Cuatro poemas de Charles Wright (1935)

Poetry foundation

Virgo en descenso

A través del verde oxidado (y el negro del fósforo quemado),

A través de la sangre de buey y el ocre, la arcilla color jamón,

A través de cada lámina, allá abajo

Donde la lombriz y el topo no alcanzan,

A través de la veta mineral y la veta de fuego,

Mi abuela, senil y con 89 años, la espalda torcida, descansa

Como una puerta entreabierta sobre su suave cama,

Las vigas descubiertas y las tachuelas del salón

Rosadas como la piel de un niño en la oscuridad flotante;

Virutas y rizos cae como copos de nieve sobre su rostro.

Mi tía y yo pasamos a su lado. Como siempre, mi padre

Está planificando habitaciones, arrastrando su pierna tullida,

Paralizada por un ataque, extranjera, llevándola tras él,

Tabla aberrante que no termina de encajar.

Apoyo mi cabeza en el hombro de mi tía, sintiéndome

En casa, y sigo caminando.

A través de arcos y jambas, cables arañescos

Y alambres enrollados, el plano toma forma:

El cuarto de mi madre a la izquierda, la puerta cerrada,

El cuarto de mi padre a la izquierda, la puerta cerrada.

Más adelante, el cuarto de mi hermano, inconcluso;

Atrás, el cuarto de mi hermana, también inconcluso.

Contrafuertes, manijas, aparejos y poleas: la escala de todo

Es enorme. Seguimos caminando. Y pasamos

El cuarto de mi tía, casi completo, las cortinas abiertas,

La lámpara y medicinas acomodadas

En su lugar, al alcance de la mano desde donde estará la cama.

El próximo es el mío, ya construido poco más de la mitad,

Empalagado por el olor de los jazmines

De encías blancas, ansiosos, sus bocas chupando el aire hasta

                                                                                        secarlo.

El hogar es donde te acuestas, o lo que cuelga sobre ti, la casa

Que hizo tu padre o sigue haciendo,

La tierra que humedeces, la savia que levantas y nutres.

Entro en la sala, también inconclusa, su pared más lejana

Ausente, abierta a un resplandor

Que no puedo empezar a imaginar, una luz

Desde la cual camina mi padre, acercándose a mí,

Arrastrando su pierna derecha, enrollando limpiamente sus planos.

Esa luz, murmura, esa maldita luz.

No podemos mantenerla afuera. Siempre vuelve a llenar tu cuarto.

Morandi

Hablo de la quietud, el silencio

Del bol de centro hecho de porcelana, el vaso, el jarrón.

Hablo del espacio, que tiene un solo lado,

Sin respuesta y abandonado a la aridez.

Hablo de la pintura, de la forma, del vacío

Del que son centinelas estos objetos, y desde el cual se alzan.

Hablo del pecado, gota roja, gota blanca,

Su torcedura y su curva, que es azul.

Hablo de botellas y ruina,

De lo que mostramos a la oscuridad, y para qué.

Muerte

Te tomo como tomo la luna alzándose,

Oscuridad, negra polilla negra donde arde la luz.

Primavera abstracta

Las notas por las que caigo caen desde el labio del cielo,

Mil años de música descordada por el viento.

¿Qué me importan el sustantivo y su adjetivo?

¿Qué me importan el brillo rápido que viene hacia mí

Tan callado, como una línea ardiente a través del lago?

Los guantes verdes de la higuera se despliegan bajo el sol.

Los narcisos abren rajas en sus capullos.

Y las abejas saquean, reluciendo al entrar y salir,

Mientras arrasan a las Reinas de la Noche y el árbol de lima florece,

Frotándose los ojos para limpiarse el sueño.

Está recogido el cabello de la luna llena.

El cálido rocío se encoje sobre las hojas de hierba,

Una línea en la página que hacen juntos el cielo y la tierra.

Escaso y arrugado, exprimido,

El poema es lo que resta luego de moler esa dicha murmurada.