• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Dame perrarina

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En mi casa tuvimos una perra doberman que se llamaba Linda. A mi papá le encantaba porque era guardiana. Vivir en una casa siempre ha traído muchos riesgos, porque nunca ha faltado quien tenga la intención de saltar el muro para robar. Linda era perfecta para ahuyentar a cualquiera, propios o extraños.

Mi horario en la universidad era hasta tarde en la noche. Como buena niña oligarca, tenía mi carro. Nos dábamos el gusto de poder bajarnos a abrir el portón del estacionamiento porque no había tanto peligro en aquellas frías y desoladas calles de Los Teques. El peligro estaba dentro, se llamaba Linda. Había que hablarle antes de abrir la reja: “Linda, soy yo, voy a abrir”, y asegurarse de que nos oyera, nos oliera y nos reconociera. Si no, atacaba.

Al final, Linda se fue a una hacienda, porque era una perra muy brava. Por supuesto, comía perrarina.

En otra ocasión tuvimos un gran danés. Yo era más pequeña y ahora no recuerdo su nombre. Se podrán imaginar que cuando me veía, corría a saludarme y me tiraba al suelo. Era demasiado juguetón y dulce, pero su fuerza era extraordinaria. Como era medio locato, de noche sacaba la basura de los pipotes. Para evitar eso, mi papá inventó amarrarlo a su casita, como perro de comiquita, para que durmiera. Era una gran casa, de yeso, porque antes no había de plástico ni de fibra de vidrio. ¡Y el perro paseaba la casa amarrada a su cuello por todo el jardín! Comía grandes cantidades de perrarina, además de masticarse los frascos de mermelada, que era lo que le encantaba sacar de la basura.

Tuve un novio que me regaló una samoyedo de pedrigrí. Era una perra muy hermosa. Los samoyedos son perros de trabajo, y Nikita tenía una fuerza descomunal. Cuando cumplió los seis meses la veterinaria solamente la podía revisar en el piso porque era demasiado pesada para levantarla y ponerla sobre la mesa. Como can de raza pura, había que alimentarla con perrarina de excelente calidad, pero eso no disminuía su voracidad.

Mi papá tuvo los últimos años de su vida un poodle mini toy, también de raza pura. Se llamaba Rubí, y originalmente lo traje para mis sobrinos, pero su mamá no quiso tenerlo, así que se quedó en la casa grande. No hay nada más inteligente que un poodle, no importa el tamaño que sea. Mi papá salía en las tardes a comprar chocolate. Y Rubí lo sentía cuando estaba como a una cuadra de distancia y lo esperaba en la puerta; claro, el chocolate era para los dos. También comía perrarina, pero poquito.

Y eso me lleva hasta mi sobrina nieta peluda, Kira. Su nombre significa “negro” en japonés. Es la niña de mi sobrina y nació en Bogotá. Es una schnauzer miniatura y también es de raza pura, además de la consentida de la familia (que no me lean mis gatos). Estoy segura de que Kira se cree personita y, como dice mi amigo Mauricio Lemus, eso es completamente cierto. Los animales son personas no humanas. Como perrita bogotana de alta alcurnia, esa sí que es oligarca, porque además de enloquecer por los ponquecitos, está acostumbrada a comer perrarina de cordero. Poquito, raciones medidas, pero es una de las comidas más caras del mercado, allá en Bogotá. Aquí no hay. Como a mi sobrina le tocó mudarse de nuevo a Caracas, la cosa se ha puesto difícil para su hija peluda. No consigue alimento en esta mal llamada quinta república.

Estoy convencida de que ni Chávez ni Maduro tuvieron nunca la dicha de tener una mascota. Ni perro ni gato. Estoy segura de que no tienen idea de que los animalitos tienen derechos, y que en los países desarrollados son cuidados con mucho respeto.

Ese invento del fallecido de decir que en la mal llamada cuarta república los pobres comían perrarina debe ser otro sueño frustrado que tuvo porque ni siquiera un perrito cacri lo acompañó durante su infancia. Y creo que el pajarito que ve Maduro no debe comer alpiste sino que se alimenta del humo que sale de su cabeza fundida.

Los hijos peludos de las familias venezolanas están pasando mucho trabajo, tanto como los niños. Y eso que estos demagogos hasta inventaron una Misión Nevado en honor al perro de Bolívar (la mascota, no es que esté insultando yo al Padre de la Patria). Pero es imposible pedirles un poco de humanidad y respeto por la vida a quienes ni siquiera saben cómo garantizarla a sus conciudadanos.

Con estos mandantes, la vida de perro es realmente infrahumana.