me lo refirió una amiga periodista.

Y entonces, con todo este caos, anda rondando por el ambiente el deseo de una cachucha militar. Alguno que ponga mano dura contra el monstruo de la corrupción y que haga marchar al país en orden cerrado para que todo ande como debe andar.

No creo que haya muchos que se aventuren a decirlo en voz alta, pero allí está el deseo furtivo.

Y digo yo, ya sabemos que es peor el remedio que la enfermedad, ya lo hemos padecido. Quizás nos toque asumir que estamos en un callejón sin salida, porque soy de las que se niega a pensar que la única que hay tiene ojos verdes y usaba cachucha. La esperanza tiene que venir de otra parte, y de repente es mejor que redirijamos nuestros deseos a algo más saludable para nuestra democracia.