Morteros del EI empujan de nuevo a los civiles de Mosul a campos refugiados

El Ejército posee el este de la ciudad y los yihadistas el oeste. 968 personas se desplazaron desde la ciudad a tres campamentos de refugiados, mientras que otros se fueron a otras localidades del país

EFE

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El miedo a los continuos ataques con morteros y drones del grupo terrorista Estado Islámico (EI) en los barrios liberados de Mosul está empujando a los civiles a huir de nuevo de esta ciudad del norte de Irak hacia los campos de refugiados.

La escena se ha vuelto cotidiana: un proyectil cae sin previo aviso en medio de un barrio populoso o en un lugar de ocio, o cerca de un edificio público; las ambulancias evacúan a las víctimas y la metralla deja su huella en las fachadas de los edificios, castigadas por más de tres meses de combates.

"La situación es muy difícil. No hay lugar seguro", dijo a Efe Hamid al Nesmaui, un habitante de Mosul, según el cual por lo menos un millar de personas ha vuelto a hacer las maletas por el temor a los ataques indiscriminados del EI.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha constatado un repentino movimiento de regreso hacia los campamentos, que habían comenzado a vaciarse tímidamente con el final de la campaña militar en el este de Mosul el pasado mes de enero.

En los últimos dos días, 968 personas llegaron a los tres campos de desplazados establecidos al este de Mosul, mientras que otros 703 civiles regresaron a sus hogares desde estas instalaciones.

Muchos civiles habían decidido regresar a sus casas, pero se encontraron con unas condiciones de vida espartanas y "una ciudad altamente militarizada", además de los ataques constantes del grupo yihadista, explicó a Efe la portavoz de ACNUR en Irak, Caroline Gluck.

Otros muchos civiles han preferido buscar refugio en casas de familiares en Erbil, capital de la vecina región del Kurdistán iraquí, o en Bagdad, a la espera de que concluya la ofensiva en la mitad oeste de Mosul, que dio comienzo el pasado domingo.

Actualmente hay ocho campamentos en funcionamiento en las provincias de Nínive y Saladino, y en el Kurdistán, que han dado acogida a cerca de 160.000 personas y que esperan la llegada de otras 245.000, que se calcula que podrían huir de los combates en el oeste de Mosul.

Los disparos y atentados del EI son una venganza contra los civiles, a los que, desde los altavoces de las mezquitas, declaró "traidores" porque se negaron a seguir a los terroristas en su retirada a la orilla oeste del río Tigris, que divide Mosul en dos de norte a sur.

Como fruto de estos ataques, unas 50 personas son atendidas diariamente solo en la clínica de Al Moharabin, una de las cinco que funcionan actualmente en el este de la ciudad, dijo a Efe su director, el doctor Mohamed S. Ali.

La clínica fue inaugurada hace dos meses, inmediatamente después de la toma por las fuerzas iraquíes del barrio en el que se encuentra, y todavía no está plenamente operativa, puesto que el quirófano será abierto dentro de una semana.

Por ello, los casos más graves son derivados al hospital de Bartalá o de Erbil, que se encuentran a 10 y 90 kilómetros de distancia, respectivamente.

Los bombardeos preocupan al propio personal sanitario de la clínica, que prefiere no dar entrevistas para evitar llamar la atención de los yihadistas.

También han alterado la rutina de los niños, que acaban de volver a las aulas por primera vez en dos años, periodo en el que algunos no fueron escolarizados y otros frecuentaron las madrasas (escuelas musulmanas) desde las que el EI trató de adoctrinarles en su ideología fundamentalista.

Para evitar ser blanco de las bombas y proyectiles, los escolares tienen prohibido salir al patio a la hora del recreo, relató a Efe Ali Saleh, un habitante de Mosul.

Saleh ya no permite a su hijo poner un pie en la calle, lo lleva a la escuela en taxi o en un minibús alquilado por los padres de los alumnos, y en las horas de ocio, permanece bajo techo.

Sin embargo, este vecino no se plantea abandonar Mosul y pone sus esperanzas en que el Ejército expulse al EI de la mitad oeste de la ciudad, último reducto de la organización radical.

"Prefiero esperar a que liberan el resto de la ciudad. Entonces estaremos seguros. Sin agua podemos sobrevivir, pero las bombas nos matan de miedo", resumió.