De cómo el periodista digno se sobrepone a la tiranía

La vida y obra de Antonio José Calcaño Herrera

Antonio José Calcaño Herrera nació en Caracas, en 1881. Transcurrió su infancia en la casa solariega de los Calcaño, entre patios umbrosos de vegetación colonial; y largos corredores con arcadas. Su padre, don julio Calcaño, fue crítico y ensayista notable. Su tío, José Antonio Calcaño, fue poeta romántico de elevado estilo y pulcra sensibilidad. Otro tío, Eduardo Calcaño, fue orador de expedita palabra y enjundiosos conceptos. En la oscura sala conventual resonaban severamente las fugas de Bach y los estudios de Mozart. Se alineaban imponentes los clásicos en los anaqueles de la biblioteca. Allí estaban presentes una estirpe y un ambiente de conservatorios y parnasos, de universidades y archivos.

Antonio José heredó el alma artista de los Calcaño, pero no su espíritu sedentario y pausado. Escribía hermosos versos desde muy joven, pero amaba el bullicio de los barrios plebeyos, el vuelo artero de los papagayos con cuchilla y las escapadas por los canjilones de Camboa. A los 16 años dejó la casa austera y erudita para alistarse en una mentonera que aspiraba incorporarse a la llamada “Revolución libertadora”. Se marchó una madrugada con un revólver al cinto, una cobija al hombro y cinco pesos en los bolsillos. Es, tal vez, el único Calcaño que se ha “alzado” en este país.

El aventurero

A Guayana fue a dar consigo Antonio José Calcaño, ya fracasada la revuelta, sin cumplir los veinte años, llamado por las selvas profundas, el clamor tormentoso de los ríos y el cantar gangoso del aborigen. En las selvas crecía el árbol cauchero, de sangre blanca y generosa. En las arenas de los ríos perduraba la huella maravillosa de un dios extraño que pasó por aquellas tierras trocando en oro todo cuanto pisaba.

A Guayana llegaban los hombres más disímiles, caravanas de buscadores de fortunas, impulsados por el coraje a la desesperación. Allí Injusticia era una palabra vaga, cuyos fueros residían en la presteza del revólver y en la firmeza del pulso.

Antonio José Calcaño, como Arturo Cova y como Marcos Vargas, se enfrentó a la naturaleza implacable y a los hombres sin ley. Buscó la veta de oro en las minas de nombres pueriles y esperanzados –“La Milagrosa”, “Salva la Patria”, “Lo Increíble”– y derrochó luego los preciosos guijarros en tabernas y garitos. Se volcó su curiara en mitad del Yuruán o del Yuruary y ganó a nado la orilla de tensos bejucales y nervudas raíces. Se extravió en el corazón de la selva, donde acechan la cuaima y la mapanare, la araña mona y la veinticuatro, y se escucha la ronca voz de la noche que hace temblar al arecuna.

Lo atrajo el espejismo blanco de los árboles caucheros. Tomó el rumbo de la zona purguera de La Paragua y en ella vivió y trabajó largo tiempo. En muchos bosques quedaron cicatrices tatuadas por los tocones de su peonada. Se defendió a tiros frente a los bandidos de la selva. Curó a sus hombres las heridas de machete que hacen blanquear el hueso y las picadas de serpiente que dejan una espesa sombra morada. Finalmente, su amigo más íntimo, su compañero de trabajo y de aventuras, Alejandro Escobar Páez, fue asesinado en las espesuras del Cuyuní. Pero Calcaño amaba tan intensamente la selva y sus peligros que, al clamar desesperado por la muerte de Alejandro, lo hacía de esta manera:

“mi afecto a esas miríficas montañas piensa que a un alma diamantina y pura no hay sepulcro mejor que sus entrañas”.

Más tarde enfermó Calcaño. Ya no le fue posible proseguir la ruda existencia del purguero y del buscador de oro. Abandonó Guayana. Pero su nombre continuó escuchándose –se escucha aún– en lo profundo de las selvas. Calcaño Herrera y Escobar Páez habían adoptado un pequeño indio de la raza pametón-cumanagoto, lo llevaron en sus correrías, le dieron instrucción rudimentaria a la sombra de los árboles gigantes. Cuando Calcaño regresó a Caracas, el indio se reintegró a la tribu, donde su instrucción y su valentía lo convirtieron en jefe. Aún existe, en los bosques que circundan la Gran Sabana, una tribu cuyo cacique, al presentarse a los extraños, pronuncia como suyo el nombre que le diera un poeta blanco: Antonio José Calcaño.

El poeta

La poesía de Calcaño Herrera, como la del colombiano José Eustasio Rivera, está saturada de la selva que vivió. Desde Guayana envió Calcaño sus primeros poemas, los cuales fueron publicados en El Cojo Ilustrado y recogidos luego en el libro Versos de juventud. Pero su verdadero nivel poético se aprecia en la obra póstuma Horas de vivac. Allí Calcaño Herrera se revela como extraordinario sonetista, logrando en ocasiones tanta fuerza y soltura como Alfredo Arvelo Larriva. La poesía de Calcaño es esencialmente descriptiva, realista, nativista, humana. No hay que buscar la raíz de sus versos en Pérez Bonalde sino en Lazo Martí. Su canto a la selva –tal vez lo más logrado de su obra poética– es un caudaloso reportaje lírico del alto Caroní.

Independientemente de las escuelas, modalidades y tendencias, los poetas se han orientado siempre hacia dos sistemas dispares de expresión. Unos cantan el reflejo de su mundo interior, de sus propios estados de alma, de sus inquietudes íntimas. Otros se vuelcan para cantar las emociones y el dolor de sus semejantes, los paisajes y las cosas, proyectando su espíritu en función de humanidad. Estos últimos, cuya sensibilidad vibra ante el paisaje, ante el suceso, ante las figuras humanas, suelen –en la hora de la responsabilidad ciudadana o de la lucha por la existencia– enrumbar sus pasos hacia el periodismo. Tal fue el caso de Calcaño Herrera y de Leoncio Martínez. Tal es el caso presente de Pedro Sotillo y de Antonio Arráiz. Los otros, los subjetivos, los anímicos, alcanzan con frecuencia elevadas actitudes poéticas, pero transitan vendados ante los linotipos, las rotativas y los pregoneros. Dicho sea, sin la menor voluntad de ofenderlos.

El conspirador

En 1918, de regreso en Caracas, Calcaño Herrera inició la labor periodística que habría de mantener durante once años. Fundó entonces, en compañía de Francisco Pimentel, Leoncio Martínez y José Rafael Pocaterra, el diario PitorreosPitorreos, a la par que periódico de aguda intención y magnífica prosa, fue vigorosa fuente de rebeldía contra la tiranía gomecista. En torno suyo emergía la simpatía de los estudiantes revolucionarios, el pensamiento de los intelectuales dignos, el descontento sin canalizar del pueblo. Job Pim y Leo, quienes figuraban en el membrete como responsables de la publicación, vivían al borde la Rotunda, cuando no se hallaban dentro de ella.

El movimiento insurreccional de 1919 estuvo tan íntimamente ligado a aquel periódico que en los corrillos políticos caraqueños se designó como “la conspiración de Pitorreos”. Los estudiantes y el pueblo de Caracas realizaron por aquel entonces una manifestación sentimental de simpatía hacia la nación belga que fue salvajemente disuelta a planazos por las huestes de Pedro García. Elementos civiles antigomecistas lograron establecer contacto con la oficialidad joven del ejército, a través del capitán Luis Rafael Pimentel y de los hermanos Andrade Mora. Alga de libertad, nacida en el remanso verdoso del gomecismo, una nueva generación de venezolanos estaba resuelta al sacrificio.

Antonio José Calcaño era de los conspiradores. En el minúsculo taller de Pitorreos se dieron cita, la noche fijada para el alzamiento, conjurados de desemejante procedencia: militares, estudiantes, obreros, intelectuales. Allí se editó el manifiesto que circularía por la ciudad, una vez conquistados los cuarteles y distribuidas las armas. Tal proclama, que un destino adverso había de dejar inédita, fue compuesta en un linotipo de Pitorreos bajo la mirada vigilante de Calcaño Herrera.

Calcaño no durmió aquella noche. Sin alterarse los latidos de su corazón, como a la hora de arriesgar la vida bajo las selvas de Guayana, se recortaba su silueta en la penumbra del taller mal alumbrado, entre el ir y venir de los comisionados, las conversaciones a media voz, la atmósfera tensa de la espera. Pasada la medianoche, Calcaño se tendió al pie de un chivalete, sin librarse del cuello severo ni desanudarse la corbata negra, aguardando la descarga que estallaría al amanecer en los patios del Cuartel San Carlos para anunciar el triunfo de la insurrección.

La descarga no se escuchó nunca. La historia refiere cómo uno de los oficiales conjurados traicionó a sus compañeros. Aquella misma madrugada fue el punto de partida de una etapa sombría de persecuciones y de arrestos, de torturas y asesinatos, que constituye una de las páginas más torvas en la oscura crónica de la tiranía gomecista.

La represión barrió a Pitorreos, Leoncio Martínez y Francisco Pimentel fueron sepultados en la Rotunda, engrillados e incomunicados, José Rafael Pocaterra y Calcaño Herrera lograron escapar de la racha inicial. Pero Pocaterra fue detenido a los pocos días y Calcaño Herrera optó por buscar refugio en un rincón de la provincia, donde se olvidase su existencia. Ningún torturado mencionó su participación en el complot. Ningún colgado pronunció su nombre.

El periodista

En el año de 1922 surgió de nuevo el nombre de Calcaño Herrera en letras de imprenta. En esa fecha fundó El Heraldo, diario de la tarde, en compañía de Francisco de Paula Páez. Aportaron entre ambos socios la suma de dos mil bolívares, único capital de la empresa. El periódico se editaba en un taller tipográfico ajeno que estaba situado entre San Francisco y Pajaritos.

Fueron penosos –árida y empinada cuesta– los comienzos de El Heraldo. Se defendía difícilmente un diario informativo, con tan exiguo respaldo económico, en un ambiente donde campeaban por sus fueros los poderosos periódicos oficiales. Al cabo de algunos meses se había perdido dinero y se continuaba perdiendo. Calcaño Herrera examinó cuidadosamente las cuentas, ya cumplida esa primera etapa dura de los diarios que es cual la gravidez de la madre, y dijo:
–Este periódico ha triunfado.

Y, en consecuencia, hizo traer de los Estados Unidos un par de prensas planas y montó taller propio de Pajaritos a Camejo, en la vieja casa donde El Heraldo habría de consolidarse como uno de los periódicos tradicionales de nuestro país.

Calcaño, en el timón de su periódico, era un trabajador infatigable y un hábil aglutinador del trabajo de los demás. Nunca entró en prensa El Heraldo sin que cada una de las galeradas que lo integraban hubiese sido leída minuciosamente por su director. A la vera de El Heraldo adquirieron o reafirmaron popularidad nombres de periodistas y escritores que hoy nos son familiares: Ángel Corao, Marco Aurelio Rodríguez, Enrique Bernardo Núñez, Joaquín González Elris, José Antonio Calcaño Calcaño, Arturo Uslar Pietri, Gonzalo Carnevali, Mario García Arocha y muchos otros. Todos ellos guardan un vivo recuerdo de aquel hombre severo y generoso cuya dignidad periodística y humana jamás se doblegó.

Era ruda su apariencia y violentas sus reacciones. Pero guardaba un noble corazón de pan blanco bajo la corteza áspera. Por un error cualquiera, por una ausencia injustificada, Calcaño se enfurecía. Mas sus redactores y empleados sabían cuán pasajero era aquel arrebato y cuánta bondad pervivía debajo de aquella llama de cólera fugaz. Si alguien de la redacción o de los talleres se acercaba para pedirle un adelanto en el sueldo, gruñía indignado.
―¡Claro! No te alcanza el dinero... Si eres un desordenado. Y a los pocos minutos, con una expresión muy diferente en el rostro, lo llamaba para decirle: ―¿Cuánto me dijiste que necesitabas? Y a la cabecera de sus obreros enfermos estuvo siempre, como un amigo.

La lección de Calcaño

La vida periodística de Calcaño Herrera fue una permanente lección de dignidad. Allí reside la causal determinante de este reportaje.

El periodismo venezolano de este siglo era una historia vil y dolorosa. El proceso de formación de una prensa independiente en Venezuela, que lograra expresiones de cimera elevación en diversas épocas del siglo pasado, quebraba su trayectoria en el sucederse de los gobiernos absolutistas. Con el advenimiento al poder de Cipriano Castro, y luego con la estabilización de Juan Vicente Gómez, esa evolución se había estancado en un fangoso tremedal de servilismo e indignidad. Don Rafael Arévalo González, que pretendió salvar el concepto y la tradición de nuestra prensa, era ya un preso político profesional, sin derecho a ejercer el periodismo.

Las preguntas eran rituales:

―¿Por qué no elogia usted al general Gómez? ¿Por qué no ataca usted a los enemigos del general Gómez?

Calcaño barajaba respuestas de diverso estilo:

―Mi periódico es estrictamente informativo. Usted sabe muy bien que yo no me ocupo de política.

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(Este texto fue publicado originalmente el 13 de enero de 1946).