Sobre Sangre en el diván

Héctor Manrique ha completado otra hazaña teatral. Convertir la trágica historia de Roxana Vargas, plasmada en una minuciosa crónica por Ibéyise Pacheco, en un extraordinario monólogo, que ha estado presentando durante más de dos años, confrontando la retorcida personalidad, conducta e imagen pública del psiquiatra Edmundo Chirinos.

Sangre en el diván es el resultado de un trabajo en equipo. Comienza con el rigor y honestidad de un investigador policial y de una especialista en Medicina Forense. Luego la tenacidad y vocación por conocer e informar la verdad de la periodista Ibéyise Pacheco, quien en sus empeño se inicia como novelista del género policial.

Es además, una historia de valentías. La de la víctima, Roxana, dispuesta a través de un video de estudiante, a hacer públicos los excesos y abusos del psiquiatra. El temple de la madre, en su empeño de denunciar el crimen y su autor. La determinación de profesionales en cumplir su deber y no ceder a intimidaciones y arrogancias de poder. Y finalmente, el decidido esfuerzo de Héctor Manrique en usar su capacidad de dramaturgo para construir esa pieza escénica y su talento de actor para representarla.

Es sorprendente. Cuando comienza la obra tenemos que admitir: ¡Ahí esta Edmundo Chirinos! Los que conocimos al personaje, reconocemos su afán en hacerse notable, encantador, derrochando frases seductoras y exhibiendo un desbordante curriculum de méritos, conocimientos, hazañas, ilustres interlocutores, pionero de las ciencias, consejero de grandes líderes, psiquiatra de presidentes, irresistible para las mujeres y acreedor de la envidia de algunos, a consecuencia de sus logros y encantos. Todo un despliegue de grandiosidad y egocentrismo que raya en lo delirante. De hecho, buena parte de la presentación está basada en el capítulo principal de esta crónica que Ibéyise tituló, con toda razón, “El delirio”, donde lo deja hablar a sus anchas, derrochando un torrente de  megalomanía, atribuyéndose mentirosos protagonismos en coyunturas históricas, como designar gabinetes de gobierno, cuando apenas era un líder estudiantil en 1958.

Poner en evidencia pública ese afán de gloria y poder, se convierte en una suerte de prueba de lo que ese ególatra podía ser capaz de hacer para resguardar su presunta magnificencia.

En la dramatización del elegante, brillante y locuaz personaje, Héctor crea una atmosfera tan grata y atractiva de Chirinos, que en un lance de galantería, anima a alguna dama de la primera fila a bailar un romántico bolero con el siniestro sujeto. La engorrosa incomodidad que logra crear, junto a la inexplicable fascinación, resulta en un momento genial.

Es también un asunto contrastante el éxito de concurrencia de público que ha tenido la obra y el casi silencio de opiniones públicas y formales al respecto, más allá de los reportes periodísticos del caso. Están los serios comentarios  de especialistas en el libro. Hasta escuché a una reconocida psiquiatra expresar, que ya no se debería hablar más de ese asunto. Y así ha sido. Creo que es algo sintomático. Es el silencio que Chirinos forzó en sus innumerables pacientes seducidas y abusadas, como testimonia el reportaje-relato. Pero ha habido una pasividad y negación generalizada, en no confrontar el contrasentido de que un profesional haya obtenido tanta posición y audiencia, a pesar de las inconsistencias y comportamientos que se sospechaban y se confirman con la investigación. Hay trastornos de personalidad severos, que pueden coexistir con imposturas y astutas manipulaciones, al servicio del ego del farsante.

Sangre en el diván es una crónica trágica de una celebridad equívoca. No es la única. Es un mensaje y un campanazo de alerta sobre los personajes que se ofrecen como poseedores de cualidades e intenciones superiores y bondadosas, para que su narcisismo y perversidad termine causando graves daños en su entorno.