• Caracas (Venezuela)

Ana Julia Jatar

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El legado de Fidel Castro al chavismo

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Fidel Castro es un “marrullero” con “la convicción, sólidamente anclada en él, de que todos los medios son buenos para lograr sus fines, incluida la mentira”. Así lo escribe quien fuera durante 17 años (1977-1994) uno de los miembros del primer anillo de seguridad del líder cubano en su libro recién publicado en español: La vida oculta de Fidel Castro.  

El teniente coronel y ex guardaespaldas de Fidel, Juan Reinaldo Sanchez, quien falleció en mayo pasado debido a una afección pulmonar, revela en su libro detalles de la vida privada de Fidel desconocidos hasta ahora. Al describir la cotidianidad del líder supremo de Cubanos enteramos por ejemplo de su gusto por el whisky Chivas Regal, del lujo que disfruta en su isla privada Cayo Piedra, de la forma como operan los campos de entrenamiento de la guerrilla latinoamericana en La Habana, de su obsesión con Venezuela y su petróleo, de su relación con el M-19, las FARC y con los dineros del narcotráfico, de sus destrezas en el espionaje y la desinformación, del cáncer que sufre desde la década de los ochenta, del uso de las grabaciones y tortura blanca (la que no deja huella y que ahora utiliza el gobierno de  Venezuela) para eliminar o doblegar a amigos y enemigos. En fin, de muchas sospechas que quedan comprobadas y de otras tantas cosas que no sabíamos como por ejemplo que mantuvo escondida la espada de Bolívar en su despacho durante 12 años luego de que fuese robada de un Museo en Bogotá por el movimiento guerrillero M-19.

A medida que leía el libro, más allá de los detalles inesperados, llegue a la conclusión cada vez más evidente de que el hilo conductor de la vida privada y pública de Fidel es la mentira. Que parte de su éxito político ha sido la capacidad de engañar y embaucara quien sea necesario para lograr lo que desea y si es frente a los periodistas mejor. Por ejemplo, en la Sierra Maestra engañó al corresponsal Hebert L. Matthews, del  New York Times, al hacerle creer que contaba con un numeroso ejército armado cuando era solo un pequeño grupo de guerrilleros marchando en círculo, de forma repetida en una montaña cerca de donde se realizo la entrevista.

Las historias relatadas en el libro demuestran que para Castro mentir ha sido uno de los medios mas importantes para lograr un fin. Esa  practica la desarrolló desde niño cuando pretendió haber perdido su boleta de calificaciones para que en la escuela le dieran una segunda. A partir de entonces le presentaba a su padrino y tutor  –pues en ese entonces no vivía con sus padres–  una boleta con notas falsificadas donde aparecía como el primero de su clase mientras que al profesor le entregaba la verdadera con la firma falsificada de su tutor. El que a Fidel de niño se le haya ocurrido este ardid podría comprenderse como una travesura infantil; pero lo que resulta muy revelador del torcido valor que le otorga a la mentira es que años después, el comandante y líder supremo de Cuba insista en contárselo decenas de veces a toda su escolta –especialmente en el día de su cumpleaños– como otra de sus grandes hazañas dignas de ser recordadas por la historia.

La consecuencia obvia de la mentira es que dicha conducta, al ocultar el problema real, no genera la información necesaria para establecer correctivos y resolverlo. En el caso de las dobles boletas, el padrino no disciplinó al ahijado y Fidel siguió sacando malas notas. En Venezuela hoy al falsear la verdad y culpar al portal Dólar Today del derrumbe del bolívar o a la guerra económica del desabastecimiento no nos permite discutir las verdaderas causas del problema y por ello lejos de resolverse, se empeoran.

Pero más allá de las nefastas consecuencias de las mentiras, me pregunto ¿por qué estas pueden ser tan útiles para alcanzar el éxito político? Se me ocurre que quizás porque en el deporte de falsear la verdad, las reglas del juego no existen y en ausencia de ellas, el campo es fértil para el abuso y la arbitrariedad.

Esta reflexión me llevó a entender la gran lección del maestro cubano a su alumno favorito, Hugo Chávez: mentir mucho para confundir y crear tus propias reglas del juego y si es ante las cámaras mejor, pues de esa manera creas tu propia verdad: la historia oficial. Claro que para ello hay que controlar los medios de comunicación y en eso el alumno también siguió el consejo.

Ahora entiendo el desparpajo con el cual Chávez mentía una y otra vez al decir por ejemplo que sus orígenes eran muy humildes, que había nacido en un rancho con piso de tierra, que no renunció el 11 de Abril, que le estaban planeando un magnicidio, o que se había curado del cáncer que poco tiempo después lo llevo a la tumba. Mintió para transformar a la oposición en enemigos internos y dividir al país, mintió para convertir a los matones de Puente Llaguno en héroes y a jueces probos como la jueza Afiuni en criminales. En septiembre de 2012 Antonio Sotillo publicó un libro llamado  Las 150 Mentiras del Presidente Chávez. Quizás habría que rescatarlo y aumentarlo porque el legado lo ha continuado muy bien su heredero. Mientras escribo estas líneas me entero que Nicolás Maduro resolvió responsabilizar de “articular las bandas paramilitares” en su estado al gobernador de Miranda, Henrique Capriles ¡Por Dios!

Para que las mentiras sean exitosas como fuente de control político tienen que pasar por una primera fase de encanto y encontrar suficientes oídos dispuestos a escucharlas y sobretodo muchos individuos con grandes deseos de creer en ellas. Tal como el reza el bolero aquel de Olga Guillot “Miénteme más” para mantener la esperanza de que algún día sea verdad lo que le dice un mentiroso “enamorado”.  Pero las promesas incumplidas se acumulan y como los engaños tienen fecha de vencimiento, el desencanto llega. Como dijo Abraham Lincoln “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

El problema es que las cosas empeoran antes de mejorar pues cuando comienza el desencanto y las mentiras ya no funcionan, según el legado de Fidel,  no queda otra alternativa que incorporar el miedo en la ecuación. Es decir, el régimen se dedica entonces a espiar, castigar, amedrentar, torturar, humillar  para doblegar a quien se atreva a oponerse desnudando mentiras.

Al teniente coronel Juan Reinaldo Sánchez, ex guardaespaldas de Fidel, el momento del desencanto le llegó cuando en 1989 escuchó una conversación entre Fidel y su entonces ministro del Interior, José Abrantes, con detalles que confirmaban la relación del gobierno cubano con el narcotráfico. Por eso más adelante le impactó la farsa montada por televisión durante el juicio al general Arnaldo Ochoa por su supuesta responsabilidad en tráfico de drogas y su condena a muerte por traidor y el encarcelamiento de Jose Abrantes, quien luego muere en la cárcel en condiciones muy sospechosas. Este hecho termina por convertir en desprecio, el respeto que el guardaespaldas le tenía a la Revolución. En 1994, a los 45 años de edad, Sánchez pidió pasar a retiro y lo pagó con dos años de cárcel por “insubordinación”.

A la mejor usanza fidelista, hoy el régimen de Maduro continúa usando la combinación de mentira y miedo como arma de poder e inventan acusaciones que les sirvan para encarcelar e inhabilitar a líderes de la oposición que puedan ganar en las próximas elecciones.

Quizás la mayor de las mentiras que he escuchado últimamente es la que leí ayer viernes en El Universal según la cual Maduro enfatizó en una de sus absurdas acusaciones contra Henrique Capriles: “Así lo digo, y cuando yo digo algo yo sé lo que estoy diciendo”.

Maduro está atrapado en un círculo vicioso en el cual a medida que cae la efectividad de sus mentiras se ve obligado a mentir aun más pero con esto solo logra acentuar la nula efectividad de sus engaños y exacerbar el creciente desencanto popular. Por eso, quizás en lo único que tiene razón Maduro hoy es en temerle al juicio que le hará ese pueblo el próximo 6 de diciembre.