Nota al margen: Cuando miro hacia el pasado, solo veo cosas desconcertantes

Casa Litterae

Cuando miro hacia el pasado, solo veo cosas desconcertantes: azúcar, diamelas, vino blanco, vino negro, la escuela misteriosa a la que concurrí durante cuatro años, asesinatos, casamientos en los azahares, relaciones incestuosas.

Aquella vieja altísima, que pasó una noche por los naranjales, con su gran batón y su rodete. Las mariposas que, por seguirla, nos abandonaban.

La obra de Di Giorgio explora desde su candidez enrarecida ese ámbito en el que lo más cercano y lo más atemorizante se encuentran, en el que lo familiar y lo misterioso se vuelven uno, en el que lo confortable y lo incómodo, se dan la mano. La autora se mueve en el pasaje entre lo racional y lo irracional, fluye sin frenos entre lo real y lo irreal, entre lo erótico y lo infantil, entre la herencia y lo espectral, niega la fragmentación entre las especies o la separación de la materia en el universo. Su contemplación y su traducción de los mundos, desde la bisagra entre estos territorios difíciles y peligrosos, la sostiene y evidencia como testigo inevitable cumpliendo una misión: la de transmitir al otro lo que ella ha visto. Siempre en tránsito entre la prosa y la poesía, Di Giorgio es la eterna niña descalza, vestida con traje claro de gasa, adentrándose en un bosque conocido, oscuro y húmedo, a altas horas de la noche, vagando sensual y sin saberlo, sin saber bien hacia dónde pero intuyendo que la única estancia posible es arriesgadamente curiosa, descaradamente dulce.

Historial de las violetas es un libro encantado que como buen ejemplar de su tipo, como asombroso modelo ¿o espécimen? de la obra de la autora, se dibuja y se expande desde su recuadro breve hacia espacios imprecisos. Espécimen híbrido e inquietante, se difumina, traza líneas tornasoladas y poco definidas más allá de sus páginas hacia el mundo exterior, poniéndolo en duda.

“I

Me acuerdo del atardecer y de tu alcoba abierta ya, por donde ya penetraban los vecinos y los ángeles. y las nubes –de las tardes de noviembre– que giraban por el suelo, que rodaban. los arbolitos cargados de jazmines, de palomas y gotas de agua. Aquel repiqueteo, aquel gorjeo en el atardecer.

Y la mañana siguiente, con angelillas muertas por todos lados, parecidas a pájaros de papel, a bellísimas cáscaras de huevo.

Tu deslumbrador fallecimiento”.

La escritura de Di Giorgio es comprobación del encantamiento y de su persistencia en el mundo contemporáneo; es evidencia de que la magia existe a pesar de la resistencia instaurada ante ella por los sistemas de pensamiento racionales en el mundo moderno, siempre empeñados en mantener distancia prudencial con respecto a cualquier realidad escurridiza, de naturaleza indefinida, por considerarla irracional, ilógica, inválida, o en el mejor de los casos, marcada por la tradición y el atraso. Ante esta postura racional (hostil) aparece Di Giorgio, devolviendo el misterio al mundo natural y a la experiencia humana, enfrentando (así la ve quien escribe: como una heroína) con su obra potente aquellas ínfulas de superioridad, el empeño en convertir cada manifestación de la existencia en predecible y manipulable, conquistable, utilizable e incorporable a un sistema de pensamiento en el que todo y cada cosa o ser tendría su lugar preestablecido, toda y cada manifestación podría conservarse en su gaveta; toda y casa cosa, inventariada y sopesada. Centrándose cada vez más en lo humano, antropocentrizándose al máximo, el mundo y el universo se han vuelto paradójicamente más impersonales, menos naturales, menos “reales”, diríamos. Parece que el miedo guiara esta racionalidad, el miedo a lo incomprensible, a lo ilógico, a lo salvaje, a todo aquello que se niega a su encasillamiento. El afán de control no es más que evidencia de ese miedo. Viene a colación Saler (un aliado de Marosa en el camino de bosque) que lejos de desencantarse, en este proceder, las élites modernas “se han encantado a sí mismas con el hechizo del desencantamiento”. Siempre habrá un espacio inexplicable, y ellas intentarán postergar su respuesta, jamás se dirán incapaces, continuarán llevando el traje encantado de lo racional como única protección al traje real del encantamiento.

“X

A esta hora las chacras se quedan solitarias; pero, de vez en vez, sobresalen de entre las hojas, las cabezas negras de los ladrones.

Andando por algún camino, surgen de pronto, los gallos salvajes y están allí, de pie en el aire –la uña en corva, la negra cesta llameante–, están allí de pie, escudriñando, escuchando.

Y antiguas voces, clamores increíbles, vuelven a contar, a anunciar sucesos ya remotos, viejas bodas, viejos funerales.

Y la luna quieta, traicionera, en su cueva de membrillos”.

En la aproximación de lo humano universal a lo inexplicable, a aquello que aquella lógica considera terrorífico, a lo fantástico en el borde entre lo familiar y lo no-familiar, es posible también pensar el trabajo de Di Giorgio como emergiendo de la nuez de lo uncanny. Si lo uncanny como concepto psicoanalítico nace de la unificación de la casa o lo hogareño con lo extraño o lo foráneo en la palabra dual Heimlich/Unheimilich, Di Giorgio neutraliza, retoma la cercanía entre esos dos ámbitos al unificar los reinos vegetal, mineral, animal, al emparentarlos y acercar además lo humano a lo intangible y sobrenatural. En esta obra animales, plantas y seres indefinidos se encuentran en el filo de la noche, en el precipicio de la madrugada. Se alimentan el uno del otro, copulan, conversan, y sencillamente están, sin miedo o mejor aún, entendiendo el miedo como instancia necesaria para la creación y su propia estancia en el universo.

“IV

Es la noche de las azucenas de diciembre. A eso de las diez, las flores se mecen un poco. Pasan las mariposas nocturnas con piedrecitas brillantes en el ala y hacen besarse a las flores, enmaridarse. Y aquello ocurre con solo quererlo. Basta que se lo desee para que sea. Acaso solo abandonar las manos y las trenzas. Y así me abro a otro paisaje y a otros seres. Dios está allí en el centro con su batón negro, sus grandes alas; y los antiguos parientes, los abuelos. Todos devoran la enorme paz como una cena. Yo ocupo un pequeño lugar y participo también en el quieto regocijo”.

Marosa di Giorgio, vidente en ese momento, a esta hora precisa (las diez en la noche de las azucenas de diciembre) es testigo, a partir del mecer de las flores, de la apertura de un tiempo mágico que se manifiesta en la aparición de mariposas que son cristal y que en respuesta al deseo de la niña se comunican con las flores como una sola especie; en presencia de Dios, aparición nocturna de bata negra y alas que junto a los abuelos devora la inmensa paz. La autora circula entres esos espacios que la modernidad ha establecido como separados pero que se encuentran, se comunican y conectan apenas giramos la mirada, desordenando (devolviendo al orden) todo lo separado desde la lógica racional, evidenciando que el encantamiento es parte de nuestra condición humana.

Di Giorgio devuelve a quien la lee el miedo a lo sobrenatural como experiencia necesaria, como derecho, como experiencia indispensable para sentirse no solo a merced de las fuerzas incontrolables que a pesar de los esfuerzos de la racionalidad siguen siéndolo, sino gracias a ellas, más cercana a casa. Así, Historial de las violetas nos regresa a casa de la mano de esa niña descalza y de traje de gasa en la mitad de la noche. En ese trayecto nocturno, asiste en efecto a esta lectora la certeza de que a magia es oxígeno de lo real (¿qué es lo real?), de que la existencia es más completa gracias a su magia incorporada.

“XII

Aquellas botellitas de perfume, aquellas botellitas color oro, color limón de oro, color perfume, aquellos porroncitos diminutos, aquel sándalo, aquella clavelina, esa violeta, pesaban como un higo, como un solo grano de uva, rojo y rosado y color oro, como un grano de uva roja y rosada y color oro aquellas botellitas increíbles. En torno a ellas reconstruye la casa.

¿Dónde habitarán ahora? ¿Solo en un recuerdo, en un espejo, en la fotografía más vieja? A veces, transitan por el aire, las conozco; se dirigen allá, llegan a aquel lugar estratégico. Y mis trenzas de antaño las encuentran”.