Luis Perozo Cervantes: “Escribir es una manera útil de estar vivo”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Luis Perozo Cervantes: “Escribir es una manera útil de estar vivo”. Texto: Margarita Arribas / Fotos: Fernando Bracho

Fernando Bracho

Nacido en Maracaibo, en 1989, firma siempre con sus dos apellidos. Desde su ciudad natal, sucesivamente, inventa formas para animar la escena literaria. Su poesía, que navega entre el discurso amoroso y el discurso político, ha sido recogida en nueve libros, sin contar los que mantiene inéditos. Locuaz y beligerante, se declara pansexual y separatista.

Nunca se ha sentado a esperar el futuro. Prefiere estar en un hacer continuo. Un repaso por su corta biografía lo muestra conformando un consejo comunal, organizando un festival de poesía, activando movimiento por la diversidad sexual, inmerso en debates de la Sociedad Bolivariana, completando cuadernos de poemas o editando libros artesanales. “Siempre fui voluntario para todo”.

Sus días transcurren entre la Vereda del Lago, donde trabaja desde adolescente en el negocio familiar; la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, donde estudia Letras; y sus labores como encargado de las actividades literarias de la Alcaldía de Maracaibo, un trabajo que le permite un horario flexible en el Museo de Artes Gráficas Luis Chacón, en pleno centro de la ciudad.

Parece mayor de lo que es. Tiene una presencia rotunda, pero poco intimidante gracias a su parsimonia. Para la conversación es un maratonista: sus respuestas llevan velocidad de crucero y se dirigen a un norte fijo. No se distrae ni se deja interrumpir. La vehemencia va más en las palabras y los ademanes que en las inflexiones de su voz.

Un niño entre adultos

Desde niño ha tenido labia. Su abuela paterna cuidaba de él mientras su madre cosía en el taller improvisado en una habitación. “Yo hablaba como una cotorra con mi abuela y sus amigas. No había otro entretenimiento. Como ellas me escuchaban, yo conversaba a mis anchas. Todas esas señoras querían al negrito chiquito”.

Hasta los nueve años de edad, vivió con sus padres y familia paterna en El Guayabal, una urbanización de clase media. La casa era enorme, con un galerón donde cabían seis carros y unas matas de mango en las que se trepaba. Sus padres, Luis Antonio Perozo y Sol María Cervantes, se casaron muy jóvenes, y tras confirmarse el inesperado embarazo de Sol, se residenciaron en la casa de los Perozo. El primogénito nació un día antes de la caída del muro de Berlín, como apunta el poeta. “Vine al mundo de este lado de la utopía”.

Las comodidades en la casa de los abuelos también se derrumbarían como el muro, pues al cumplir el niño un año, su abuelo, profesor universitario y proveedor del hogar, se marchó. Luis y Sol debieron abandonar sus estudios de ingeniería agronómica para mantener a la familia: Sol cosía muñecas de trapo, peluches gigantes y otras manualidades y artesanías, que su esposo salía a vender. “En las primeras imágenes que guardo, yo estoy en la cuna y mamá está cosiendo con la radio prendida. Recuerdo aquella voz de los locutores de AM…”.

En El Guayabal había pocos niños, y sus hermanos tardaron en nacer cinco y trece años, respectivamente. El contacto con gente de su edad comenzó a ser regular a partir de la escolaridad. Primeramente, lo inscribieron en el kínder Cruz Carrillo, y luego pasó a una escuela pública llamada Zulia.

De su estancia en esa primera escuela, recuerda el día en que la maestra los obligó a refugiarse bajo los pupitres. Se debió a un tiroteo en la cercana cárcel de Sabaneta, donde estaba ocurriendo una masacre. Para entonces cursaba segundo grado. También cuenta que en unos carnavales ganó el concurso escolar de disfraces con un traje de Simón Bolívar. Lo había confeccionado su madre, pero pocos distinguían de qué personaje se trataba. “Fue traumático. Yo peleaba y decía: ‘Soy Simón Bolívar’. Pero me contestaban: ‘No, tú eres Negro Primero’”.

En su casa no había libros. Acaso alguna enciclopedia, pero sin títulos de literatura. “Como a mi papá le costó mucho aprender a leer, y mi abuelo no tenía paciencia con él para que aprendiera, en las tardes, cuando tenía tiempo, se sentaba conmigo y me enseñaba a leer, tal como luego lo haría con mis hermanos. Mi mamá era menos paciente: nos puyaba la cabeza con un alfiler cuando no entendíamos. Pero mi papá no. Mi papá nos enseñaba a leer de la manera en que él hubiera querido aprender”.

Un hermano de su abuela, el tío Juan, que vivía con ellos, lo introdujo al ajedrez cuando tenía ocho años. “Pasaba mucho tiempo con el tío Juan. Y como a mí me gustaba mucho el Monopolio y él lo odiaba, un día me dijo: ‘Te voy a enseñar un juego de hombres’. Y aprendí”.

Las maneras infantiles

Al cumplir nueve años, cambiaban el escenario, la compañía y las costumbres. Su padre trabajaba entonces como chofer de tráfico en la línea de Sabaneta, donde estuvo por quince años. Fue ahorrando y compró un terreno en una zona despoblada para entonces: el sector Los Altos. Y allí construyó. “La casa no tenía pisos ni ventanas. Techo nada más. Estábamos como fuera de la ciudad. No había transporte público”.

Sus padres se mudaron primero, y él se quedó con la abuela. El arreglo duró seis meses, porque al cabo terminó yéndose a Los Altos. “Fue un cambio de escenario radical. De tener un patio lleno de cemento, pasé a tener un arenal. Todas las mañanas veía cruzar las vacas hacia un hato cercano. Y las vacas se metían en la casa. No había cloacas, sino pozo séptico. El verde solo aparecía en unas matas de plátano que había sembrado mi mamá. ¡Qué poca vocación de sufrir tenía yo en ese momento!”

Pero aquel erial fue también liberador. Había niños en la zona. Aprendió a hacer petacas y llegó a perder varios sacos de metras en buena lid. En tercer grado lo inscribieron en El Rosario, una escuela cuyo patio estaba presidido por Pitágoras y su teorema, ambos desdeñados por la muchachada. Era el nuevo en el colegio, leía con soltura y hablaba de todo y todo el tiempo. Se convirtió en un estudiante popular.

Pero esa popularidad tenía un revés poderoso: los lentes que su madre le sujetaba con una tira y su amaneramiento, que lo hacían candidato ideal para el acoso escolar. “Hasta los doce años fui un niño afeminado –algo que no se nota hoy. Lo supe en el colegio porque me comenzaron a decir mariquito. Yo era un niño muy consentido, y ya eso era difícil en ese barrio y a esa edad”.

“Tuve que estrenarme en las peleas a puñetazos en cuarto grado. Y en sexto fue peor, aunque no guardo rencor. Casi mato a un compañero con el que había compartido salón durante cuatro años. Se metían conmigo una y otra vez, y ese día exploté. Le agarré la cabeza y le di contra la pared. Todo el colegio fue a ver la pelea. Pero en el fondo fue importante, porque logré defenderme”.

Un día supo de otro país. Uno donde muchachos de doce años estaban en tercer grado con los de nueve, donde un gobernador ordenaba tumbar una escuela que luego no remodelaba por falta de presupuesto. El estudiantado quedaba a la intemperie. “El colegio no tenía salones. Cuarto, quinto y sexto grados los cursé debajo de matas de mango. Fue una aventura fabulosa”.

Su conocida labia propició que, cuando los periodistas de un noticiero regional se acercaron a la escuela para reportar el estado del edificio, los maestros lo designaran como vocero. Alzó un pupitre y gritó a cámara: “¡No tenemos salones! ¡No tenemos pupitres! ¡Este colegio no tiene techo!”. Sus reclamos estuvieron saliendo al aire durante un mes como cortina de ese noticiero.

Los bautizos de fuego

Desde pequeño, Luis formaba parte de la Sociedad Bolivariana, afiliación que mantuvo en el liceo y que le permitió salir por primera vez de Maracaibo. Ocurrió cuando cursaba cuarto año de bachillerato, y viajó a Monagas para representar al Zulia en un evento nacional. Llevaba una ponencia sobre Bolívar y la educación, en la que alertaba sobre el hecho de que el Gobierno hubiera abandonado los liceos por las misiones educativas. Se sintió importante.

Más allá de los libros de texto, sus lecturas de infancia se habían limitado a uno que otro libro sobre pensamiento bolivariano. Pero cuando tenía trece años, un día encontró un ejemplar de Cien años de soledad. El libro pertenecía a su madre. Lo leyó con avaricia, y cuando llegó a aquello de que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”, recomenzó la novela. No pudo terminarla porque su hermano, que entonces tenía ocho años, estaba celoso y se la había escondido. Reconoce que la novela de García Márquez fue iniciática en muchos sentidos. “Culpo a Cien años de soledad de cierta parte de mis preferencias sexuales. La manera en que veo el mundo y en que entiendo la sexualidad está estrechamente relacionada con el momento en que José Arcadio penetra a aquella gitana flaquita y la desarma. Era una mujer sin senos, andrógina, pienso yo, que tuvo una relación sexual con él casi masoquista, disfrutando de ese sufrimiento”.

El próximo libro fue un texto de autoayuda, y notó la diferencia. Por eso buscó otras lecturas. Empezó a frecuentar la biblioteca del liceo, un salón con mesas cojas y un aire acondicionado ruidoso. “Los libros de literatura estaban bajo llave. Le pregunté a Eduardo, uno de los bibliotecarios, si podía tocarlos. Se acercó y abrió el estante. Descubrí que los números de la revista Bohemia venían empastados. Y empecé a buscar otros libros. Leí CanaimaDoña Bárbara... A Uslar lo leí en noveno grado, porque nos pusieron Las lanzas coloradas como trabajo de fin de año. La profesora Mirna, con aquello de los límites de la comunicación o de la relación entre emisor y receptor, me hizo odiar ese libro hasta el séptimo capítulo. A partir del momento en que le prenden fuego a la casa, violan a la hermana de Fernando y la pobre mujer empieza a caminar como una loca, me devoré los capítulos restantes”.

Con la testosterona, vinieron también otros cambios. “Había pasado de ser un niño amanerado a ser un adolescente criado con fuego en la casa para que dejara los ademanes”. Como parte de la receta, ingresó a una brigada juvenil, de corte ecológico, que a los doce años lo terminó llevando a su primer empleo, como encargado de los baños de la Vereda del Lago, donde sus padres ya tenían dos kioscos de venta de comida.

Tiempo después, siendo ya universitario, se enamoraría de una muchacha con la que mantuvo una intensa relación. “Todos nacemos bisexuales de paquete, o al menos eso es lo que me parecía. De niño, siempre pensé que los griegos eran maravillosos, porque no tenían ningún tipo de prurito”. Hoy se asume pansexual y participa en la asociación civil Ciudadanía Diversa.

Agua de coral

En paralelo a su educación secundaria, una incipiente conciencia política lo llevó, entre otras cosas, a participar en la fundación de los primeros consejos comunales del sector donde residía. “De los doce a los diecisiete años, fui un aguerrido niño chavista. Era un adolescente enamorado de una revolución que estaba sucediendo. Creía que estaba viviendo un momento estelar de la historia de Venezuela. Por eso, cuando se fundaron los primeros consejos comunales, fui el primer voluntario, el que hacía los censos, el que recorría todos los barrios”. Fueron años febriles, en los que logró fundar en su comunidad una casa de la cultura y un club de ajedrez, donde enseñaba a jugar a los niños.

En el bachillerato, llegó a representar al liceo en algunos torneos de ajedrez, pero no participó en ningún evento literario porque no existían: “En mi liceo, para que ocurriera algo tenía que inventarlo yo”. Y lo terminó inventando. Supo que la poeta Xiomara Rivas daba unos talleres literarios para el Circuito Liceísta de las Letras y le propuso celebrar el Día del Libro en el liceo. También organizó un taller de teatro, que era el de su preferencia, pero como estaba lleno terminó en el de poesía. Y quedó maravillado.

Hoy entiende aquellos talleres como parte de un proyecto más político que literario. Sin embargo, a Rivas le agradece la explicación de la metáfora con unas líneas de los Versos sencillos de José Martí. “Dijo que la realidad poética existía cuando era posible un surtidor de agua de coral, que no es solamente un surtidor de agua roja. Eso fue como una revelación. Quedé enganchado a la poesía desde ese día”.

De los talleres salió una invitación a la Casa Nacional de las Letras, en Caracas. Era menor de edad e iba por primera vez a la capital. “Frente a un gentío, leí unos poemas horrorosos. Me aplaudieron y conocí a otros poetas de mi edad, muchos de los cuales son buenos poetas hoy… Y ahí decidí que iba a estudiar Letras”.

Tres marcadas influencias

Aparte de su padre, fallecido en 2014, Luis reconoce tres influencias mayores: Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra en la promoción cultural y Carlos Ildemar Pérez en la producción poética. A Hernández, fallecido en 2009, lo había conocido en las reuniones de la Sociedad Bolivariana. Ya en 2007 comenzó una complicada relación con el historiador: “Luis Guillermo me introdujo al mundo cultural de la ciudad. Empecé a trabajar con él: le servía de transcriptor, organizamos eventos, fui su asistente de investigación. Yo salía de la Escuela de Letras y me iba para su casa. Era un estudiante privilegiado, porque tenía una biblioteca de treinta y cinco mil ejemplares a mi disposición. Era una persona que me explicaba todo, pero también era un hombre difícil”.

Por sugerencia de Hernández, conoció al poeta Carlos Ildemar Pérez, a la sazón director de la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia, y se ofreció como voluntario para organizar actividades. Poco tiempo después, le estaba enseñando al profesor un cuaderno de poemas. Pérez se tomó una semana para leerlos y luego le mostró el cuaderno todo rayado. Luis entendía que ninguno de sus poemas servía. Así comenzó una amistad y una guiatura que persiste.

El historiador Jesús Ángel Parra lo ha acompañado en muchos de sus proyectos de promoción cultural. Luis se acercó más a él después de la muerte de Hernández. De Parra ha aprendido el tacto que se requiere para la gestión cultural: “Me hacían falta las artes diplomáticas, cuya ausencia me ha causado tantos problemas”.

Fue Parra quien insistió en que añadiera el apellido materno a su firma cuando comenzó en la Escuela de Letras. Muchos compañeros pensaron que era un seudónimo presuntuoso. Eso y el ser contestatario y competitivo no ayudó mucho a su popularidad, en especial entre el profesorado. “Yo siempre he sido muy dado a que me odien”.

Publicar junto a otros compañeros una hoja llamada Volante Portátil con poemas de los estudiantes le permitió darse cuenta de que había gente de su edad haciendo lo mismo en otros lugares del país: Pedro Varguillas con Bello Púbico en Mérida o Ennio Tucci con la revista Cubil en Falcón. Y con aquello llegó una vaga conciencia de filiación. “A mí Pedro Varguillas, cuando lo conocí en 2008, me dijo: ‘Tú no vas a dejar de hacer lo que estás haciendo y yo no voy a dejar de hacer lo que estoy haciendo. Vamos a estar en esto toda la vida. Así que nos toca ser amigos porque somos una generación, queramos o no’. Adalber Salas, en las varias antologías que ha hecho, dice algo con lo que estoy de acuerdo: no hay un referente temático entre nosotros. ¿Qué tenemos en común? Bueno, la edad y el hecho de que Miguel Marcotrigiano nos asoció a todos en sus publicaciones”.

Es un lector constante de poesía, sobre todo de poesía venezolana. Caupolicán Ovalles, Alfredo Chacón, Armando Rojas Guardia y Carlos Ildemar Pérez están entre sus poetas favoritos. “Creo que hay algo que no se ha descubierto sobre la poesía venezolana, y quisiera ser yo quien lo descubra. Resulta angustiante que exista tanto poeta bueno, que seamos una sociedad de poetas, de maestros de poetas, y que todo esto funcione en un circuito cerrado, sin que el resto del mundo sepa quién es Gerbasi o quién es Montejo…”.

Luis preside la Asociación Civil Movimiento Poético de Maracaibo, constituida en 2013, que anualmente celebra el Festival de Poesía de Maracaibo. El Movimiento ha editado artesanalmente, en tirajes hechos a mano que van de veinte a cincuenta ejemplares, más de sesenta libros de poetas nacionales y extranjeros. “Esto lo hemos hecho en los últimos tres años, pese al incremento de los costos. Ha sido una oportunidad para publicar a toda una generación de poetas. Es un proyecto hermoso. Uno de mis orgullos”.

Obra que se va haciendo compleja

Ha llenado muchos cuadernos de poemas escritos a mano, con rapidograph. En esa producción casi compulsiva, ha publicado en un lapso de seis años los poemarios Noche electoral (2010), Poemas para el nuevo orden mundial (2011), A puro despecho (2012), Semántica de un tornillo enamorado (2012), Poemáticas (2013), Amoritud (2013), Political Manifestation (2014), Vos por siempre (2015) y la antología personal Contraste (2015).

Su poesía se mueve entre dos grandes ámbitos: el político y el amoroso, y con frecuencia deriva hacia el desencanto en ambos. Por ejemplo, Noche electoral, que lleva por subtítulo Panfleto para noches en desgracia, son los versos de una desilusión en el orden político. A Luis le gusta decir que se trata de poemas inspirados por ¿Duerme usted, señor presidente?, de Caupolicán Ovalles. Political Manifestation, por su parte, fue publicado en medio del fragor de las protestas estudiantiles de 2014. “Pensaba que estaba haciendo algo muy rebelde, que contribuía de alguna manera a la libertad del país”.

En sus libros, ha recurrido con frecuencia al epigrama, un viejo amor: “Siendo joven tuve la suerte de enamorarme de Catulo y de Marcial. El hecho de que sea Marcial el que lo ha inventado todo, me dio permiso para escribir lo que sea”.

Hoy va notando cambios en sus urgencias poéticas. “Lo principal es que ya no escribo porque tenga algo que decir, sino por decir algo que tenga en el poema la contención correspondiente. Mi problema radica en saber si lo que estoy diciendo encuentra en el poema su forma exacta. No importa lo que diga si el poema no funciona”. Quizás por eso identifica sin titubeos lo que no le gusta de Poemáticas: “Pienso que cuando se lee en voz alta no funciona. Es un problema del cuerpo completo del libro”.

AmoritudA puro despecho y Semántica hablan de momentos distintos de la misma historia: son poemas escritos para la misma mujer. El primero es un poemario de un amor gozoso que se transforma en despecho en el segundo. Y aunque sufrió mucho escribiendo este último, descubrió que sus amigos se reían al leerlo. “Supongo que, en el fondo, resultaron poemas un poco humorísticos”. De A puro despecho pondera sus hallazgos, como introducir la coma para conferir ciertos ritmos. Pensó que el reto era hacer el poema lo más sencillo posible, pero da la lección por vista: “Disfruté mucho del resultado, pero ya no escribiría poemas así, porque me parece que son muy fáciles. Creo que podría escribir diez libros como A puro despecho, con esos giros, con esa astucia, con esa sonrisa. Pero me siento estúpido haciéndolo”.

Sus búsquedas ahora son más formales. En Vos por siempre explora las posibilidades de las preposiciones y los adverbios, la intimidad del voseo zuliano, el registro irreverente y afectivo a un mismo tiempo. Ahora sobreviven menos poemas a la depuración. “Hay más cuadernos, pero la escritura es más producida. Últimamente, escribir se me hecho más difícil”. Y aunque no postula una poética, cree que el oficio es vivir. “Escribir es una manera útil de estar vivo. Ayudas a otros a tener esperanza, tú mismo te llenas de esperanza, aunque lo que digas sea desesperanzador, aunque ni siquiera importe lo que digas. El simple hecho de que existan poetas, o de que en tu barrio la gente sepa que ese que va allí es un poeta, te da esperanza”.

“Hay quien me ha dicho que la gran ausente de mi poesía es Maracaibo. Pero yo lo refutaría diciendo que mi proyecto es en Maracaibo. Yo creo en la polis. Mi capital, mi ciudad, mi quién yo soy, es mi polis. Me puede parecer valiente el que se va, pero también creo que hace falta que se quede alguien haciendo de coartada. Yo soy separatista. Yo creo que los zulianos tenemos un gran problema que se llama Venezuela. Y creo que la historia nos ha dado la razón: desde hace más de cien años se explota petróleo en este estado y donde menos se ha invertido es en el Zulia. Tenemos un historial de agravios, y creo que Caracas ha sido mezquina. Por eso sumo esfuerzos a favor de la descentralización cultural. Ante la capital, como representación del país, la primera bandera que debería levantar un zuliano es la del odio. La única manera de salir de la crisis a la cual estamos sometidos los zulianos no es el cambio político en Caracas. Es la independencia, o la autonomía, o una federación verdadera. Prefiero no pensar en si voy a ser un poeta venezolano. Quisiera ser uno de los primeros poetas zulianos”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.