• Caracas (Venezuela)

Ana Julia Jatar

Al instante

Exilio y La mala racha

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Te quedas o te vas. Te vas o te quedas. Te quedas porque no te imaginas una vida fuera de tu país; te vas porque ya no aguantas ese país que ya no sientes como tuyo.

Te vas porque te secuestraron a un hijo o porque la deportación de esos niños colombianos con sus jugueticos en la mano pasando el río Táchira no lo soporta tu ADN. Te quedas porque ese mismo ADN libertario te dice que hay que quedarse y echarle bolas al país.

Un dilema entre múltiples de los que tienen la posibilidad o la alternativa de irse como algo probable, posible y sobre todo… ¿vivible?

Para quienes nos fuimos es un dilema igualmente omnipresente: para el que se va hoy, para el que se fue ayer, para el que se fue hace 16 años y para quien se fue hace aun más tiempo.

La novela de Fernando Martínez Móttola, La mala racha, me confrontó con estas ancestrales reflexiones de mi familia y su exilio: el de ellos y el mío.

El exilio de mis abuelos: el de la Cuba de Fidel; el de mis suegros: el de la Alemania nazi; el de mi padre: el de la Venezuela de Pérez Jiménez; el mío: el del chavismo. En fin, el vivir en mi historia un exilio omnipresente.

Comencé a leer La mala racha por compromiso con mi pana de toda la vida y me atrapó. No la pude dejar hasta que la terminé dos días después. El personaje central, Matías Romero, ex gerente de Pdvsa, casado, con dos hijas adolescentes, quienes se empeñan en vivir libremente en un país inseguro, se debate entre quedarse o irse. Entre quedarse y servirles a los enchufados o irse a Miami donde los padres de Helena, su esposa, los esperan.

El drama de Matías es el que sufren casi 4 millones de venezolanos de la lista Tascón. Yo entrevisté a muchos de ellos, quienes me contaron su tragedia plasmada en mi libro Apartheid del siglo XXI. Y es que quienes firmamos ebrios de una supuesta fiesta democrática para llevar a cabo un referéndum constitucional contra Chávez, terminamos execrados. Unos más temprano que otros, pero todos hemos pagado el precio de la inocencia ante la dictadura.

No les voy a echar a perder el cuento delicioso y triste a la vez de La mala racha. Vale la pena llevárselo a la almohada. Es la primera novela que leo que desgarra nuestro presente. La de quienes perdimos el país que queríamos para nuestros hijos. El país de la meritocracia que ha sido vencido por los enchufados; el de nuestro sueño de libertad que ha sido ahogado por el miedo y el de nuestra tranquilidad en las noches que ha sido asfixiado por la angustia.

En resumen, la realidad de una Venezuela que no queremos pero nos la martillan en la cabeza. La Venezuela que de tanto martillazo ya ve la luz de la esperanza.

Quiero añadir a la novela de Fernando el drama de quienes nos hemos ido. Y es que Helena, la esposa de Matías que se fue a Miami nos la presenta como una exiliada unidimensionalmente feliz. No conozco a nadie como ese personaje.

Quienes nos hemos tenido que ir, algunos exitosos y otros no tanto, seguimos con Venezuela en nuestra mente las 24 horas del día, los 365 días del año.

Leemos y comentamos las noticias de Venezuela en Twitter y Facebook hasta la madrugada, bajo las cobijas del invierno. Pasamos noches sin dormir esperando decisiones del CNE y, los que podemos, vamos a votar a la patria cada vez que nos lo permiten.

Abrimos nuestras casas para cobijar a los presos políticos que logran escaparse de la opresión, nos organizamos para darles recursos y voz a quienes desde fuera quieren apoyar a los que sufren dentro.

La diáspora venezolana, como todas las otras diásporas, es fundamental para que quienes están dentro tengan éxito. Y no me cabe la menor duda de que juntos liberaremos a Venezuela.