• Caracas (Venezuela)

Ana María Matute

Al instante

Bachaqueo con estilo

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La clase media venezolana se ha visto en la necesidad de modificar sus costumbres. No he tenido que hacer un estudio sobre esto ni he leído nada al respecto, aunque El Nacional lo ha publicado en varias ocasiones.

También les he dicho en otras ocasiones que los sábados para mi familia siempre fueron de mercado. Papá montaba a sus muchachitos y a su mujer en el carro y de Los Teques nos veníamos a Los Chaguaramos. Allí había un automercado Cada gigante, que tenía un restaurante espectacular en el que hacían unas panquecas riquísimas con maple. Desayunábamos y luego comprábamos. Recuerdo especialmente (ya sabrán por qué) el pasillo del papel higiénico. Mi mamá compraba blanco para el baño blanco y rosado para el rosado. De oligarcas, pues.

No había que salir de allí para conseguir todo, y la cosa se convertía en un paseo con tres adolescentes y una niñita caminando por los pasillos llenando el carrito de la compra de la semana. Después salíamos y mi papá se detenía en la panadería Tiuna (frente a la plaza del indio que está por allí) y compraba croissants recién horneados, que nos íbamos comiendo por la Panamericana.

Ya sabemos en lo que se convirtió el Cada. Ya sabemos que desde hace tiempo en los supermercados no hay pasillos de papel higiénico. Es más, las grandes cadenas hacen magia para llenar los estantes. Un establecimiento de estos solo está lleno cuando llegan los camiones, no hay nada más que comprar ni qué vender. Esos verbos los cambiamos por el “repartir”. Así es la libreta de racionamiento.

Ahora, en vez de ir a un supermercado, vamos a los mercados de calle o los municipales. Y es un asunto bastante irónico y muy esclarecedor, si uno se pone a pensar. Digo irónico porque a pesar de ser de pequeños comerciantes, no tienen regulación, nunca he visto a nadie que controle los precios. Y esclarecedor, porque son una evidencia de que el gobierno no sabe lo que está haciendo con la economía y ni se da cuenta de que en donde se aplica la fiscalización es donde no hay nada.

No hablo del muro de Petare, en donde los buhoneros maravillan al comprador con la amplia oferta de productos controlados que se expenden a precios libres. Uno podría pensar que de repente llega la gente de la superintendencia de precios justos y se lleva toda la mercancía porque está en plena calle. Esto no sucede. Tampoco de los mercados con toldos a pleno sol o plena lluvia con tarantines y neveras improvisadas o camiones cava de los que salen pollos y carne a precio libre (aunque no tanto). Hablo de mercados establecidos con corredores y escaleras, techo y estacionamiento.

Allí soy feliz, aunque el gentío es impresionante. No es lo mismo que el Cada, y no hay panquecas, pero sí unas empanadas buenísimas. Los pasillos están atestados de señoras como yo que sin hacer cola y muy amablemente hablan con los comerciantes y le pagan con tarjeta de débito o fajos de efectivo (es que así hay que pagar ahora). Todo el mundo pide permiso y da los buenos días. Los que venden la carne aseguran que es de producción nacional. Los fruteros y verduleros bromean con los clientes y aseguran que no piden cédula. Puede uno comprar desde papel tualé hasta cinco especias chinas o curry y al salir se toma una chicha y compra flores para la casa.

Es otra experiencia, pero ya casi es un santuario. Es caro, se paga más, pero como nos desalojaron de los supermercados, los oligarcas que no estamos enchufados tenemos que bachaquear a nuestro modo, con estilo.

Lo que no le debe parecer gracioso al gobierno es que nosotros sepamos qué comprar y dónde comprar. Ellos intentan decirnos qué comer y cómo comerlo, pero yo soy de las que prefiero pilar maíz antes de hacer cola cuando el régimen me diga. Conmigo, la dieta cubana no va.