Quinto capítulo: Dispara y olvida

  

Cinco

El comisario 

El comisario del cantón central, Ramón Cabello, agarró con la mano uno de los vigiglobos que sobrevolaban Caracas y lo movió al este, más allá del cantón central, hacia el cantón chino.

En realidad, se trataba de una escena holográfica de la ciudad de Caracas –más o menos del tamaño de una mesa de billar–, en la que se representaban en tercera dimensión los cuatro cantones: el cantón del centro, el cantón chino, el cantón musulmán y el cantón gringo.

La representación holográfica no era real, naturalmente, –sólo una simulación–, pero los vigiglobos sí que lo eran y cuando el comisario los movía –uno a uno, con la mano–, los globos aeroestáticos vigilantes de quince metros de largo que sobrevolaban Caracas, también se movían sobre el paisaje de la ciudad.

Los vigiglobos estaban cargados de cámaras de alta resolución y de sensores infrarojos que podían detectar a un objeto cualquiera o a una persona, telescópicamente, como si estuviesen sólo a unos metros de distancia. De día o de noche.

Generalmente, los vigiglobos funcionaban en modo autómático, eso sí, con un programa de identificación de objetivos que les permitía vigilar a la gente y reconocer los patrones de sus rostros.

Naturalmente, era un sistema imperfecto.

Porque, bueno, la gente a veces se pone cachuchas o gorras, o camina por zonas cubiertas o, simplemente, baja la cabeza, y eso dificulta que las cámaras y los sensores y el software funcionen correctamente.

Esta precisa noche al comisario Ramón Cabello le producía una rabia indecible que los vigiglobos no fuesen lo suficientemente eficientes como para ayudarlo a resolver el problema en el que estaba.

Porque estaba en un problema serio:

Rubí Rodríguez, una actriz de telenovelas holográficas –probablemente la actriz más popular de los cuatro cantones–, había sido raptada. Y enfrente de todos, para más vaina.

Era algo inaudito –nunca había pasado semejante cosa hasta donde él sabía–, algo que verdaderamente alteraba la paz y la concordia de la ciudad bajo la montaña y que ponía en duda la capacidad del comisario para resguardar el orden. ¿Qué dirían sus superiores? Podrían haber serias consecuencias administrativas para él.

Coño, Cabello, ¿qué vas a hacer?, se preguntó.

Tranquilízate, Ramón, por favor.

Empujó suavemente el vigiglobo un poco más hacia el este y en la escena hológrafica empezaron a aparecer las calles y los inmundos rincones del  cantón chino, iluminados verdosamente por el infrarojo.

¿Cómo carajos iba a encontrar a la Rubí en aquel sucio suburbio lleno de ojos rasgados y de fideos malolientes?

Lo ideal sería mandar una comisión de Policía Cantonesa, –la Polican–, al cantón chino (que era el que estaba aledaño al cantón donde había ocurrido el rapto, el cantón central) para que hicieran una redada. Desgraciadamente, no contaba con la autoridad para hacer semejante cosa. El “Acuerdo de los cuatro cantones” le impedía hacerlo. Una mierda.

Aquel era un mundo aparte. Los chinos funcionaban con casi total autonomía en su propio cantón. Incluso, habían solicitado una dispensa constitucional –que, afortunadamente, había sido negada– para separarse de Venezuela.

Que se jodieran, él tenía sus medios. Buena parte del presupuesto de la policía del cantón central se iba en informantes que tarde o temprano le darían…

De pronto, sonó una llamada de alarma que se transformó –en la escena holográfica que tenía enfrente– en la voz y en el rostro del Presidente de los cuatro cantones, Natalio Recio:

–Comisario Cabello, ¡esto es inaceptable! –decía la voz, más bien histéricamente.

–Señor, Presidente, la verdad…

–Déjese de estupideces. ¿Dónde está la Rubí Rodríguez?

–Señor Presidente, la estamos rastreando con los vigiglobos…

–Me importa un carajo, comisario. Consiga a la Rubí o le va en juego su cabeza.

–Señor Presidente, entiendo que es importante… pero, después de todo, es sólo una actriz… –Cabello trataba de quitarle importancia al asunto porque sabía que podría tener consecuencias desagradables para él.

–Mire, imbécil, ésa actriz, como la llama usted, es mi novia. Tiene hasta mañana al mediodía para encontrarla.

–No lo sabía, Señor Presidente, muy bien… Pero si usted es su novio, como dice…

Y ahí se borró de la escena holográfica el rostro y la voz del Presidente de los cuatro cantones y sólo quedarón los cuarenta vigiglobos que vigilaban la ciudad, ronroneando sobre el valle oscuro, como fantasmas.

Para el comisario Cabello esto ya era demasiado: estaba acostumbrado a un mundo en el que no pasaba prácticamente nada. No había en su mundo tragedias ni dramas, ni mucho menos actrices de holonovelas raptadas, por favor. El mundo del comisario era un mundo tranquilo –con algunas excepciones– en el que tenía que intervenir muy poco. Sólo como mediador.

Pensaba el comisario Cabello que –a pesar de que los cuatro cantones no eran del todo estables– había en su mundo una especie de… felicidad.

La vida era casi perfecta en la Caracas de los cuatro cantones.

Bueno, a veces desaparecía alguien sin dejar rastro alguno… una que otra vez le había tocado sacar cadáveres del río que atravesaba la ciudad; dos semanas atrás encontró dos cabezas decapitadas en un basurero…

Eran casos aislados, nada por lo que preocuparse.

Pero, ¿dónde estaría la Rubí? Se pasó la mano por el cráneo totalmente calvo y reluciente y luego se atusó sus bigotitos negros con nerviosismo. Era un personaje robusto de un metro setenta de estatura pero la angustia que le producía este caso le daba un aspecto de gelatina temblorosa.

Activó de nuevo la escena holográfica y movió con la mano los vigiglobos todavía más al este, más allá de Altamira.

Hacia el cantón musulmán.

Quizá la encontraría a la Rubí –maldita sea– antes del mediodía entre los árabes. Pero se preparó, sin embargo, para salir a hacer un poco de trabajo de campo. Esta era una tarea que los vigiglobos no podían terminar por sí solos.

Después de todo, él era el comisario Cabello y ahora tenía una misión.

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El Presidente de los cuatro cantones, Natalio Recio, se desconectó de la llamada holográfica que le había hecho al comisario Cabello, con un gesto de fastidio: aquel comisario era un incompetente. Al instante, la escena holográfica se restauró y aparecieron la ciudad y los vigiglobos. Pudo ver cómo el comisario movía (sólo ellos dos tenían la clave para activar los vigiglobos) un par de ellos hacia el cantón musulmán y lanzó un suspiro.  No creía el Presidente que los raptores –o el raptor, no se sabía si era uno o varios– se hubiesen movido tan rápido como para llegar hasta el cantón musulmán. Seguramente estaban escondidos en el cantón chino, que era el cantón más sucio de todos.

Quizá se había excedido un poco diciéndole al comisario Cabello que la bella Rubí era su novia, pensó de prontó, con una pizca de vergüenza. Aunque eso ahora no tenía ninguna importancia, en todo caso, decidió. Lo importante era encontrarla y rápido. No fuera a ser que le pasara algo, coño.

En realidad, Recio sabía que no se podía considerar como novio de la Rubí todavía; no, todavía no.  Era cuestión de tiempo, claro. Era posible que ella no supiera que era su novia futura pero para él era como una propiedad esperando a ser tomada.

Se la había encontrado en un par de reuniones sociales en el Palacio de los cuatro cantones y hasta logró llevársela a un aparte y agarrarle una mano y susurrarle…

De pronto, sonó la alarma del holovisor y en la escena frente a él apareció de nuevo el rostro del imbécil comisario Cabello, muy alterado:

–Señor Presidente, le informo que hemos encontrado un muerto muy cerca del lugar del rapto de la Rubí Rodríguez... pensamos que podría estar relacionado con la desaparición de su… er, novia. También hay un herido de bala en mal estado. La verdad, no sabemos si esto es un ataque terrorista o qué…

El Presidente Natalio cortó la comunicación holográfica sin siquiera responderle al comisario y se cubrió el rostro con las manos.

Sin darse cuenta –mientras se le aguaban los ojos– se puso a tararear:

“Caminante, pasa ya de largo que yo menos mal que te olvidé”.